Capítulo 30
E s de noche. Todos duermen, menos Martina. No puede conciliar el sueño. Se esconde bajo el nórdico, no sin antes comprobar que su madre sigue durmiendo. También duerme Brux bajo los pies de la cama. Martina se desliza suavemente para no despertarlo. Un maullido despertaría a su madre.
Bajo la almohada ha escondido el diario que encontró en la biblioteca, tras el incidente con su padre, para que su madre no lo encontrara.
Es una habitación pequeña. Comparten armario y lavabo.
No sabía que más tarde su escondrijo sería todo un acierto para poder curiosearlo sin tener que moverse de la cama.
Saca la mano sigilosamente para hacerse con el móvil que está sobre la mesita de noche.
Cuando está segura de tenerlo bien cogido, lo introduce bajo el nórdico.
Se tapa hasta arriba, conformando una cueva inesperada.
Enciende la linterna del móvil y abre el diario.
En la primera página hay escrito: Diario de una bruja . Una línea más abajo. Alizia Allué.
El corazón se le acelera.
Recuerda que Mikel la nombró mientras hablaba con Blanca y Graciela en el albergue.
Acaba de ser consciente de que entre sus manos tiene el diario de la chica que murió en la cueva.
¡No me lo puedo creer! Ni en mis mejores sueños hubiera imaginado que tendría esto en mi poder , piensa invadida por la emoción.
Comienzan a temblarle las manos antes de pasar a la siguiente página.
Un corazón pintado en color turquesa con el número dieciocho escrito dentro es lo primero que llama su atención.
De él sale una flecha: Ya soy mayor de edad.
Por fin podré hacer lo que me dé la gana.
Martina siente un pellizco dentro de la barriga al reconocer esas palabras.
A ún le quedan algunos años, pero la sensación de ser mayor no se la puede quitar de la cabeza.
Pasa a la siguiente página. Alizia escribe con la rapidez con que se llevó a su madre por delante un cáncer que le quitó la memoria en menos de tres meses, antes de marcharse de esta vida.
También narra de lo duro que fue el proceso de la enfermedad, de cuánto la quiso y la querrá aunque ya no esté a su lado.
Martina, con el corazón en un puño, rompe a llorar en silencio.
Cierra el diario.
Cree estar invadiendo la vida de Alizia sin haberle dado el permiso para hacerlo.
Se toma unos largos segundos con su mirada puesta en el diario.
Llega a la conclusión de que ella escribe sus diarios sabiendo que alguien puede saber de sus emociones y pensamientos y no es algo que le desagrade.
Al contrario, le gustaría que lo hicieran.
Así que, impulsivamente, vuelve a abrirlo dándose ese permiso.
Continúa leyendo pasajes felices entre su madre y Alizia.
Hay uno en el que se detiene. Cuenta que las dos iban a buscar flores cada mañana por la montaña tras el desayuno de los fines de semana.
Al llegar a casa, las ponían en el jarrón que había sobre la mesa del salón.
Al enfermar su madre, Alizia seguía yendo a la montaña a buscar flores, para ponerlas en el mismo jarrón, pero sobre la mesita donde descansaba Ideia.
Qué nombre más bonito. También iré a la montaña a descubrir esas flores, piensa.
Sigue leyendo.
Sus líneas hablan de su día a día y de su batalla entre los estudios y el cuidado de su madre.
Martina contiene el aire al darse cuenta de que hay días y días en los que Alizia deja de escribir.
Un escalofrío recorre todo su cuerpo. Sabe que el dolor de Alizia fue lo que interrumpió su escritura.
No puede evitar imaginarse qué haría si fuera su madre la que faltara.
Se le hace un nudo en la garganta tan solo pensarlo.
Tras coger aliento, decide pasar a la siguiente página.
Han pasado dos meses desde la última vez que Alizia escribió.
Se encuentra con una hoja llena de dibujos coloridos de flores y plantas con sus nombres.
