Capítulo 38
A ra está a punto de echar la puerta abajo de la granja.
No sabe nada de Mikel desde que ayer por la noche se marchó a la cena de Lizer e Ixeia.
Lo ha llamado al móvil tantas veces que ha perdido la cuenta.
Golpea fuertemente con el puño contra la puerta de madera.
Las grietas y el frío le hacen parar de dolor. Está segura de que su hijo está dentro.
—¡Mikel! ¡Ábreme, Mikel! —grita desgarrada—. ¡Mikel, soy mamá!
La voz de Ara traspasa las paredes hasta llegar a los oídos de Mikel, que la escucha difusa, como si viniera de un sueño. Abre los ojos y el sol que entra por la ventana le obliga a cerrarlos de nuevo. Siente un fuerte dolor de cabeza, punzante.
—¡Mikel! ¡Ábreme!
Con el dolor instalado en el puño derecho, Ara lo intenta con el izquierdo esta vez.
Golpea y golpea. La puerta no cede. Mikel se revuelve en el sofá y pone un pie fuera de él.
Sigue la voz de su madre con la misma ropa, el cabello enmarañado, surcos violáceos en los ojos y la boca áspera.
Cuando Ara está dispuesta a volver a golpear la puerta, el puño cede en el aire tras abrirse.
Sostiene el llanto al ver a su hijo que apenas puede moverse con normalidad.
—Vamos, vamos dentro, hijo.
Ara lo sostiene como puede para volver dentro de casa. Mikel tiembla cuando lo sacude el frío.
—Siéntate, hijo. —Le echa por encima una manta de cuadros—. Te prepararé un buen café. No recuerdo si aquí había. —Abre y cierra puertas—.
—En la alacena —consigue decir Mikel sentado con la cabeza apoyada en el respaldo. La presión en la sien lo obliga a mantener los ojos cerrados.
Ara hace caso a su hijo. Coge de la estantería un paquete nuevo de café, lo abre ayudándose de unas tijeras de cocina que encuentra en el primer cajón.
Desenrosca la cafetera italiana y vierte el café molido.
Lo prensa con la base de una cuchara grande y la llena de agua.
Enciende el fuego y la pone encima del fogón.
—Tan solo tardará unos minutos —le dice al sentarse a su lado.
Contempla a su hijo con un nudo en la garganta.
—Me tenías preocupada. Entré esta mañana a tu habitación y vi que no habías deshecho la cama. Te he llamado al móvil y no contestabas. Mikel, hijo. ¿Qué te ha pasado? —Pone su mano en la cabeza de Mikel, queriendo creer que se trata de fiebre, pero sabe muy bien que no está enfermo—.
—Lo siento, mamá. Siento haberte fallado a ti y a todo el que había confiado en mí.
Te dije que no tenía que haber venido. Esto no hubiera pasado.
Llevaba años, mamá. Muchos años sin probar ni una sola gota y…
ayer… solo bastó tener enfrente a Lizer.
Pero tuve que demostrar mi hombría… No podía dejar que pensara otra cosa, no. ¿A quién quería engañar?
El café comienza a salir y el sonido del gorgoteo aturde la cabeza de Mikel. Ara se levanta para apagar el fuego. Coge una taza de porcelana blanca y sirve el café llenándolo hasta arriba.
—Toma, te vendrá bien.
Mikel la sostiene entre sus manos y pega un sorbo, pasando caliente por su garganta. Entra amargo, borrando el aliento agrio que sube del estómago.
—Tengo miedo.
—No debes tenerlo, solo ha sido un error —le dice Ara no estando segura de que sea solo eso.
—¿Y si no lo puedo controlar?
Tira su cuerpo hacia delante y deja la taza sobre la mesa tras agotar hasta la última gota de café.
—Lo harás. Tu cabeza tiene memoria: para el dolor, la desidia, la soledad, la dependencia. A convertirte en quien no eres. No creo que lo olvides. Eso ya pasó, Mikel.
—Entonces, ¿por qué después de una copa, tomé otra y otra?
Mikel se tapa la cara con sus manos echando su cuerpo hacia adelante y apoyando sus codos sobre sus piernas.
—Las personas recaen. Pero la fortaleza está en resistirse a hacerlo de nuevo.
—No quiero volver a pasar por lo que pasé. Tengo miedo, mamá.
—No lo harás. Esta vez no —dice Ara apartando la mirada tras decirlo con un nudo en el estómago, no podría volver a ver a su hijo de nuevo recaer. Vuelve a mirarlo—. Debes cuidar de esta viejecita que tienes delante. No tienes excusas.
—¿Quién cuida a quién? Estás aquí.
Ara coge las manos de su hijo con cariño y Mikel se las deja coger aunque sienta que la ha fallado.