Donde duermen los secretos Capítulo 36
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Capítulo 36

N ada más salir de casa, Mikel se pone en alerta al sentir una bofetada de aire y ver el pavimento mojado por la lluvia.

Teme ensuciarse y llegar hecho un cristo a casa de Lizer e Ixeia.

Salta cada charco que encuentra en su camino.

De izquierda a derecha y de derecha a izquierda.

Parece estar dando bandazos por toda la calle sin ningún sentido.

Lamenta no poder llegar andando hasta la casa, dado que el tiempo no se lo permite.

Abre el coche que tiene aparcado junto a la iglesia y deja el ramo de flores, la caja de bombones y una botella de fino en el asiento del acompañante.

Antes de arrancar el coche, decide mirarse al espejo.

Se retoca algunos mechones que se le han movido con el viento y se pone en marcha. Mete la segunda y rasca.

—¡Qué demonios estás haciendo!

Sujeta el volante con las manos mojadas del agua de la lluvia que no ha podido secarse y comienza a notar que le tiemblan a medida que se va acercando. Al llegar a la calle, ve varios aparcamientos libres y se decide por el que está más cerca de la vivienda.

Se detiene unos segundos en contemplar el gran caserón del que disfruta el matrimonio desde dentro del Peugeot.

Al bajar del vehículo, comienza a sentir un hormigueo en las piernas que le hace coger aire profundamente.

Lo hace al recordar las palabras de Andrea.

Se siente mucho mejor y coge cada uno de los detalles que lleva.

Nunca le gusta presentarse con las manos vacías.

Llega hasta la acera y la vivienda queda oculta tras un muro de piedra y los grandes setos que cubren todo el perímetro para que no puedan verlos desde fuera.

Duda en tocar el timbre. Aún está a tiempo de darse media vuelta y marcharse.

El aire lo azota y golpea fuertemente las flores.

La lluvia se proyecta firme sobre la caja y la botella.

A punto está de dejar caer la última, pero un acto reflejo la salva de caer al suelo.

Apresurado por el temporal, decide hundir el dedo índice sobre el botón del timbre y, nada más hacerlo, se arrepiente.

Nadie responde.

Se da media vuelta, aliviado de que nadie le conteste. Cuando está a punto de bajar el escalón de la acera, la voz de Lizer sale a través del interfono.

—Te abro.

El sonido de la puerta le golpea. Solo debe empujarla y entrar.