Capítulo 41
—¡Mikel! ¡Cuidado! —le dice Martina conteniendo el aire tras decir la última palabra antes de cerrar los ojos.
Un ciervo está parado en mitad de la carretera, ajeno a todo. Mikel, que lo había visto a lo lejos, ya había soltado el pedal del gas. Tras pasar una curva cerrada, reduce de tercera a segunda marcha hasta que detiene el coche.
—Tranquila, abre los ojos —le dice Mikel para que pueda disfrutar de la escena que tiene delante. No estaba solo, se han unido muchos más para cruzar la carretera.
Mikel decide poner las luces de emergencia para no tener ningún susto y Martina aprovecha para bajar la ventanilla.
Necesita respirar el olor a bosque húmedo que entra como un vendaval.
Contempla fascinada que las crías siguen los pasos de los más adultos hasta que cruzan con paso lento.
Cuenta hasta veintiuno dentro de su cabeza.
—Es curioso, pero fue aquí, en esta misma curva, en este mismo claro del bosque, cuando aquel ciervo nos puso a todos en peligro —dice Mikel al recordar.
—Sí, vaya susto nos dimos.
Los dos ríen a sabiendas de que esta vez ha sido algo muy distinto.
Reemprenden el viaje y a Martina no deja de dolerle la barriga. Tamborilea los dedos sobre su pierna, sobre el reposabrazos de la puerta, por todos lados.
—Tranquila, estamos de camino al hospital, verás a tu padre en cuanto lleguemos.
Ella lo mira.
—Estoy preocupada, pero no es por eso.
—Entonces, ¿qué te pasa?
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro.
Martina juega tocándose las puntas de los dedos.
—Me ha dicho Melisa que ayer estuviste en su casa cenando. ¿Conoces a los Allué?
Mikel siente la boca seca, recordándole la resaca. Desde por la mañana solo ha podido tomar el café que le preparó su madre y daría lo que fuera por tener un trago de agua.
—Todos en el pueblo nos conocemos. Éramos del mismo grupo de amigos. Ocurrió algo entre nosotros y perdimos el contacto durante muchos años. Pero el otro día, en el entierro de mi padre, nos volvimos a ver. —La tensión le contrae los hombros hasta el cuello. Después, deja escapar un suspiro.
—Sé lo que ocurrió entre vosotros.
Mikel aparta unos segundos la vista de la carretera para mirar a Martina.
—¿Cómo lo sabes? —Mira al frente y empuña el cambio de marchas, dejándose las yemas de los dedos blancas.
—No pude evitar escucharos desde las escaleras del albergue lo que hablabais mi madre, Graciela y tú. Pensaba que hablaríais de mi padre. Lo siento. No quería entrometerme en tu vida.
Martina lleva su mirada a sus botas beige , avergonzada.
—No pasa nada. Entonces, sabrás lo que se rumorea en el pueblo de mí. Creen que fui el asesino de Alizia y lo peor de todo es que yo también.
—No todo el mundo piensa eso. Graciela y Agustina no lo piensan. —Ella tampoco lo cree tras leer el diario de Alizia.
—Ya, ellas no, porque siempre me han tenido aprecio a mí y a mi familia. Pero te aseguro que a muchos les molesta mi vuelta al pueblo.
Mikel exhala un aire denso atrapado en sus pulmones.
—¿Esa era tu pregunta? —insiste Mikel.
—No, tengo otra. Lizer y Alizia eran hermanos, ¿no? ¿Se llevaban bien?
—Sí, eran hermanos. En cuanto a si se llevaban bien, a veces se querían y otras parecían odiarse.
—¿Por qué me preguntas por ellos?
El sonido de las ruedas rodando sobre el asfalto es el eco del silencio que existe entre ambos durante unos segundos.
—Es que… —Se detiene; no está segura de si debería decírselo.
—¿Qué sucede? ¿Es algo de Melisa y por eso preguntas por su familia?
