Capítulo 31
N o es fácil levantarse cuando descubres que tu padre ha aceptado la granja a cambio de silencio.
Y él la ha aceptado como herencia para estar cerca de su madre.
¿Es tan culpable como su padre?, eso se pregunta.
No ha dejado de darle vueltas toda la noche.
Baja a la cocina. El estómago lo tiene tan cerrado, que aunque su madre haya dispuesto un desayuno en la mesa que nadie podría rechazar, no puede pegar bocado.
Encuentra sobre el mantel unos huevos rotos, acompañados de unas tostadas recién hechas junto a un trozo de mantequilla del pueblo, zumo de naranja recién exprimido y café caliente.
No sabe dónde puede estar su madre. La casa está en silencio, pero intuye que no debe andar lejos.
Se sirve un café. Se lo toma de pie. Al acabar, deja la taza en el fregadero y decide buscarla antes de marcharse.
Va al salón, a la habitación que tiene abajo con sus manualidades, nada.
Decide subir las escaleras para ir a su habitación y la encuentra en la cama.
—¿Estás bien, mamá?
—Claro, hijo. ¿Por qué no iba a estarlo? —se incorpora con agilidad.
—Porque he visto el desayuno preparado y tú no estabas en la cocina.
—Sabía que te levantarías en cuanto amaneciera y quería que tuvieras preparado algo para llevarte a la boca. Pero todavía es muy temprano para mí. Además, sin tu padre, no tengo prisa. Y tú te marchas a Pamplona.
—Descansa entonces, mamá.
—Desayuna, que sabes que después te rugen las tripas y te pones mal.
—No tengo hambre.
—Llévatelo para después.
—Está bien, lo haré —le dice Mikel para no dejarla preocupada y por no ser descortés con su madre tras haberse levantado expresamente para prepararlo.
Cargando con el desayuno, se pone la chaqueta después de despedir con un beso a su madre y sale por la puerta.
El silencio del callejón vuelve a desconcertarlo.
No ha caído en preguntarle a su madre por los gatos de los vecinos.
El aire sopla y los mechones comienzan a moverse sin ningún control.
Mikel agradece llevar recogido en una coleta gran parte de su cabello.
Si no fuera así, todo lo tendría en la cara.
Cruza el puente medieval para tomar la carretera que le llevará hasta Pamplona.
Las ruedas de su coche desaceleran al ver a Martina ataviada con una gran bufanda.
Apenas puede verle el rostro, pero su cabello pelirrojo no deja a lugar a dudas de que se trata de ella.
Espera junto a otros niños del pueblo. También reconoce a Melisa.
Se encuentran bajo la marquesina. Metros más atrás, el autobús aparece trazando la curva.
Mikel saluda con la mano. Ella también lo hace al verlo.
Melisa, que anda despistada, saluda demasiado tarde.
Mikel sigue su camino y un hombre encapuchado y con gafas de sol vigila desde el aparcamiento al otro lado.
El cigarro que sostiene en su mano derecha, ya amarillenta por las consecuencias del tabaco, roza unos labios secos para pegarle una gran calada.
No le ha dado ni tiempo a lavarse la cara con el agua de la fuente que tiene a su lado.
Pero aun así, ve con claridad que el autobús se pone en marcha hasta que lo pierde de vista.
No se encuentra a nadie en la calle ni en los exteriores del albergue. Mira el reloj; no se ha tomado ni un café, pero aún así se fuma un cigarro para después tirarlo al suelo.
Dentro, Graciela y Blanca preparan todo para recibir a José y Vicente.
Serán los primeros en llegar. Les encanta disfrutar de la hogaza que ponen recién hecha por la panadería del pueblo.
Lo toman junto a un queso de oveja o cabra suministrado por los Allué.
A veces también toman longaniza frita, pero eso lo dejan para cuando el trabajo requiere de más esfuerzo.
Afuera, el hombre con el pie apoyado en la pared decide irse con la música de su tos a otra parte.
Tiene los huesos helados y decide tomarse un café y un buen desayuno en la otra parte del pueblo.
Ha decidido instalarse en uno de los apartamentos de alquiler.
Hace poco que los hicieron y está lleno de turistas.
Cuando acabe de desayunar, está decidido a comprarse ropa en alguna tienda del pueblo vecino.
El olor que desprende le repugna y ya no lo soporta más.