Capítulo 37 #2
Lizer ve que Mikel se sienta sin probar ni gota.
—Parece que a nuestro invitado no le gusta el vino que hemos puesto. Ixeia trae la botella que ha traído.
—No, no es eso. Es que me he acostumbrado a comer con un refresco, solo es eso.
—En esta casa no hay de esas mariconadas. Ya te lo he dicho. Ixeia, tráete la botella.
—No hace falta, este está bien.
Ixeia vuelve a sentarse obedeciendo a su marido.
Lizer espera a que Mikel coja la copa y beba.
El sudor corre por la frente de Mikel. Duda en poner sus labios en el borde de la copa y nota que el líquido en color burdeos le baja como un recuerdo.
Mikel siente la necesidad de cortar cuanto antes un trozo de carne para evaporar el deseo.
Mastica ansioso, destrozándolo entre sus dientes hasta que pasa y elimina por unos instantes el miedo.
—Brindemos también porque vuelves al pueblo.
Brinda reticente. Y otro trago pasa por el gaznate de Mikel.
—Aunque por aquí las cosas no han cambiado. Ya sabes que en el pueblo hay memoria y algunos no perdonan —Lizer fija su mirada en la de él.
—Lo sé. Alguien pintó la fachada de casa para recordármelo —le responde sosteniendo los ojos de Lizer—. Pero la decisión está tomada. Mi madre está por encima de todo eso.
—¿Qué harás? Aquí el trabajo es el que es.
—Llevaré la granja de mi padre. Los animales me esperan.
—¿Podré ir a la granja? —pregunta Melisa al conocer la noticia.
—Por supuesto. ¿Conoces a Martina? —responde Mikel con una sonrisa.
—Sí, va al mismo colegio y aunque vamos a diferentes clases, me ha caído muy bien. Habíamos quedado esta tarde, pero el mal tiempo ha arruinado nuestros planes.
—Pues ella también vendrá por la granja. Así podréis echarme una mano con los animales.
—Pero si a ti no te gustan —añade Lizer.
—Sí que me gustan. Lo único, que tú no sabes nada de mis gustos. Siempre estás en la quesería.
—¡Melisa! —Ixeia llama su atención.
—Lo siento, papá. Pero es cierto, me gustan los animales.
—Si no le importa a Mikel, podrás pasarte algún día —le dice Lizer comiéndose el orgullo.
—¿Dónde vivirás? En casa de tu madre o en la casa que te preparó tu padre en la granja. Sabes que era de mi familia.
El latigazo de Lizer golpea fuerte en el interior de Mikel.
—Lo sé. Mi padre se la compró al tuyo.
De nuevo un trago de vino llena la boca de Mikel tras acabar la frase. Esta vez no ha hecho falta un brindis.
—Le dará vida al pueblo. Todos pensábamos que al morir tu padre esa granja caería en el olvido —dice Ixeia, alegrándose de que no sea así.
—Sabes que tu padre trabajaba con nosotros.
—Sí, fue hace muchos años.
—No, me refiero, antes de ponerse enfermo. Nos daba la leche de las ovejas y las cabras para nuestros quesos. Podemos seguir uniendo los lazos entre los Allué y los Lanau. Piénsatelo. Te aseguro que pagamos bien.
—Déjame que me ponga al día. Pero no creo que haya ningún problema de seguir haciéndolo si mi padre lo hacía.
Un veneno cae dentro de su garganta limpiando sus palabras.
Lizer le sirve más vino.
—¡Brindemos por un futuro entre los más jóvenes de las familias! Debemos seguir manteniendo la estirpe. Y enseñarles a nuestros hijos lo que es el respeto a la familia. Por cierto, ¿tú no tienes hijos, no? Tal vez, ¿novia o mujer?
—Mira que eres curioso —añade Ixeia al ver que Mikel baja la mirada al plato vacío.
—No tengo ni uno ni lo otro.
—Pero habrás tenido algo interesante por Pamplona.