—No, qué va. No es por ella.
—Entonces, dime por qué.
Martina se mueve inquieta en el asiento.
—Martina, por favor, dime qué es lo que sucede.
Mikel busca ansioso un lugar donde parar para hablar.
—Es que… es muy difícil para mí…
—Espera, voy a parar el coche en esa gasolinera. —Señala con el dedo. Se ve a lo lejos—. Así podrás contármelo más tranquila.
—Está bien. —Respira tensa, sabe que ya no hay vuelta atrás y en cuanto pare el coche tendrá que decirle lo que vio en el diario de Alizia.
Mikel sale de la carretera para entrar en la gasolinera y baja la velocidad hasta que estaciona. Se quita el cinturón de seguridad para poder girarse hacia Martina. Cuando dirige su mirada hacia ella, la presiente inquieta.
—Aquí estaremos más tranquilos para poder hablar. No te preocupes, puedes preguntarme lo que quieras sobre ellos, pero necesito saber por qué.
Martina coge aire antes de hablar.
—Cuando fui a la biblioteca del pueblo, encontré algo escondido.
Mikel abre los ojos impresionado.
—¿Qué encontraste? —espera casi sin respirar a la respuesta de ella.
—Un… un… —Se le atasca la palabra hasta que en una exhalación la deja escapar—. Un diario.
Mikel siente tensión de golpe en el cuello.
—¿Un diario? ¿De quién?
—De… de… Alizia —consigue decir.
—¿De Alizia Allué? —No cree lo que acaba de escuchar.
—Sí, y desde el día en que lo encontré no he podido dormir. No puedo dejar de pensar en lo que escribió. —Martina echa su cuerpo hacia adelante, escondiendo su rostro al apoyar sus manos en él. Mikel, al verla, apoya su mano en su hombro.
—Tranquila. Respira.
Mikel abre la ventanilla para que pueda coger aire. Ella se asoma para respirar profundamente; rompe a llorar.
—Eso es, deja ir la tensión. —Mikel cree que también debería hacerlo junto a ella después de haberse fallado a sí mismo y a su madre.
—Puedes contarme lo que sea. No se lo diré a nadie si tú no quieres.
Esas palabras aterrizan en la cabeza de Martina sólidas para verse con fuerzas de contárselo.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Mikel se rasca la nuca.
—Claro, estás así porque pone algo de mí y no sabes cómo decírmelo. Pero no te preocupes. Puedes decirme lo que sea.
—No es eso. Ella no habló de ti en su diario. Alizia escribía de sus plantas, de las leyendas que contaban en el pueblo de las brujas y su fascinación por ellas.
—Eso no es malo.
—Lo sé. Mientras leía eso, creí que yo era ella.
Mi diario es casi idéntico al suyo sin conocernos.
—Suspira, al darse cuenta de nuevo de que le unen muchas cosas a Alizia.
Ahora también, la enfermedad de su padre—.
Pero cuando pasé de página, ilusionada por conocer más sobre lo que había preparado para el Día de Todos los Santos en la cueva…
Mikel le interrumpe.
—¿Escribió sobre ese día?
—Creo que lo hizo horas antes. Habló de todos los preparativos y de cada una de las amigas que irían al aquelarre que había organizado.
—¿Qué ponía?
—Todo. Incluso, leí que la manteca de cerdo la recogería de vuestra granja.
—¿La manteca de cerdo?
—Sí, la necesitaba para preparar el ungüento, pero eso es otra cosa. Lo que allí vi después…
—Por favor, dime lo que ponía. Se me va a salir el corazón si no lo haces ya.
—En las siguientes páginas escribió de su familia.
—Claro, su madre murió meses antes y me dijo que quería hacer el aquelarre pensando que así podría invocar su alma. Me pidió que le prometiera que no se lo diría a nadie, sobre todo a su hermano.
—Escribió sobre su madre, pero no, no es eso… —Martina siente una sed horrible de golpe.
