Donde duermen los secretos Capítulo 43
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Capítulo 43

—Deja que entre y se lo diga. Podría molestarse contigo por haberme llevado y no quiero que eso ocurra.

—Si necesitas algo, estaré aquí fuera esperando —le dice Mikel a Martina antes de entrar al albergue.

—Tranquilo, todo estará bien. Puedes irte a casa.

—Tienes mi teléfono.

—Lo sé.

Martina se gira antes de entrar por la puerta para despedirse con la mano y le brinda una ligera sonrisa nerviosa hasta que ella entra.

Se queda dubitativo frente al coche, no sabe si dejarlo aquí o llevarlo más cerca de la granja. Decide ir dando un pequeño paseo.

—¡Señora Aurora! —Mikel llama la atención a la madre de Pedro, su amigo de la infancia.

La mujer que va por la acera contraria a la suya mira al escuchar su nombre. Va cargada con un par de bolsas de plástico, que no duda en dejar en cuanto ve a Mikel que cruza la calle para hablar con ella.

—¡Madre mía! Me habían dicho que habías vuelto, pero no me lo creía. ¡Cómo has cambiado! Déjame que te vea. —

Al tenerlo delante se detiene a mirar lo cambiado que está. Le coge la cara y le da un beso en cada mejilla como lo hacía desde que era un mocoso. Muchas noches se quedaba a dormir en su casa, incluso cuando ya no eran tan niños.

—Estás mucho más guapo. Todos lo estáis cuando pasáis la adolescencia. Una edad difícil. —Se ríe al recordarlo—. Y más alto. Apenas puedo llegar a tu cara.

—Usted sigue igual que siempre.

—No me trates de usted, eso me hace más vieja de lo que ya lo soy.

—¿Y Pedrete? ¿Dónde está? No lo he visto estos días.

—Está bien. Ahora anda liado con el ganado y haciendo visitas rurales para los turistas.

Mikel se queda fascinado con el nuevo rumbo de vida que ha tomado su amigo.

—Pero si soñaba con ser carpintero como su padre.

—La vida da muchas vueltas.

—¿Anda por el pueblo?

—No. Vive en Borau.

—¡Borau! —Mikel abre los ojos impresionado—. Apenas tenía… ¿cuántos?… ¿70, 80 habitantes?

—No te podría decir, pero lleva una vida mucho más tranquila.

Se ha vuelto huraño. Anda con sus vacas y parece que las quiere más a ellas que a nosotros.

—Sube los hombros cuando acaba la frase y suspira—.

Lo echamos de menos, pero vamos a verlo cuando podemos.

Y, tú, ¿cómo estás? Nos enteramos de lo de tu padre. Andaba muy enfermo.

—Bien. Supongo.

Encoge sus hombros. Desde que ha vuelto a Villanúa, no deja de tener más presente que nunca a su padre.

—Me han dicho que te quedas cuidando de la granja.

—Eso parece.

—Dale recuerdos a tu madre. Hace días que no la veo —le dice Aurora, pensando en que debe llegar cuanto antes a casa, antes de que se preocupe su marido.

—Se los daré. También salude a Ignacio y a Pedrete cuando lo vea.

—Eso haré.

Mikel se queda unos instantes mirando a Aurora para darse cuenta de que aún sigue llena de energía. No parecen pasar los años por ella.

Al llegar a la granja lo primero que hace es sentarse en el sofá, se siente cansado.

Cierra los ojos. Pedrete en Borau… ¿qué narices pintas allí?

Era tu sueño quedarte aquí y siempre decías que seguirías el negocio de tu padre , piensa.

No puede esperar a preguntarle a Agustina de lo que sabe de la marcha del pueblo de Pedro.

Anda con paso rápido. Cuando llega a la Plaza Mayor mira de un lado a otro buscándola, siempre anda entretenida con alguna vecina o vecino. Al no verla no duda en dirigirse a la puerta de su casa y toca el timbre.

Agustina se asoma por el balcón vestida con una bata rosa llena de flores.

—¡Mikel! Ahora bajo.

Mikel mira hacia arriba y en segundos la pierde de vista.

Agustina abre la puerta y al verla, se detiene en las ojeras hundidas en su rostro.

—Siento molestarte, si quieres vuelvo en otro momento, pareces algo cansada.

—No es nada, anda pasa, así me haces compañía —le dice al tirar de la puerta que parece pesarle varias toneladas.

—Está bien.

—Mi marido anda atareado en el patio. Le he mandado faena para que no me diera la lata. Últimamente está muy pesado, la edad te hace refunfuñar por todo.

Mikel deja ir una sonrisa y sigue sus pasos.

—Te ofrecería unas galletas si las tuviera.

Ayer con tu madre volví a comer dulce y no debería haberlo hecho.

Aún tenía la barriga revuelta. No tengo remedio con el dulce, así que he preferido no hacer en casa para no pecar —le dice Agustina en dirección a la cocina—.

Pero te puedo preparar un café o una infusión. Yo me prepararé una si no te importa.

—Un café está bien. Tampoco ando muy bien de la barriga.

—La resaca —dice, mientras enciende la cafetera que hace unos días le compró su marido para su cumpleaños. La otra dejó de funcionar y Agustina no puede vivir sin una.

—No se os escapa nada en el pueblo.

—Ya ves, hijo. ¡Siéntate! Aquí no se puede uno esconder de nada.

Mikel retira la silla de madera tallada haciéndole caso a Agustina, que está pendiente a él y a la cafetera.

—No era mi intención llamar la atención —contesta avergonzado.

Agustina posa sus dos manos en la mesa y lo mira de frente.

—Cuídate y no hagas sufrir a tu madre. Bastante ha sufrido con tu padre.

—Eso intento.

Pulsa el botón de la cafetera tras poner una pequeña taza donde sale el café humeante.

—No venías por eso. ¿Qué te ronda en esa cabeza?

—He visto a la madre de Pedro, Aurora. Me ha dicho que Pedro no vive aquí y que vive en Borau. Me ha parecido muy extraño porque pensaba que seguiría los pasos de su padre. Le fascinaba la carpintería y cuando éramos amigos estaba aprendiendo el oficio.

Agustina le pone el café en la mesa.

—A todos nos extrañó cuando se fue del pueblo. Lo hizo después de marcharte tú. A los pocos meses ¿Casualidad? No se sabe. Nadie lo ha visto por estas calles desde entonces. Ni para ver a sus padres.

—Es raro.

Mikel toma un sorbo del café y la jarra de agua caliente comienza a silbar para avisar a Agustina de que ya se puede servir una taza.

—Lo es. Pero no sé nada más. Hablando de todo. ¿Cómo está Martina? Os vi el otro día que ella bajaba de tu coche. Estaba empapada, pobre.

Agustina mete un sobre de manzanilla dentro de la taza y se sienta junto a Mikel.

—Agustina, eres lo que no hay.

—La recogí, diluviaba ese día y decidí llevarla hasta el albergue. Su padre acaba de fallecer.

—Pobrecita. ¡Qué descanse en paz!