A Martina le recuerda a su propio diario y pasa la mano por encima, deteniéndose en cada trazo, en cada textura, y cierra los ojos para después abrirlos.
En la siguiente página, Alizia recopila información sobre las brujas que murieron quemadas en el pueblo.
Le llama la atención el nombre de Guirandana de Lay como líder —no se la nombró Agustina— pero sí le mencionó lo del árbol.
Suspira al verlo dibujado. Siente la necesidad de acercarse para detenerse en los detalles de ese olmo.
Al pasar la página, lee con una pausa que hasta ahora había sido diferente.
Día de Todos los Santos, celebraremos un aquelarre para contactar con mi madre. Necesitamos:
Acónito: "Cuidado, si me paso, iré yo con ella antes de tiempo".
Artemisa: debo recogerla bajo la influencia de la luna para que los ojos vean las sombras en la oscuridad de la cueva.
Saúco: protege y comunica con el otro lado.
Flor de nieve: ofrenda para la montaña de Collarada.
Manteca de cerdo sin sal: la de la granja de Mikel es la mejor, aunque él no lo sepa.
Nueve habas negras. Una por cada una de nosotras.
Si una falla, el círculo se rompe. El ungüento no encontrará a mi madre si no llevo algo de su cuerpo, como un mechón de su pelo u otro objeto.
Tras leer y detenerse en cada dibujo, Martina no puede sentirse más identificada. Pero comienzan a vencerle los ojos de agotamiento, quedándose dormida bajo el nórdico.
En el otro extremo del pueblo, el pasado también despierta a Mikel.
Sale de la cama con la necesidad de dar respuesta a sus preguntas.
Tras vestirse, baja las escaleras de puntillas y se abre paso a las calles desiertas en plena madrugada.
Serán poco más de las tres y media y hace un frío que corta el aire.
Las farolas, la luna y el silencio lo acompañan hasta la granja.
No puede esperar hasta que amanezca. Necesita saber la fecha en que se firmó la escritura de la donación.
Debe marcharse a primera hora a Pamplona y, si no lo hace ahora, no podrá emprender el viaje tranquilo.
Al abrir la puerta, los animales advierten su presencia.
Algunos rumian, otros cacarean y otros, como los cerdos, siguen dormidos, ajenos a todo.
Entra al pajar y va directo a abrir el baúl.
No enciende luces, solo la linterna del móvil.
Aunque tras la muerte de su padre haya pasado a ser suya la propiedad, aún se siente un extraño y lo hace a hurtadillas.
Con las manos temblorosas sujeta las escrituras, no de frío, sino de inquietud.
Está en lo cierto, se firmaron en septiembre del 2001 y solo lo hizo Acher Allué.
Abandona la granja aturdido. Una sombra se alarga por la luna llena caminado a su lado.
Los pensamientos se agolpan dentro de su cabeza.
Ahora sabe que las fechas no eran solo una coincidencia.
Le gustaría poder arrancar el dolor que siente dentro con un grito, pero sabe que no puede hacerlo si no quiere despertar a los vecinos del pueblo.
Está convencido de que su padre tuvo que guardar un secreto lo suficientemente oscuro como para que la familia Allué le regalara la granja.
Algo cuyo peso no le dejó vivir tranquilo.
Primero la bebida para borrar el dolor, después las palizas a Mikel para aliviar la frustración.
Otro paso arrastrado. Algo le aprieta el pecho.
Posa sus manos sobre la fuente frente a la casa de Agustina, buscando recuperar el aliento.
No lo hace. Toma un poco de agua envenenada en sus manos, se la tira por el cuello y la cara.
Aunque está helada, no siente frío, siente un dolor punzante.
Tuviste que ver algo, papá… algo que no debía saberse. No eras un asesino… eso lo sé, pero esa cruz… esa maldita cruz… borró a Antón del mundo , piensa, caminando con los hombros caídos y mirando al suelo, temiendo caerse en cualquier momento.