Donde duermen los secretos Capítulo 37
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Capítulo 37

E ntra en la casa y el eco del aire le eriza la piel.

Dos abetos se mueven cediendo al viento.

Mikel no los pierde de vista hasta sortear las ramas que vuelan sobre el camino de piedras al césped.

El móvil comienza a sonar dentro del bolsillo de la chaqueta.

Está a punto de cometer una gran estupidez, pero no piensa entrar a esa casa sin saber si el mensaje es de su hermana.

Botella, ramo y bombones acaban en el suelo después de dejarlo para poder coger el móvil.

Desea solo una cosa, que no salgan a recibirlo en este justo momento.

La estampa sería de un completo inútil .

Alivia sus pulmones contenidos al ver que su hermana ya está a salvo en casa.

Se agacha y vuelve a recogerlo todo del suelo.

Camina hasta la puerta que debe medir más de dos metros de altura.

Din, don, din, don . Unos pasos se escuchan tras la puerta.

Tras unos segundos se abre lentamente. Mikel intenta mantener la postura erguida y firme.

—Pasa, pasa, no te quedes ahí, debes estar empapado —le dice Lizer con su mejor sonrisa mientras le coge la botella de vino y el ramo.

Mikel le hace caso y pasa tras él dándole las gracias.

—¿Mel? Ven a recibir a nuestra visita —alerta a su hija.

La niña parece estar más cerca de lo que esperaba. No tarda ni un suspiro en aparecer con una actitud vergonzosa. Saluda y se pone junto a su padre. Parece que no es la primera vez que lo hace.

—Toma, esto es para ti —consigue decir Mikel.

Melisa adelanta un paso y lo coge mirando la caja de bombones encantada.

—Son mis preferidos.

—Entonces, he acertado.

Le sonríe sin apartar la vista de los profundos ojos oscuros de la niña.

—Buenas noches, Mikel. Bienvenido. —Aparece Ixeia con un vestido rojo ajustado a la cintura de manga larga y falda vaporosa que cae sobre las rodillas.

Mikel tarda en decir:

—Buenas noches, Ixeia. Toma, este ramo es para ti. —Lo coge de las manos de Lizer y se lo entrega.

—Bueno, deduzco que el vino es para mí —dice Lizer mirando a los ojos de su mujer para después acabar en los de Mikel.

Sonríe.

—Sí, perdona.

—Pasemos al salón —dice Lizer, entregando la botella a Ixeia—. Déjala en la cocina; más tarde la abriremos para que se airee.

Entran a un salón amplio. Lizer hace apenas unos minutos ha encendido el fuego que luce a través de una caja de cristal.

La música de un piano de fondo y una luces ambientales han sido elección de ella.

El lugar es acogedor y moderno. Mikel se sorprende de los gustos de Lizer.

Pensaba que eran más anticuados. La tensión se corta en el aire antes de llegar a la mesa.

Preparada con grandes velones, flores secas y una vajilla blanca de una calidad exquisita.

Mikel admira la lámpara que cae sobre la mesa, lo hace de manera irregular y parece sostenerla el aire.

—Toma asiento. —Lizer le señala la silla a su derecha.

Aparece Ixeia y se sienta frente a él. Junto a ella, lo hace Melisa.

Lizer se levanta y coge una botella de vino de gran reserva que tiene aireada el tiempo exacto que necesita.

—Debemos brindar por nuestro reencuentro, dame tu copa.

A Mikel le cae una gota de sudor por la frente.

—Brindaré con algún refresco si no te importa.

—¡Estarás de coña! No se brinda con esas mariconadas. Aquí brindamos con honor. Anda, acércame tu copa.

Mikel la sostiene entre sus dedos como si sostuviera la manzana prohibida del árbol de Adán y Eva.

—Eso es, los hombres brindamos como lo que somos.

Ixeia y Melisa se miran cómplices, negando gustarles dicho comentario.

Lizer vuelca el líquido color burdeos dentro de la copa, lentamente. Mikel percibe que el sonido se adentra dentro de sus oídos como un megáfono. Mueve los pies en el suelo como si fueran una secuencia.

—Dame tu copa, querida.

Ixeia mira a su marido fijamente, detesta que la llame así. Él lo sabe. Pero ella prefiere callarse, percibe la tensión en su espalda.

—Tú, pequeña, sírvete agua.

—Tengo nueve años, papá —le dice la niña sintiéndose más mayor de lo que es.

—Siempre serás mi pequeña.

Lizer alza la copa y de pie frente a todos con el pecho inflado, dice:

—¡Por los viejos tiempos!

Chocan las copas y el tintineo se introduce dentro de Mikel sabiendo que romperá los más de once años que lleva sin probar una gota de alcohol.

Cierra los labios al ponerse la copa en su boca.

El olor entra cortante. Los ojos expectantes de Lizer hacia él, le obligan a notar como el vino entra por su garganta.

Le quema como si hubieran encendido un fuego.

Deja la copa estando convencido a no volver a tocarla.

—Es bueno —dice Lizer al dejarlo un rato en su boca degustándolo—.

—Sí, es bueno.

Por el contrario, a Mikel le ha entrado como un rayo.

—Perdona, he sido muy descortés. Ni te he enseñado la casa. —Se levanta de la mesa y espera que lo haga también—. Querida, nos ausentamos un momento.

