Donde duermen los secretos Capítulo 33
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Capítulo 33

—¡Martina! —Mikel hace un gesto con la mano para que se acerque —. ¿Quieres que te lleve? Está lloviendo con fuerza.

La voz de Mikel se disipa en el aire bajo los truenos y la lluvia. Es como si hubiera caído la noche en pleno día.

—¿Qué? No te escucho —le dice Martina empapada de agua desde la acera.

Mikel se cerciora por el retrovisor de que no venga ningún coche y para en mitad de la carretera. Martina se acerca hasta el Peugeot cargado de cajas que llegan hasta el techo.

—¿Qué me decías? —El agua corre por su cara y pasa su mano para poder ver a Mikel.

—Súbete, te llevo al albergue. Está lloviendo muy fuerte y el viento comienza a soplar.

El cabello mojado de Martina comienza a moverse hacia la derecha por la fuerza del viento.

—Está bien. —Martina abre la puerta y se sube, sujetando su mochila entre sus brazos, como si pudiera protegerla del dolor vivido con su padre.

—Estás empapada. Con la calefacción tendrás menos frío. —Mikel no duda en subirla a veinticuatro grados.

—Tu coche está lleno de cajas. —Martina gira su cabeza y ve que se amontonan en el asiento trasero.

—Hay más en el maletero. No entiendo ni cómo me han podido caber en este trasto viejo. Esta mañana, cuando me has visto pasar, iba en dirección a Pamplona. Allí vivía. He ido a buscar mis cosas.

—Entonces, ya te quedas en el pueblo a vivir.

—Sí. Lo he decidido. Mi padre reformó la casa que hay dentro de la granja. Recuerdo que cuando era pequeño estaba llena de paja y herramientas. Pásate cuando quieras y la verás. Podrás conocer a los animales y darles de comer.

Martina se llena de emoción al imaginarse estando con ellos.

—Lo haré.

—Ya hemos llegado —le dice Mikel dando marcha atrás para aparcar junto al albergue—. Debo dejar las cajas en la granja.

—Yo me muero de hambre. Mi barriga parece una sinfonía.

Los dos se ríen.

—Es cierto. Beethoven estaría orgulloso.

Vuelven a fundirse en una risa.

Martina abre la puerta y el aire le azota al salir del automóvil.

Tras pisar los charcos que se han conformado frente al albergue, consigue llegar luchando contra las ráfagas de viento.

Mira al cielo resguardada bajo la puerta y da por perdida la salida de esta tarde con sus nuevas amigas.

Volverá a sumergirse en el mundo de Alizia.

Mikel, al verla entrar, sigue la calle hasta llegar a la granja.

Teme que sea un mal día para estar sacando las cajas del coche y, como ya se le ha hecho tarde, primero irá a casa a comer para despedirse de su hermana.

Nunca le han gustado las despedidas. Llueve con rabia.

Como si el cielo se rompiera en pedazos.

Parece que quiera decirle algo a Mikel. Vuelve a sentir el escalofrío del pasado.

Desde que esta mañana ha entregado las llaves del piso de Pamplona al propietario, solo siente vértigo.