Capítulo 42
M artina y Mikel irrumpen en la sala de urgencias del hospital. Se ponen tras la cola para esperar su turno y Martina comienza a caminar de un lado a otro y Mikel no le puede quitar ojo.
—Tranquila, pronto sabremos dónde se encuentra tu padre.
—¿Has visto la cola que hay?
—Sí, pero debemos tener paciencia.
—Ahora es lo que menos tengo.
Una madre llega empujando un carro con un niño pequeño llorando para ponerse detrás de ellos. Martina se gira buscando la mirada del niño. Se lo encuentra rojo, con los ojos hundidos y su diminuta mano dentro de la boca.
—Ya está, pequeño. Enseguida nos atenderán —le dice la madre agachándose para consolarlo.
La cola avanza más lenta de lo que les gustaría y el niño no para de llorar. La angustia le hace toser.
Mikel y Martina se miran.
—Deberíamos dejar que pasen —le susurra Martina a Mikel en el oído.
—Es un buen gesto, Martina.
Martina espera que Mikel lo haga por ella.
—Perdone, siento molestarla, pero pueden pasar por delante.
—Gracias, no sé cómo podría agradecértelo.
—No me lo agradezca a mí, sino a ella.
—Gracias. —Mira a Martina por unos instantes. Su hijo no para de toser y vuelve a agacharse a mirar que todo esté bien.
Los adelanta sujetando el carro nerviosa.
Por fin consiguen llegar al mostrador y preguntan a la chica. Les informa que deben esperarse en la sala de urgencias hasta que les pueda atender el médico.
Los minutos pasan.
Martina, que permanece sentada junto a Mikel, mueve las piernas sin parar. Un hombre que está a su lado la mira incómodo y se levanta. El que está al lado de Mikel comienza a toser de manera persistente. Teme salir con un resfriado de ahí.
***
Les hacen entrar. Pasan por un pasillo lleno de camas y sillas con enfermos aún sin atender, hasta que llegan a una sala vacía. El médico entra tras ellos. Sin decirles nada, sigue revisando unos papeles que lleva entre sus manos. Se quita las gafas de pasta negra y los mira.
—Sentaos —les dice también tomando asiento—. Eres su hija. —La mira.
—Sí.
—Y, ¿usted?
—Mikel, Mikel Lanau, un amigo de la familia. Su madre no podía venir —añade para hacerle saber que si no puede estar él presente, Martina se quedará sola para recibir la noticia.
—Está bien. Lo siento, pero no tengo buenas noticias.
Martina baja su mirada temiéndose lo peor.
—Santiago, tu padre, de camino al hospital sufrió un colapso y no pudieron hacer nada por él en la ambulancia.
Martina se queda devastada.
—¿Puedo verlo?
—Claro. Podrás estar unos minutos con él si lo deseas. Esperad aquí y os vendrá a buscar un enfermero para llevaros junto a él.
Martina es incapaz de hablar. Mikel lo hace por ella.
—Gracias.
El médico se levanta y los deja en la sala.
Martina se siente algo mareada. El aire en sus pulmones apenas le llega.
Mikel se agazapa frente a ella.
—Martina, respira.
Su visión se vuelve borrosa.
—Martina, respira —vuelve a decirle cogiéndole de la mano y apoyando su palma derecha en el pecho.
Martina, al sentir la mano de Mikel, comienza a relajarse y recobrar el aliento.
—¿Estás mejor?
—Sí, algo mejor.
—Dame un momento. Te voy a coger una botella de agua de la máquina. No te muevas de aquí.
—No lo haré.
Mikel, agobiado por la situación y la jaqueca que no le deja ni un segundo de recordarle la noche anterior, saca una moneda de su cartera y la mete dentro de la ranura.
Aquí brindamos con honor ; le martillean las palabras de Lizer dentro de su cabeza. Son las únicas que recuerda con claridad. El resto se fueron volviendo convulsas.
—Perdona, ¿has acabado? —le dice un hombre detrás de él.
—Lo siento. Sí, he acabado.
Recoge la botella de agua y vuelve con Martina.
—Toma, te ayudará a recuperarte un poco.
—Ya no podré hablar con él. Tampoco sé qué le hubiera dicho. —Se levanta de la silla—. Mi última conversación con él fue en la cueva y sentí miedo. Ese será mi recuerdo, Mikel.
—No te culpes.
—No puedo echar ni una sola lágrima por él, porque nunca lo he tenido a mi lado. Pero esperaba que al llegar aquí, hubiéramos podido… No sé... hablar... Ya nada de eso importa.
Martina baja la mirada al suelo y Mikel apoya su mano sobre su hombro. Él sabe y entiende perfectamente cómo se encuentra. La despedida con su padre tampoco fue nada fácil.
—Si te sirve de algo, tampoco lloré.
Martina extiende su mano y coge la de Mikel.