Ixeia vuelve a mirarlo, esta vez clava su mirada cuando se da media vuelta.

—¿Puedo ir a mi habitación? —dice Melisa con el pie casi fuera del salón al ver que su padre ha salido de la estancia con Mikel. Es su gran oportunidad.

El salón se queda vacío e Ixeia vigila a ambas puertas que tiene acceso a él.

El pulso de su corazón se acelera al subirse el vestido para coger una bolsa de plástico que tiene sujeta entre la media y el muslo.

Le tiemblan las manos al abrirla, de ella saca un bastoncillo y sin demorarse sostiene la copa de Mikel mientras coge una muestra de ADN.

Según las instrucciones había que frotarlo varias veces.

Cuando se asegura de tenerla, deja rápidamente la copa de nuevo en su sitio.

Mira de nuevo a un lado y a otro con los nervios instalados en su estómago.

Saca otra bolsa de plástico de su muslo y mete la prueba dentro, asegurándose de cerrarla herméticamente.

Su corazón está desbocado y necesita pegar un trago para humedecer su boca seca.

Se sienta unos segundos para recobrar el aire.

Al caer en la cuenta de que aún está en peligro de que la sorprendan, va a la cocina.

Una caja de galletas de lata, que limpió por la mañana, la espera para guardar la prueba.

Se sube al taburete con los tacones negros de aguja agarrándose al borde de la encimera.

Teme que le fallen las piernas. Abre el armario y la coge con el temblor en las manos.

Apenas acierta en abrirla. Lo intenta varias veces hasta que la apoya contra su pecho y ejerce la fuerza necesaria.

Lo consigue y levanta su vestido para rescatar las dos bolsas de plástico.

Las mete y cierra, dejándola en el mismo sitio.

Está segura que Lizer no la encontrará. Baja con cuidado y vuelve a poner el taburete en su sitio.

Cuando es consciente de que está fuera de peligro, remueve el ternasco dentro del horno para saber si está hecho.

Lo saca y lo pone en una fuente que tenía preparada sobre la isla.

Al acabar, coge la copa de vino que tenía mientras preparaba la cena y se la bebe de un trago.

Su boca no parece saciarse. Entra en el salón con la fuente en sus manos y ya están todos sentados.

Conocía perfectamente el tiempo que Lizer tardaría en enseñar la casa a Mikel y avisar a Melisa.

La deja en el centro.

—Huele que alimenta —dice Lizer, sabedor de que su mujer es una buena cocinera.

Ixeia sirve los platos, agradeciendo el comentario de su marido.

—Mamá, yo no quiero la cebolla. Sabes que no me gusta.

—Apártala, cariño —le contesta Ixeia para no dejar que el drama de su hija ponga nervioso a Lizer.

—Le contaba a Mikel con el cariño que has decorado toda la casa, te hubiera gustado que fuera tu profesión, pero no te ha ido nada mal, te has quedado con la panadería del pueblo.

—Sí, ya ves. Quién me lo iba a decir, que iba a acabar haciendo pan —Acaba en una sonrisa nerviosa.

—¿En la de la travesía o en la del casco antiguo? —pregunta Mikel.

—En la del casco antiguo. Lizer la compró cuando se jubiló Manuela. ¿Te acuerdas de ella? Nos daba los bastoncillos de pan para que nos fuéramos y así no la molestábamos.

Mikel baja sus hombros, la tensión cede recordándolo.

—Sí, además nos regalaba las pastas que le quedaban a última hora del día.

—Yo también lo hago con los niños que salen de la escuela. Manteniendo viejas costumbres.

—Sí, es demasiado generosa —añade Lizer—.

Ixeia prefiere seguir haciendo lo que quiera en la panadería sin discutir con Lizer, así que decide hacer caso omiso.

—La comida se va a enfriar —dice Lizer al coger el tenedor y el cuchillo de la mesa.

Mikel corta un trozo de carne y nota como se hunde fácilmente. Se lo mete en la boca y la salsa sale de las hebras de la carne como un estallido de placer.

—Está deliciosa —dice mirando a Ixeia.

Lizer decide romper el momento.

—¿Cuándo vuelves a Pamplona? Es allí donde te fuiste a vivir, ¿no? —le dice, sabedor de que fue así.

—Pues, te aseguro que tenía pensado venir, enterrar a mi padre y volver cuanto antes. Mi trabajo me esperaba. Pero los planes han cambiado.

Ixeia abre los ojos como platos. Pensaba tener la respuesta del ADN de Mikel sin su presencia.

—¿Qué ha cambiado? ¿Tal vez la visita a tu padre en el hospital? —No vacila Lizer en acabar con un trago de vino que le entra directo por la garganta.

Mikel se toma unos segundos. Sabe que la pregunta de Lizer es un arma de doble filo. No sabe si él conoce la verdad de la donación de la granja. Ni si sabe algo de lo que ocurrió con Antón.

—Cuando fui a ver a mi padre al hospital, ya era demasiado tarde, estaba conectado a una máquina y no podía hablar. Es por mi madre. Me lo ha pedido. Se queda sola y ahora me necesita.

—Qué buen hijo. ¡Brindemos por ello! —Lizer se levanta y sostiene la copa en alto y mira a Mikel, presionando a que también lo haga.

—Tú también, querida.

Mikel retira la silla con reticencia. Pero urde su plan chocando la copa con ambos anfitriones.