Capítulo 34
M artina entra calada de agua al albergue.
El sonido de la puerta al abrir llama la atención del comedor, que se encuentra lleno de gente.
Ella, que quería pasar desapercibida para que nadie la viera dejando un reguero de agua bajo sus pies, no lo consigue.
La gran mayoría se gira para mirarla. Su madre le sonríe al verla cargada de platos.
Los deja en la última mesa que está junto a la pared antes de dirigirse hacia su hija que la espera con las mejillas sonrosadas.
—Hija, llegas empapada. Sube a la habitación y cámbiate de ropa. Cogerás frío y no queremos un resfriado ninguna de las dos.
Martina, que intenta poner su mejor cara, ha tomado una decisión al ver a su madre enfrascada con el trabajo. No decirle nada de su padre.
—Está bien, mamá. Voy a cambiarme y dejar mis cosas. ¿Puedo llevarme la comida a la habitación? Tengo mucha hambre y esto está lleno. —Necesita estar tranquila.
Blanca, que es consciente de que no hay ni un hueco libre, accede. Ya es tarde y no sabe cuándo podrán parar a comer ni ella ni Graciela. La lluvia ha hecho que muchos disfruten de una sobremesa más larga de lo habitual.
—Ve a ver qué te apetece y sírvetelo en un plato —le dice su madre al ver que uno de los clientes alza la mano para llamar su atención.
Martina, nada más entrar a la cocina, saluda a Graciela. Ella, que anda atareada removiendo un guiso que tiene en el fuego, se gira para mirarla.
—¿Qué tal te ha ido en la escuela? —le pregunta apresurada mientras sirve unas albóndigas en un plato.
—Bien. Hoy he conocido a Melisa, una chica que vive en el pueblo.
—Ah, sí. Es la hija de Lizer e Ixeia. Es buena chica, algo reservada, pero encantadora. Vendrás con hambre. Sírvete lo que quieras. —Corta pan y lo sirve en una panera pequeña.
—Gracias —le contesta Martina, no quitando el ojo a las migas y a las albóndigas—. Las albóndigas tienen buena pinta.
Graciela, sin dudarlo, le sirve un plato recién sacado de la olla y Martina decide servirse uno de migas. Así probará las dos cosas.
—Me voy a la habitación a comer.
—Está bien —le dice Graciela montando una ensalada.
Martina sale de nuevo al comedor cargada con una bandeja de madera y lo cruza hasta llegar a las escaleras. De nuevo, vuelve a sonrojarse.
No quita el ojo de los platos. Teme que al subir los escalones derrame alguno.
Al entrar a la habitación, deja la comida sobre la mesa y deja la mochila encima de una de las sillas. Se quita la ropa dentro del baño.
Después de una ducha caliente, disfruta de la comida mientras mira que no deja de llover desde la ventana.
Las ráfagas de viento y los relámpagos mantienen inquieto a Brux, que está sentado junto a Martina desde que ha llegado.
Al acabar, se estira en la cama bocabajo y hunde su cara contra la almohada.
El encuentro con su padre le ha puesto entre la espada y la pared con su madre.
Eso le hace sentirse mal. Pero no quiere que ella sufra.
Toma su diario y coge el bolígrafo.
¿Por qué ha tenido que aparecer y contarme que se está muriendo? Es egoísta. Siempre lo ha sido.
Una lágrima cae en la palabra egoísta; se emborrona.
Deja el diario sobre la cama y coge a Brux para abrazarlo.
—No entiendo a los mayores —le dice, mirándolo a los ojos.
Por supuesto, Brux no le va a contestar. Pero le lame en la mejilla y para ella es mucho más que unas palabras.
—Tú sí que sabes querer.
Al girarse hacia la ventana, nota bajo la almohada el diario de Alizia. Ha estado tan cerca de estar en el sitio donde murió, que recuerda el candado que colgaba en la puerta. No habría podido entrar aunque quisiera.
—Debe haber alguna manera, tal vez no era el momento —piensa.
Coge el diario entre sus manos y lo abre con más seguridad esta vez. Desea saber todo lo que pone en él. Cree estar más unida que nunca a Alizia.
En las siguientes páginas, Alizia habla de lo emocionada que está porque llegue el Día de Todos los Santos.
Cuenta que lo ha hablado con sus amigas; serán nueve.
Las nueve deberán llevar velas y las coronas que harán juntas antes de que llegue el día.
Ese mismo día, por la mañana, se levantó bien temprano para preparar la comida de su padre y hermano.
Se la llevó sin decirles nada al negocio familiar, para asegurarse de que así no fueran a casa ese día.
Quería tener la fiesta tranquila. Su padre y hermano no estaban nada de acuerdo con que fuera por el pueblo hablando de brujería.
Decían que eso le haría tener problemas con el negocio.
Sabía que con ellos en casa no podría preparar el ungüento para ese día.
Martina se encuentra un pétalo violeta aplastado y seco.
Se lo acerca a la nariz confiando en que aún desprenda algún olor, pero era prácticamente imposible que lo hiciera.
Lo vuelve a dejar en su sitio y pasa a la siguiente página.
Se encuentra con unas letras emborronadas, como si hubieran caído de los ojos de Alizia al escribir. Le recuerda a su propio diario. Ella no sabe las páginas que tienen sus lágrimas. Decide continuar leyendo tras tomarse unos segundos al sentir el sufrimiento que tuvo que sentir Alizia.
1 de diciembre de 2013
No puedo más. No reconozco a mi padre ni a mi hermano. No sé…
El primer borrón oculta la palabra que le sigue. Sigue leyendo con el corazón contraído.
Al llegar a la quesería, los he encontrado dentro del almacén.
Al verme, se han quedado blancos. No me esperaban ni a mí ni a nadie.
Sobre la mesa había bolsas que no deberían estar ahí.
Mi hermano pesaba algo. Mi padre contaba dinero.
Mi padre me miró como nunca antes. Dijo que esto no debía salir de aquí.
No sé qué hacer con lo que he visto. Si lo digo, todo cambia. Si no lo digo, también.
Vuelven los borrones. Esta vez es uno más grande.
Mi tío Antón se fue sin decirme nada. Yo era su sobrina preferida.
Si alguien ha llegado hasta aquí, entonces ya no puedo proteger esto.
A Martina le entra un escalofrío que la deja helada.
Esa persona es ella. Ella ha encontrado el diario en la biblioteca.
Lo dejó allí para que alguien lo hiciera.
Si no, ¿por qué dejarlo allí?, piensa. Con las manos temblando, consigue pasar la siguiente página, esperando si Alizia había tomado alguna decisión, y con lo que se encuentra es con una página en blanco.
Pasa página por página hasta el final del diario y no hay nada más escrito.
El corazón de Martina parece haberse parado de golpe.
Cierra el diario confusa. Un relámpago parece caer cerca.
Ilumina de golpe el cielo oscuro y lleno de nubarrones.
Martina abraza a Brux como si fuera su guardián.