Capítulo 45
S on las seis de la mañana cuando a Mikel le suena el móvil.
Se ha puesto el despertador para ponerse al día con la granja, siente que desde que llegó lo único que ha hecho es ponerle de comer a los animales.
Ha pasado toda la noche mirando página por página del diario de Alizia sin obtener nada nuevo.
Martina se lo contó todo con pelos y señales.
Pero no está dispuesto a rendirse. Quiere saber cuanto antes, lo que pudo descubrir Alizia en la quesería.
Sale afuera y siente el peso de haber dormido poco, aún así retira la paja a palazos.
Está sumido en sus propios pensamientos: ¿Qué cerraduras abren las llaves?
¿Por qué se marcharía Pedro? Seré un gran carpintero y los pueblos vecinos vendrán a hacerme encargos de las mejores puertas y ventanas para frenar este horrible frío, recuerda Mikel las palabras de su amigo con añoranza.
Al soltar la pala y coger el rastrillo, una arcada.
No recordaba lo mal que podía oler la granja.
Comienza a tirar agua caliente para desprender los desechos de los animales y le vuelve un pensamiento intruso.
Si Alizia vio algo que no debió ver, tú, papá, ¿también viste algo cuando trabajabas con ellos?
¿Las bolsas y el dinero fueron lo que callaste aceptando la granja?
Cierra el grifo del agua, angustiado. Coge la lejía para desinfectar y la esparce por todo el suelo.
Vuelve a baldear todo el suelo y deja que se seque.
Entra en la casa para prepararse un desayuno.
Pega un mordisco a la tostada de pan con queso de la zona.
No sabe si es de los Allué, no se lo preguntó a su madre el día que se lo trajo a la granja ni tampoco quiere saberlo.
El diario de Alizia sigue sobre la mesa, lo mira.
Vuelve a la página donde ella parecía estar emocionada con los preparativos para el día de Todos los Santos.
A Mikel le viene una emoción que sostiene dentro de su pecho.
Por unos instantes, cree estar junto a Alizia.
Recuerda el brillo de sus ojos cuando le contaba unos días antes cada uno de los detalles.
—Lo siento, Alizia. Perdóname —dice, poniendo su mano sobre el diario como si estuviera ella escuchándolo.
¿Por qué guardarías el diario en la biblioteca? ¿Tenías miedo? Sería un buen lugar si uno quisiera que lo encontrara alguien. Eso querías, que lo encontraran. ¿Por qué guardaste esa llave? ¿Qué abre? , piensa a cada bocado que da.
Coge entre sus manos las dos llaves, las mira.
Detalle a detalle. Cada vez que las mira, cree estar más convencido de que son las mismas.
Deja una de ellas sobre la isla y, con la otra en la mano, piensa: Esta llave no es una llave cualquiera .
No puede abrir una casa, ni un coche, tampoco una caja fuerte y de risa sería si pudiera abrir un candado.
Es antigua. Solo hay que verla . Tal vez la puerta de un establo.
Con la llave en su mano se dirige al establo de la entrada. Aún no ha entrado. Tal vez tenga la respuesta ante sus propios ojos.
Intenta meter la llave, pero no encaja y deja ir un suspiro ahogado. Vuelve dentro. Se sienta en el sofá, se recuesta, pone sus manos detrás de la nuca y cierra los ojos. ¡Serás necio! , piensa. Se levanta y hace una foto a la llave con el móvil para que le dé una respuesta el algoritmo de Google .
Lee la información: Esta es una llave de gorja antigua de la marca MCM .
Salen varias fotos, clica en varias, pero una le lleva hasta un catálogo antiguo de cerrajería.
Tienen una gran semejanza. Sigue buscando, con la esperanza de averiguar algo más, y descubre un hilo de un coleccionista que explica que ese modelo en concreto parece ser típico en las zonas rurales del norte de España por su resistencia al frío.
Abre los ojos, impactado, dada la casualidad del lugar donde está.
Tamborileando los dedos sobre la encimera, duda.
Se levanta para servirse un vaso de agua.
Va dando vueltas a la isla, en círculos.
Escribiré un mensaje al coleccionista: Siento molestarte, pero tengo una llave sobre la que hablas en el foro y me gustaría saber qué tipo de puertas puede abrir este tipo de llave. Gracias de antemano. Un saludo.
Se queda pensativo. ¿Una llave de gorja antigua? Empieza a divagar con la idea de que la llave debe tener más de diez años. ¿Seguirán abriendo alguna puerta? , piensa.
Apaga el móvil y decide guardar el diario y las llaves. Esta vez lo deja junto al plano dentro de la caja metálica, encima de la viga del pajar. Teme que su madre sea capaz de venirle a limpiar la casa y lo encuentre.
Sale del pajar y se va al establo que está junto a los animales.
Debe acabar lo que ha dejado pendiente. Extiende la paja por todo el suelo, les pone de comer y vuelve a meter el ganado vacuno para que disfruten de un lugar limpio.
Más tarde pone de comer a las gallinas y decide que en cuanto acabe cogerá el coche para poner rumbo a Borau.
No tiene nada mejor que hacer y aún es temprano. Necesita saber algo de su amigo.
