Capítulo 40
Agustina
La chismosa
A gustina lleva días encamada, pero el día promete y se ha visto obligada a levantarse aunque sienta las piernas débiles.
Desde que su marido le ha contado que su vecino Fermín vio a eso de las dos o tres de la madrugada a Mikel dando bandazos por la calle, no ha podido dejar la cabeza tranquila.
Tampoco puede perdonarse que el individuo que tiraba las colillas al suelo —las barría a diario porque no las soportaba— abordara a Martina.
Menudo susto tuvo que sentir la niña, pensó.
Más tarde, se enteró de que se trataba de su padre.
Las cosas que tiene la vida. Siempre te sorprenden, aunque pasen los años y creas que lo has vivido todo.
Baja las escaleras con la bata rosa de felpa que tiene en el colgador junto a la puerta, unas zapatillas azul cielo y se ayuda de la barandilla.
—¿Dónde vas? —le pregunta Ignacio, su marido, desde el salón mientras ve un programa de bricolaje.
Tiene pendiente arreglar el jardín; ha de poner una pared llena de tablones de madera para que Agustina pueda colgar sus macetas. Le supondrá un trabajo que no sabe hacer, pero para eso está viendo programas de televisión, para tener a la mujer contenta.
—Me marcho.
El marido, que sigue sentado en su sillón preferido, refunfuña solo. Agustina ya se encuentra en la calle.
Anda con paso lento aunque ella tenga la sensación de que va a toda prisa.
Llega hasta la casa de Ara. La curiosidad le ha quitado el hambre, y eso que ya es decir para una persona que coge dolores de barriga más veces de lo que le gustaría por comer dulces.
Después de picar al timbre, espera frente a la puerta apoyando la palma de la mano en la pared, asfixiada.
Lleva días sin caminar y nota que le ha costado más que de costumbre.
Ara abre la puerta; al verla, está convencida de que viene buscando información para sentirse saciada.
—Hola, Agustina. ¿A qué debo el placer de tu visita?
—Me preguntaba si me invitarías a tomar una manzanilla. Si tuvieras de esas galletas de mantequilla que preparas tan deliciosas, aunque he estado mal de la barriga, me comería una pequeña.
—Pasa. Tengo tanto de lo uno como de lo otro.
—Tú siempre tan limpia —le dice Agustina tras repasar con la vista la entrada.
—No tengo otra cosa que hacer que limpiar y ver las series que me gustan.
Las dos pasan a la cocina. Es donde Ara recibe a las visitas de confianza.
—Me ha dicho Fermín que ayer vio a tu hijo de madrugada yendo hasta la granja. Pensaba que se quedaba aquí a dormir.
—Tú directa como siempre —le dice Ara al poner a calentar el agua, saca dos vasos y mete dos sobres de manzanilla.
—Nos conocemos de hace muchos años y no veo el porqué de andarnos con rodeos. —Pone la palma de su mano encima de su regazo, como el que sentencia.
—Salió tarde de cenar de casa de Lizer e Ixeia y tuvo una mala noche, al parecer.
Ara abre el bote donde tiene las galletas y sirve unas cuantas en un plato de porcelana en tonos beige . Lo lleva hasta la mesa y a Agustina se le abren los ojos al verlas. Los días sin dulce le están siendo duros.
—Que tenga cuidado, Ara. Es un buen chico, pero ha de callar las bocas de los que tú y yo sabemos.
Ara la mira y mueve la cabeza asintiendo a las palabras de Agustina.
—Ha cambiado, ya no es el que era. Pero ha pasado y está pasando por mucho, que no es excusa, pero estoy segura de que no le va a volver a pasar.
—Me alegro de que sea así. Además, los accidentes son eso, accidentes.
Agustina pega un mordisco a una galleta. Había prometido que sería pequeña, pero ha rebuscado la más grande aprovechando que Ara apartaba del fuego el agua caliente.
—Toma. Esto te irá bien. Ya me dijo tu marido que andabas pachucha.
—Lo malo ha pasado. Es que me pierde comer lo que no debo.
—Ya. A nuestras edades parece que los pecados culinarios apetecen más.
—¡Anda, mira! Ya empieza la serie de media tarde —dice Agustina, metiéndose el resto de la galleta en la boca—. La sigo siempre.
Deja la manzanilla para el final con la idea de aliviar el estómago tras el dulce. Las dos se acomodan juntas en el sofá para disfrutar de la televisión tranquilas, degustando las galletas y sorbiendo la manzanilla en un remanso de paz.