Capítulo 44
—¡Martina! ¡No me cojas de la chaqueta! —le dice Blanca al cruzar la puerta del albergue para salir a la calle.
—¡Mamá! Mikel no tiene la culpa de nada. Le pedí ayuda… y… Me ayudó… —dice, jadeando persiguiendo a su madre.
Consigue agarrar la chaqueta de su madre, pero Blanca acelera aún más el paso y se le escapa de entre los dedos.
Martina intenta de nuevo alcanzarla, lo que le es imposible dado que los pasos son cada vez más grandes y, de pronto, echa a correr.
La noche en Villanúa está cayendo sobre un cielo lleno de nubarrones.
Las farolas se van encendiendo una a una a medida que las dos avanzan por la calle que va a la granja.
Y la lluvia empieza a caer fina. A Martina le sale una ligera sonrisa cada vez que llueve; le encanta mojarse.
—¡Mikel! ¡Abre! —grita Blanca desde fuera, retirándose las gotas que caen sobre su cara.
Mikel anda sumergido en el diario de Alizia, sentado en el sofá con la manta a cuadros y el fuego encendido, cuando escucha la voz de Blanca. Lo cierra y las manos le empiezan a temblar. Guarda apresuradamente la llave en su bolsillo y el diario bajo uno de los asientos.
Al abrir la puerta, le recibe la lluvia cada vez más intensa y suspira frente a la puerta antes de abrir. Sabía que Blanca le pediría explicaciones del porqué llevó a su hija al hospital, pero no esperaba que se presentara en mitad de la noche.
—¡Mikel! —vuelve a gritar.
A él le rebota la voz de Blanca en los tímpanos.
—Abro, tranquila. —Mikel se encuentra con una Blanca malhumorada y con una Martina, pasos más atrás, haciendo gestos como si fuera un mimo intentando decirle que no ha podido hacer nada para retenerla.
—Pasad. Venís empapadas.
—No me digas —le contesta Blanca, casi echándolo a un lado para pasar.
—No he podido hacer nada —le susurra Martina al oído.
Blanca entra y espera con los brazos en jarras. La niña le sigue y se sienta sin pensarlo en el sofá. Conoce a su madre y sabe que la conversación va a ir para rato. Mikel entra con la cabeza baja, asimilando lo que le va a caer, pero no ha tenido buen día.
—¿¡En qué estabas pensando!?
Mikel guarda silencio.
—Primero, no me cuentas que Santiago seguía en el pueblo y después la llevas hasta Jaca sin decirme nada. ¿Eras consciente de que es una menor y tenía una orden de alejamiento?
—¡Mamá! ¡Te estás pasando tres pueblos!
Blanca da pasos sin sentido por la estancia. A cada paso, una huella húmeda. Mikel observa que acaba dando círculos con los brazos cruzados.
—Tienes frío —le dice Mikel—. Os voy a traer una toalla para que os sequéis. Poneos junto al fuego.
Mikel entra al lavabo y coge dos toallas del mueble del lavabo. En el salón, Martina decide quitarse la chaqueta y la deja colgada en una de las sillas que tiene a su derecha.
—Tú también deberías hacerlo, mamá.
Blanca mira a su hija y decide quitársela sin rechistar.
Mikel vuelve a la estancia con dos toallas.
—Tomad.
Mikel se las da y coge un leño de madera para meterlo dentro del fuego y las chispas comienzan a cobrar vida.
—En serio. ¿Por qué no me dijiste nada?
—Se lo pedí yo, mamá. Le hice prometer que no lo haría.
Blanca se queda pensativa mirando al fuego.
—Mamá, papá vino a buscarme porque estaba enfermo. No iba a hacerme nada y necesitaba ir al hospital. Tal vez para hablar con él. Tal vez para… No sé… Cuando lo vi…, me dijo que se arrepentía de lo que había hecho.
—Pero os fuisteis sin decirme nada. Podríais haberme avisado.
—No lo hubieras entendido. No habrías querido que fuera.
El silencio de Blanca le pesa a su hija. Las dos han sufrido durante muchos años.
—Tienes razón. No te hubiera dejado ir. Pero era tu padre… —Se quiebra al decirlo.
—Lo siento, Mikel. Siento que hayas tenido que… salvarnos de él… y después, Martina… y el hospital… —Le cuesta hablar.
—Sois lo más parecido a darle sentido a mi vuelta a este pueblo.
Martina se sienta sobre la alfombra junto al fuego. Recordando, cuando lo hacía con Brux en Queralbs.
—Ya no nos podrá hacer daño… —Martina, rompe a llorar—. Ni podré despedirme…
A Blanca se le rompe el corazón y se sienta a su lado.
—Necesito un hogar, mamá. No quiero seguir huyendo…
—No lo haremos, pequeña. Eso se acabó.
—Os dejo a solas.
Blanca se gira y, cuando ve que Mikel se aleja de ellas, le dice:
—Ven con nosotras junto al fuego.
—Si queréis, puedo preparar algo para que cenemos juntos. Ha sido un día largo. A todos nos irá bien tomárnoslo con calma.
—Está bien, pero nosotras te ayudamos.