—Claro, todos estos años no he estado solo. Pero no ha llegado esa mujer.
—Parece que he tenido más suerte que tú —deja ir una sonrisa pícara—. Ya llegará.
—No tengo prisa. Vivir solo también está bien.
—Tú sí que sabes. De mujer en mujer y sin tener que dar explicaciones a nadie.
Ixeia se levanta de la mesa y comienza a recoger los platos.
—No te ofendas —le dice Lizer—. No es para ponerte así.
—No me pongo de ninguna manera. Solo voy a buscar el postre. Además, así os dejo solos para resarciros.
—Mamá, que estoy delante.
—Tápate los oídos, cariño. Serás inteligente si lo haces.
—Tu hija está acostumbrada a nuestras conversaciones de mayores. ¿Verdad, cariño?
Melisa prefiere coger el móvil y no contestar.
—Haces bien, cariño —dice Ixeia antes de marcharse a la cocina.
—Melisa, si quieres puedes coger el postre de la cocina y dejarnos solos.
Melisa retira la silla y se marcha.
—Hablemos en serio, Mikel. Para llevarnos bien en los negocios, la granja debe ser eso, una granja. No decidas expandir el negocio para hacernos la competencia, aquí lo controlamos todo y no te iría bien si lo hicieras.
Mikel recuerda los ojos llenos de miedo al escribir la palabra «Antón».
—No vengo a quitaros terreno. Solo quiero llevar una vida tranquila en el pueblo junto a mi madre.
—Entonces, nos entenderemos.
—Por supuesto.
Otro lingotazo de vino pasa por la garganta de Mikel; esta vez abre más el paso. La cantidad ingerida ha sido mayor.
El plano y la cruz se le presentan como si los tuviera delante. Como una alucinación.
—Debes venir a la quesería. Así verás lo que tenemos montado allí. La tienda es una monería. Probarás el queso que nos dio la reputación que nos hemos ganado en los últimos años. Somos los mejores de la zona. Me atrevería a decir, de España.
—Lo haré. Me pasaré algún día.
—No lo dejemos. Pásate después de las fiestas del pueblo, cuando haya menos lío. Además, si vamos a trabajar juntos, debemos retomar los viejos tiempos.
—Brindemos para firmar nuestro acuerdo.
Lizer funde con su mirada la copa de Mikel. Apenas le queda vino de la tercera copa. Lo ve beber y se le ensancha el pecho.
Aparece Ixeia con una cuajada de miel. Mikel necesita algo dulce cuanto antes. Necesita borrar el sabor que lo condenó por años. Pero algo le invade por dentro y decide apurar la copa. Lizer se levanta y va a buscar un pacharán. Siempre lo sirve junto al postre.
Beben y beben junto al fuego. Las palabras salen sin control de la boca de Mikel hablando de sus historietas vividas con los clientes del hotel.
Lizer y su mujer lo hacen hablando de las vivencias vividas junto a su hija. Travesuras que a Mikel le hacen sonreír el resto de la noche.
Al salir por la puerta, Mikel corre a agarrarse a su coche; teme caerse. La cabeza le da vueltas y vueltas. No puede llegar a casa así. Su madre, si le viera, perdería toda la confianza en él. Es tarde, son más de las dos de la madrugada.
Mira su coche de soslayo al pasar por su lado.
Mira el cielo y la lluvia no cede. Camina de lado a lado, se ayuda de una farola, de una pared de cualquier cosa que va encontrando por el camino.
Cuando entra a la plaza no encuentra nada con lo que sostenerse y cae al suelo de rodillas.
El pantalón se rasga en ambas piernas. Intenta levantarse varias veces, angustiado por no poder hacerlo se queda tumbado hacia arriba con las manos en cruz.
La lluvia cayendo sobre él. Recuerda a su amigo Pedro, el que le sostenía cada vez que bebía.
Lo siente dentro de él y consigue levantarse hasta llegar a la granja.