—¡Pitas, pitas, pitas! —dice a las gallinas para moverlas de sitio y poder coger los huevos que han puesto.
Con ellos en la cesta que siempre tiene preparada a mano, los lleva hasta su casa. Deja los huevos sobre la encimera. El móvil le suena. Un mensaje. Lo abre y ve que es Tomás, el nombre de la persona que le acaba de escribir. Lo lee:
Hola, hace mucho tiempo que escribí sobre este tipo de llave.
A tu pregunta, son llaves que suelen abrir las puertas de naves industriales antiguas, portones de madera de iglesias o casas de piedra o incluso verjas de fincas de ganado.
Son llaves de hace muchos años. Ahora son consideradas antiguas en términos de seguridad.
Espero haberte ayudado. Si no es así, aquí estoy para lo que necesites. Un saludo.
—Naves, iglesias, casas de piedra y fincas de ganado —dice al coger las llaves de casa y del coche, también la chaqueta.
Una iglesia no creo que sea , piensa.
Camina contrariado hacia la puerta principal. Las tres posibilidades restantes son un abanico demasiado grande como para dar con la respuesta. Se detiene al ver algo tirado en el suelo, bajo la puerta. Asombrado, se agacha a recogerlo. Es un papel doblado. Lo desdobla con las manos temblando.
Hoy, a las 20:00 h, junto a la cascada.
Siente que su corazón se desboca.
¿Quién me ha podido dejar esta nota? , piensa.
La vuelve a mirar, como si quisiera reconocer la letra.
Maldice que quien haya sido no haya querido dar su nombre.
¡Eres un cobarde! No has sido capaz de mostrar tu cara , piensa, bajo el miedo y la incertidumbre.
Desde que ha llegado al pueblo no es capaz de confiar en nadie.
Los podría contar con los dedos de la mano a los que sí.
Debe de ser una trampa , más pensamientos intrusos.
Tal vez alguien quiera decirme algo y no quiere que nadie nos vea.
Sin estar tranquilo tras la nota, al salir a la calle mira de un lado a otro buscando a alguien aún merodeando cerca.
Pero no hay ni un alma. Toma dirección al coche que lo dejó junto al albergue cuando llevó a Martina.
Abre la puerta de atrás del conductor y tira la chaqueta.
Se mete dentro del coche y confundido, tras la nota, mete la llave y la gira para arrancar el coche.
Ra-ra-ra.
No enciende.
Sostiene la mirada sobre el capó del coche. Vuelve a intentarlo y nada, prueba una y otra vez.
Ra-ra-ra.
—¡No me jodas! —dice, al bajar del coche.
Abre el capó, aunque cree sospechar que pueden ser las bujías.
Toca tubos, intenta discernir o apreciar alguna perdida de agua, aceite, algo que le pueda llevar a saber qué es lo que le puede suceder y decepcionado, lo cierra con un manotazo fuerte que se escucha en eco.
Malhumorado, porque no sabe que más le puede pasar hoy, cierra el coche y cae en la cuenta de que su madre tiene que tener las llaves del coche de su padre guardadas en algún sitio.
Va caminando hasta la casa de su madre con paso rápido.
Parece querer acortar el tiempo para poder desaparecer por un tiempo del pueblo.
Abre y llama a su madre, pero ella no contesta. Supone que debe haber salido para hacer alguna compra o a ver alguna amiga. Vuelve de nuevo a la entrada confiando encontrarlas ahí. Mira el cuenco; no están. Abre cajones de la cómoda que hay y las encuentra en el último cajón.
Vuelve a la granja al recordar que le dijo su madre que el coche de su padre estaba guardado en el mismo establo que ha intentado abrir con la llave encontrada en el diario y el pajar.
Al llegar a la granja compara las llaves y aunque se asemejan son diferentes.
Las vuelve a dejar y se va directo al establo.
Gira la llave y la luz del sol sale disparada por cuatro pequeñas ventanas repartidas en cada una de las paredes.
Ve almacenado comederos, bebederos, más herramientas y equipo para montar a los caballos.
En el centro, el Land Rover blanco de su padre.
Frente a él recuerda verlo montado orgulloso cuando era nuevo.
Restos de paja se extienden bajo sus pies.
La mira pensando que la pudo arrastrar su padre hasta aquí.
Abre el coche y un olor putrefacto se desprende de él obligándolo a abrir todas las ventanas con urgencia.
Intenta adivinar de dónde viene y descubre que es el maletero.
Encuentra dos bidones cerrados, que al retirar una de las tapas descubre leche podrida.
No duda en bajar los dos bidones y dejarlos sobre el suelo.
Además, tira todo lo que hay en el maletero porque siente que todo se ha impregnado de ese olor nauseabundo.
Se monta en el asiento del piloto y, a pesar del frío cortante que entra por las ventanillas abiertas, decide no subirlas.
Se sube la cremallera de la chaqueta hasta la barbilla y se encaja la capucha.
El todoterreno arranca a la primera. Mikel enfila la última curva que cruza el puente sobre el río Aragón, tomando la dirección hacia Borau.
Su mente sigue fija, de forma obsesiva, en las palabras de la nota anónima.
Las ruedas del Land Rover avanzan sobre el asfalto frío, abriéndose paso entre las dudas y las densas sombras del pasado.