Capítulo 39
A Martina le cuesta mantener los ojos abiertos atendiendo a la profesora con voz pausada hablando de la Península Ibérica.
No ha podido pegar ojo en toda la noche tras descubrir lo que escribió Alizia en el diario.
Mueve el bolígrafo dibujando un infinito.
Era el símbolo que le unía a Lucía. Pasa por encima del papel una y otra vez hasta que lo rompe.
Al darse cuenta de lo que acaba de hacer, siente que la observan.
Solo es percepción. Mira al frente y no es consciente de en qué momento la profesora ha explicado y escrito la palabra Al-Andalus en la pizarra.
Tendrá que ponerse al día en casa. Mira el reloj que cuelga sobre la pared de enfrente y tiene unas ganas horribles de que el cuarto de hora que le queda acabe cuanto antes.
Ring. Ring. Ring.
El sonido que rompe en un estruendo hace levantar de sus pupitres a todos los alumnos, dejando la clase vacía.
Melisa, Estíbaliz, Mara y Martina caminan hasta la parada de autobús juntas, tal y como habían quedado en la hora del patio.
Melisa le va contando a Martina que ayer por la noche, Mikel fue a su casa a cenar. Que le había dicho que fuera junto a ella a la granja a conocer y dar de comer a los animales. Deciden las dos, que podrían hacerlo esta misma tarde. Antes de que el sol caiga.
—¡Hasta mañana! —le dicen al conductor.
Al bajar, Martina ve pasar una ambulancia a toda prisa.
Gira la calle a su derecha. Un pálpito le hace despedirse de las chicas para salir corriendo tras ella.
Es donde le dijo su padre que fuera a verlo.
Tiene miedo. La ve que se para unos metros más adelante.
Las luces están encendidas. Dos personas bajan del vehículo a toda prisa y entran en un edificio de apartamentos.
Martina espera agarrada a las tiras de la mochila como si fuera un paracaídas.
Algunos vecinos se agolpan junto a ella esperando a saber lo que ha ocurrido.
Tras unos minutos largos de angustia, se queda blanca al ver pasar a su padre sobre la camilla con una mascarilla de oxígeno y adormecido.
Corre en su búsqueda.
—¡Papá! —exhala hasta que se queda a unos pocos metros de la camilla.
Santiago escucha la voz de su hija y mueve el cuello en su dirección con gran dificultad. Apenas puede mantener los ojos abiertos. Saca su mano al aire como si quisiera que la sostuviera Martina.
—¿Dónde se lo llevan? —pregunta a un hombre de mediana edad.
—No te lo puede decir —contesta mirándola a los ojos—. Lo siento.
—Es mi padre.
—Es mi hija —consigue decir Santiago entre un alarido de dolor en las costillas tras toser.
El enfermero lo escucha. Dada la gravedad de la situación decide decírselo. Aunque sabe que no debería al no poder comprobar su identidad. Pero solo ve a una niña invadida de miedo.
—Vamos al Hospital de Jaca.
—Gracias. Muchas gracias.
Santiago desaparece de la vista de Martina al cerrarse las puertas de la ambulancia.
La sirena comienza a sonar y el corazón de Martina se encoge en un puño.
Temblando, corre hasta la granja en busca de ayuda.
Necesita que Mikel la lleve hasta el hospital cuanto antes.
La mochila va dando bandazos sobre su espalda descontrolada a cada zancada que da Martina.
Sabe que a su padre le queda poco tiempo y aunque no lo haya perdonado, teme no perdonarse ella algún día.
Pica a la puerta apresurada con todas sus fuerzas ya agotadas después de tanto correr.
—¿Quién es? —pregunta Mikel caminando hacia la puerta y ajustándose el cinturón del albornoz.
—Soy Martina.
Mikel espera unos segundos. No cree que sea la mejor manera para recibirla.
—Martina, acabo de salir de la ducha y me coges en mal momento —dice, tras la puerta.
Le da vergüenza que lo vea así.
—Mikel, necesito pedirte un favor —le dice ella, con voz quebrada.
Al escucharla, no duda de que se trata de algo importante. Abre la puerta tirando de ella. Al ver a Martina blanca, aún recobrando la respiración, le hace pasar.
—Entra y toma asiento. Voy a cambiarme. Acabo de encender el fuego y dentro de poco cogerá buena temperatura.
—Vale —es lo único que consigue decir antes de que se aleje.
Mikel entra en la habitación para coger lo primero que tiene a mano. Siente un pinchazo en la sien. Se toca con los dedos para presionar donde le duele. Como puede, se viste y va junto a Martina haciendo que no pasa nada.
—Dime, ¿qué ocurre, Martina?
—¿Te acuerdas cuando me recogiste el otro día y me llevaste a casa?
Mikel sostiene el aire.
—Sí.
—Ese día mi padre me siguió y habló conmigo.
—¿Te hizo alguna cosa? —La vena del cuello de Mikel se abulta.
—No. Solo quería hablar conmigo. Me dijo que se estaba muriendo. Que se instalaría en los apartamentos cruzando la carretera por si decidía ir a verlo. Hoy ha pasado algo… Necesito que me lleves al Hospital de Jaca. El enfermero me ha dicho que se lo llevaban allí.
Mikel se queda seco. Se sirve un vaso de agua y se lo bebe de una sentada.
—¿Quieres uno? —le dice inquieto.
—Sí, gracias.
—Solo una pregunta. ¿Tu madre lo sabe? —le pregunta dándole un vaso de agua.
—No. No lo puede saber. No me dejaría. Prométeme que no se lo dirás a nadie. —Martina mira los ojos de Mikel buscando su complicidad.
—Martina, tu padre tiene una orden de alejamiento, si te ayudo, pongo en riesgo tu seguridad. Tu madre no me lo perdonaría.
Se levanta y va de nuevo a la cocina. Está sediento.
—No te lo pediría si no fuera importante para mí. Puede ser la última vez que vea a mi padre. No quiero vivir con esa culpa.
—Me pones en un compromiso. Si pasara algo me lapidarían. Esto es una locura, Martina. Lo sabes.
—Lo sé. Pero eres la única persona en la que confío.
—No me puedes hacer esto, Martina. No paro de buscarme problemas.
Mikel anda de aquí para allá en el pequeño espacio que tiene entre la chimenea y la isla de la cocina. La imagen de su padre en el hospital le desgarra la piel. ¿Y si él no hubiera tenido la oportunidad de despedirse?
Abre el armario bajo el televisor y saca una caja de medicamentos que trajo de Pamplona. Saca un analgésico. El dolor de cabeza no ha cesado.
—Está bien, te llevo. No sé dónde me estoy metiendo. Pero no quiero que si ocurre algo con tu padre, no puedas perdonártelo.
—No sé cómo agradecértelo.
—Tranquila. Pero solo una cosa, ¿qué le dirás a tu madre? Te estará esperando.
—Le diré que Melisa me ha invitado a pasar la tarde.
—Está bien. Déjame coger la chaqueta y nos vamos.
Al cerrar la puerta de la casa el ganado vacuno no para de quejarse de hambre. Debería haberles puesto de comer por la mañana, parece que será un día de ayuno largo.