Abre su mochila y saca la botella que siempre lleva. Le pega un trago y Mikel al verla siente que su boca rasparía como una lija.
—Martina, te pido, por favor, que me digas lo que has encontrado en ese diario. Me estoy poniendo muy nervioso.
—Ella tenía miedo de su familia. Tenía miedo de que le pasara algo.
—¿¡Qué dices!?
—Descubrió algo en la quesería… algo que no debía ver.
—¿El negocio? ¿Escribió sobre el negocio?
—Sí. Esa mañana, la del día de Todos los Santos, fue a la quesería a recoger unos quesos y otros productos porque había quedado con las chicas para cenar algo rápido antes de ir a la cueva.
También iba a llevarles la comida a su padre y su hermano para que no fueran a casa.
—Martina, coge aire para continuar—. Parece ser que cogió las cosas de la tienda y cuando se iba a marchar escuchó un ruido.
Pensó que serían su hermano y su padre, porque había visto el coche de su padre fuera.
Siguió el ruido. Encontró a su padre y su hermano en el almacén…
Ella hablaba de unas bolsas… y que su padre contaba billetes.
A Mikel parece que los ojos se le van a salir de las órbitas.
—Me estás hablando de… ¿Qué?
—No lo sé. Pero ella decía que, al verla, tuvieron una gran discusión. Sobre todo con Lizer. Me asusté, porque después todas las páginas estaban en blanco…
Martina rompe a llorar tras soltar la presión que sentía tan fuerte dentro de su pecho. Mikel no da crédito. Pero entiende que es demasiado para una chica tan joven como ella.
La cabeza de Mikel empieza a tejer la idea de que el secreto de Antón, el plano de su padre, la cruz, la llave, esté todo ligado con lo que Alizia escribió antes de morir en ese diario.
Su corazón empieza a ir a cien mil por hora y cree asfixiarse.
Sale del coche apresurado; necesita respirar.
Al poner los pies sobre el asfalto, siente un mareo de golpe y se sujeta al coche.
Las piernas comienzan a temblarle. Siente el latido de su corazón en el cuello tan fuerte que asusta.
Respira y respira, pero no puede. Se deja caer al suelo.
Martina, al verlo, sale corriendo del coche. Lo encuentra en el suelo sin poder respirar. No sabe qué hacer. Solo es una niña asustada.
—Mikel, respira.
Martina le coge una de sus manos y la otra la pone en el corazón de Mikel.
—Respira.
Aprieta su mano para que sepa que está junto a él.
—Respira.
Mikel la siente y pone sus ojos perdidos sobre la cara angelical de Martina. Y comienza a respirar.
—Eso es —le dice Martina soltando el aire tras la tensión—. Me has asustado.
—Yo también me he asustado. —Consigue soltar una sonrisa tras recuperarse.
—No sé qué pasa… no sé lo que ocurrió… pero solo sé que hay algo… Antón… mi padre… Alizia…
Los dos sentados en el suelo, apoyados en el coche, respiran el aire frío que les llega como un soplido de aire fresco necesario para ambos.
—Necesito saber qué pasó —le dice Mikel desde las entrañas.
—Hay más.
—¿Qué?
—Encontré también una llave.
Martina se levanta del suelo y entra en el coche. Le sigue Mikel. Coge la mochila y la pone sobre su regazo para abrirla y sacar el diario junto a la llave. La sostiene unos segundos antes de dársela a Mikel y, cuando la coge, se detiene a mirarla.
—Tiene la misma muesca que la que encontré.
—¿Tienes una llave igual?
—Sí. La tenía mi padre en el pajar, pero eso es otra historia. Solo te voy a pedir una cosa. Mantente lejos de esa familia y déjame esto a mí. No le digas nada a nadie.
—¿Y Melisa?
—Melisa no tiene la culpa. No debes dejar de ser su amiga. Simplemente mantente lejos de su padre y de su abuelo.
—Está bien. Lo haré.