—Tranquilas, primero iré al baño —les dice viendo que están distraídas frotándose las manos junto al fuego para rescatar el diario bajo el asiento del sofá. Lo coge y lo esconde bajo el jersey.
Las deja solas y se dirige directo a su habitación.
Abre el armario y lo guarda en uno de los cajones.
Va al baño y, frente al espejo, moja su nuca para aliviar la tensión.
Tira de la cadena y, cuando aparece, las ve tiradas sobre la alfombra, muertas de risa por la batalla de cosquillas que están librando.
—¡Martina, para! Para, por favor.
Martina toma el poder y se sienta sobre su madre, inmovilizándola. A Mikel le sale una sonrisa al verlas antes de dirigirse a la cocina para preparar la cena.
Saca la tabla de cortar, coge una cebolla dulce y empieza a cortarla a trozos muy pequeños. Las lágrimas comienzan a brotar de sus ojos y Blanca, que se da cuenta, se ríe.
—No llores, que no ha sido para tanto —le dice Blanca con socarronería.
—Es la cebolla… que siempre que la corto no puedo evitarlo.
—Te prometo que no volveré a ser una maleducada contigo. Parece que siempre que nos vemos solo quiero matarte y no es así, te lo aseguro. —Se ríe nerviosa.
—Sí, creo que la próxima vez que te vea me pondré un escudo y blandiré una espada como un gran caballero para recibir a una gran contrincante. Tal vez los cuernos de batalla resuenen cuando te vean llegar por la calle.
—Eso, mamá. Quedarías muy bien con una trenza larga con ese pelo pelirrojo y una gran armadura.
Se ríe a carcajadas solo con imaginarse a los dos.
—¡Qué graciosos sois! Anda, ayudemos a Mikel. ¿Qué vamos a preparar, chef?
—Había pensado en hacer un poco de pasta.
A Martina se le abren los ojos, es de sus platos preferidos.
—Es perfecto. ¿En qué te podemos ayudar?
—Si queréis, podéis ir poniendo la mesa. Abrir e investigar armarios y cajones, nunca antes había puesto la mesa en esta casa.
Los tres se ríen.
***
La cena ya está preparada y servida. La noche transcurre hablando de los primeros días de Martina en el instituto y de las nuevas amigas que ha hecho en el pueblo.
Martina está disfrutando de una cena normal y tranquila junto a su madre y Mikel. Hacía tiempo que no se sentía así. Cuando acaban, deja a los adultos en la mesa tomando café y ella se tumba en el sofá. Parece quedarse dormida y Blanca y Mikel la miran.
—Estoy muy orgullosa de ella.
—Lo debes estar, es una niña increíble.
—Hemos pasado mucho. Siento que ha tenido que madurar antes de tiempo. Creo que ella se ha ocupado muchas veces de mí sin tener que hacerlo. Yo soy la madre.
Blanca coge aire para dejarlo ir en un suspiro.
—Debe haber sido muy duro para las dos. Pero a partir de ahora podréis estar tranquilas. Todo se ha acabado.
—Sí, todo ha acabado. Y no sé si deberíamos volver junto a nuestra familia. Llevamos mucho tiempo… sin poder ser… eso… una familia…
Martina, al escuchar a su madre, se rompe.
—Son decisiones importantes. Tal vez necesitéis tiempo.
Blanca da un sorbo al café.
—Ha sido tanto tiempo huyendo… que ni recuerdo lo que es vivir sin miedo… No me puedo creer… que esté muerto. Así, sin más.
Mikel no sabe qué responderle. No se imagina lo que han tenido que pasar todos estos años. Pero lo que sí cree es que son dos personas que han podido enfrentar una vida difícil juntas y queriéndose.
—A lo mejor es hora de que le preguntes a Martina lo que quiere.
Blanca lo mira desconcertada.
—Lo siento, no quería decirlo… así. Me refiero a que, si dudas…
—Sí, he entendido lo que querías decir. Estoy tan acostumbrada a huir y tomar las decisiones por las dos, que no me lo había ni planteado.
—No me quiero ir —dice Martina que se había hecho la dormida—. No quiero volver a marcharme.
Los dos se giran absortos.
Ella se incorpora con los ojos hinchados de llorar.
—Estoy cansada, mamá.
—Tranquila, hija. Ha sido un día duro. Creo que es hora de marcharnos y descansar. Gracias, Mikel. Una vez más. Te ayudamos a recoger todo esto.
—No, qué va. Me encargo yo.
Martina se va hacia su madre y se funden en un abrazo.
—Descansad —les dice Mikel al abrirles la puerta.
La lluvia ha cesado y la luna se ve plena al irse los nubarrones del cielo que la ocultaban.
Bajo las farolas, madre e hija ponen rumbo al albergue con vidas distintas a las que hace unas horas tenían.
Ninguna de las dos es consciente del cambio que tendrán en sus vidas.
Será un camino incierto, pero lo harán de nuevo juntas.
Mikel cierra la puerta. Agotado y decepcionado consigo mismo. Esta vez no es capaz ni de llamar a Andrea ni a nadie para justificar su recaída. Teme que haya cometido el peor error de su vida volviendo al pueblo.
Las sombras le siguen persiguiendo.