Donde duermen los secretos Capítulo 32
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Capítulo 32

M artina va sentada en el autobús de vuelta a casa junto a Melisa tras ser presentadas en el patio por Estíbaliz y Mara.

Se han caído tan bien que a Martina le ha recordado la relación que tenía con Lucía.

La echa mucho de menos. Han hablado de que por la tarde, después de comer y hacer los deberes que les han mandado de castellano e historia, quedarán para llevarla a ver un búnker escondido en la montaña junto al pueblo.

Está emocionada porque está haciendo nuevas amigas.

En cuanto baja del autobús, se dirige decidida hasta la cueva.

No deja de pensar en ella desde que leyó el diario de Alizia.

Si no lo hace ahora, más tarde no podrá hacerlo, porque una vez ponga el pie en el albergue tendrá que darle explicaciones a su madre si sale.

Solo será un momento y mi madre no se dará ni cuenta, es la hora de más trabajo del día , piensa.

Va andando por la acera tras cruzar la carretera, ensimismada pensando en lo que escribió Alizia en el diario.

¿De dónde sacaría el Acónito? Si tan peligroso era, ¿dónde lo consiguió?

, no para de darle vueltas. Justo al pasar por encima del puente medieval no puede evitar pararse y mirar que baja el río con gran caudal.

El sonido se le mete dentro de su cabeza y le llena de vida al verlo.

Ha habido tiempos de sequía. El aire le azota fuertemente la cara y decide ponerse en marcha.

Mira al cielo que ha oscurecido de golpe, teme que la lluvia comience a caer, no lleva paraguas.

Caminando ve el olmo a lo lejos. Siente un cosquilleo tras conocer que representa la memoria de las brujas.

Se acerca al árbol y lo toca con sus propios dedos.

Cierra los ojos. Necesita sentirlo. Pero el viento vuelve a soplar tan fuerte que abre los ojos de golpe y cuando lo hace, ve a una mujer que tiene instalada su mirada hacia ella.

Está parada junto a un gran cartel de información.

Siente vergüenza. La mujer le sonríe mientras que Martina se cuelga la mochila.

Martina le devuelve la sonrisa y toma el camino hacia la cueva.

Mira el suelo desgastado por el trasiego del tiempo.

Es diferente a cualquier otro que haya visto en una montaña.

Son piedras irregulares y de difícil manejo, resbalan.

El aire crea un sonido único al mover la vegetación con la fuerza necesaria para sentirla viva.

Martina la siente. La roza con sus dedos a su paso.

Y sus tripas interrumpen el gran momento.

Intenta imaginar el menú que puede haber preparado Graciela, pero lleva poco tiempo para apostar en su acierto.

Le encanta todo lo que ha probado hasta ahora y no ve el momento de llegar al albergue para meterse algo a la boca.

Sigue caminando. Rebota una piedra tras ella.

No se extraña, hay muchos turistas que visitan la cueva.

De momento no se ha encontrado con nadie, tal vez porque sea la hora de comer.

Mira atrás y no consigue ver a nadie. Decidida sigue avanzando, pero una sombra le persigue acechándola.

Al llegar hasta la puerta de hierro, se la encuentra cerrada con un gran candado viejo y oxidado. Tira de él. Pero no se abre.

—Martina, no grites.

Es la voz de su padre.

Martina se queda sin aliento cuando se da media vuelta y lo ve. Suelta el candado de golpe.

Santiago se ve obligado a agarrarse a la barandilla asfixiado.

La tos que ha mantenido dentro de sus pulmones para que no la escuchara su hija sale sin permiso como una explosión.

Tose y tose. Martina lo mira expectante.

La piel de su padre se ha tornado rojiza.

Se asusta. Santiago tose y tose. Y Martina se siente contrariada de lo que debe hacer.

—Solo quiero hablar contigo, hija —consigue decir con gran dificultad.

Martina al ver que su padre se ha recuperado, se gira rápidamente para intentar abrir la puerta de la cueva con todas sus fuerzas para salir corriendo. No cede. Su padre, en mitad de las escaleras, le intercepta el paso. No tiene salida.

—No tengas miedo. Solo quiero hablar contigo —le dice su padre al ver el miedo instalado en los ojos de su hija.

Martina, cansada de huir y de sentir miedo, se da la vuelta.

—Déjanos en paz —le dice invadida de rabia—. Si me quieres, márchate y no vuelvas más. Nos has hecho mucho daño.

—No he venido a haceros nada ni a ti ni a tu madre.

—Entonces, ¿por qué? —le dice entre dientes—. Dime solo una excusa para no ponerme a gritar ahora mismo.

—Porque se me está acabando el tiempo.

—¿De qué hablas? Me has hecho tenerte miedo cuando te veía como pegabas a mamá. Y solo he aprendido a huir junto a ella. No lo ves. ¿Es que no te das cuenta? —Martina rompe a llorar de rabia—. Márchate, si aún me quieres, vete.

—Lo siento. Te juro que me arrepiento cada día de… —La tos vuelve sin aviso, tose y tose—.

—¿Estás bien? —le pregunta cuando ve que su padre tiene la necesidad de sujetarse a la barandilla para hacerle frente a una tos que asfixia. Vuelve a ponerse rojo de golpe.

Ella lo contempla impotente ante la situación.

—Estoy enfermo.

Tose.

Toma aliento, el suficiente para poder seguir hablando. Vuelve a recobrar su color natural de piel.

—Quiero que sepas que estaré instalado en uno de los apartamentos que hay al otro lado de la carretera, y solo depende de ti si quieres ir a verme. Te juro que no molestaré a tu madre. Piénsatelo, hija.

Martina se queda sin palabras. Tiene delante a su padre y ahora, más que miedo, siente pena de verlo enfermo.

—Te esperaré el tiempo que sea necesario. Entiendo que no me digas nada ahora.

—Debo irme, mamá me espera. Estará preocupada.

Santiago se aparta para dejarle paso. No aparta la mirada de su hija hasta que la pierde de vista. No sabe si será la última vez que la pueda ver.

El cielo ruge.

La lluvia comienza a caer.