Capítulo 46
N ada más ver el letrero de Borau siente un flash de haber estado cuando tan solo era un niño. Recuerda que era cuando estaba empezando a leer y cada letrero, cada cartel que veía, le servía para poner en práctica aquello que aprendía en la escuela.
Siente un silencio denso y extraño.
Conoce bien que es un pueblo con pocos habitantes. Hasta lo que él sabía, no más de cien.
Apaga el motor cuando estaciona. Deja las ventanillas abiertas un par de dedos para dejar ir el olor a podrido que aún se respira dentro del coche. No desea que cuando vuelva sea aún más intenso.
No sabe dónde ir, pero comienza a caminar y no está seguro de si ha cerrado. Se gira y pulsa el mando.
Avanza por una calle angosta donde las casas de piedra le recuerdan que sigue en la zona del Pirineo Aragonés. Al final de la calle ve a una señora salir de la iglesia y aprieta el paso. Es consciente de que le será difícil encontrar más vecinos a los que preguntarle.
—No se asuste. Siento molestarla. Quería preguntarle dónde puedo encontrar a Pedro, Pedro Viñau. Debe conocerlo. Lleva muchos años viviendo aquí. Según me dijo su madre, Aurora. A lo mejor, también la conoce a ella.
La mujer no se piensa la respuesta.
—No, no los conozco.
La mujer que parece guardar luto se pone en marcha dándole la espalda, sin darle la oportunidad de seguir preguntando.
Mikel, que se queda algo confuso, decide continuar andando por las calles para ver si encuentra a cualquier otro vecino o vecina del pueblo.
Todo está demasiado tranquilo. Se detiene en cada puerta con la esperanza de encontrarse con su amigo.
Se encuentra con el bar y ve la oportunidad perfecta para obtener información.
Abre la puerta y todo el mundo se calla.
Todas las miradas de los que allí están presentes, repartidos en las mesas y en la barra, lo miran.
Habrá una docena de personas. Entre la mediana edad y algún septuagenario.
Aun así, Mikel decide avanzar hasta la barra.
Un hombre grueso de bigote y barba espesa, de unos treinta y tantos, parece ignorar su entrada.
—Disculpe —le dice para llamar su atención.
El camarero se gira.
—Podría ponerme un café, por favor.
Sin decir una palabra, se va hacia la cafetera industrial de la que parece estar bien orgulloso; la tiene impecable.
Comienza a prepararle un café. Mikel empieza a percibir el aroma a café: e s aromático.
Tiende a un ligero olor amargo con acabado avellanado , piensa.
Cuando dejó de beber, se volvió un experto barista.
Los probó de todos los sabores y aromas distintos.
Iba probándolos por toda Pamplona y sus alrededores.
Era lo único que se permitía pedir cuando iba a los bares para mitigar su adicción.
El hombre se lo sirve sobre la barra.
—Podría preguntarle si conoce a Pedro Viñau —es directo, temiendo que, de haberle preguntado si podía hacerle una pregunta, la respuesta hubiera sido un no rotundo
El hombre lo mira, después mira al resto y acaba de nuevo en los ojos de Mikel.
—Tal vez te hayas confundido de pueblo. Aquí somos pocos, y no hay nadie que responda a ese nombre y apellido.
—Supongo que me dieron mal el nombre del pueblo.
Mikel da el último sorbo del café y se da por aludido de que no es bienvenido en el pueblo. No duda en dejar atrás las miradas que hay puestas en su espalda a cada paso que da hasta llegar a la puerta y salir a la calle.
Cree que debe salir cuanto antes de allí, pero algo en su interior le hace dar la vuelta y seguir hacia la montaña, recordando las palabras de Aurora. Anda con el ganado y haciendo de guía a los turistas.
Camina buscando algún rastro de animales sueltos.
Lo aprendió junto a su padre cuando llegaba la primavera y dejaba el ganado suelto en las montañas para pastar.
Cae en la cuenta de que aún está en invierno y deja caer los ojos.
Aun así, decide seguir subiendo la montaña.
Tras una hora sin ver a nadie, se acerca al precipicio y grita con toda su rabia:
—Pedrooooooo… Pedrooooooo…. —Repite una y otra vez.
El eco le devuelve su voz.
A más de 1.200 metros sobre el nivel del mar y a una hora y media de donde está Mikel, Pedro lleva escondido en el refugio desde ayer por la noche. Su familia le puso en aviso de que Mikel andaba preguntando por él. No fue la madre quien lo avisó, sino el padre.
Mikel deja su rabia sobre las montañas que parecen no quejarse y, desalentado, decide darse la vuelta.
Camina hasta llegar al aparcamiento y varios hombres lo esperan apoyados en un muro de piedra.
Cree que le han puesto vigilancia, lo que no sabe quién ha podido ser.
No cree que haya sido su amigo, pero si no, ¿quién?
Al pasar delante de ellos, traga saliva.
Sin mirar atrás, entra dentro del coche y arranca.
Aliviado al no fallar, se pone en marcha bajo las miradas de los hombres que siguen clavadas en Mikel hasta que pone rumbo fuera del pueblo.
Aguanta la arcada que le viene, mete segunda y baja las ventanillas para no vomitar.