Capítulo 29
L a luna llena preside la noche con una luz tan intensa que ilumina las calles de punta a punta del pueblo.
Mikel se detiene a mirarla caminando hacia su casa.
Su cabeza no para de pensar en que mañana deberá volver a Pamplona para resolver lo que tiene pendiente.
Desde primera hora deberá empaquetar sus enseres en varias cajas.
Ya ha avisado al casero y perderá los días que quedan de marzo.
No se lo ha tomado a mal. Le ha recordado que debe dejar todo lo que encontró como estaba.
Eso no le supone un problema. Lo difícil no es empaquetar sus cosas.
Lo difícil es dejar atrás a José, a Mónica y la vida tranquila que había conseguido construir.
Siente un pellizco en el estómago cuando llega a la puerta de casa.
Al entrar, deja las llaves en el cuenco de metal de la entrada.
El tintineo al chocar con otras llaves le hace mirar.
Se da cuenta de que son las de su padre.
Las coge y al mirarlas, recuerda que un día le contó la historia de la moneda que lleva colgada.
Era una moneda que su abuelo le regaló a su padre.
Fue un descubrimiento cuando hicieron los cimientos de la casa, era una moneda al parecer antigua.
Le hizo un agujero para que siempre la llevara encima.
«No la pierdas nunca, hijo, nos da suerte a la familia» —le dijo cuando se la dio.
Se le pone la piel de gallina al recordarlo.
Las vuelve a dejar en el cuenco y avanza por el pasillo.
Escucha las voces de su hermana y su madre en el salón.
Apenas hace unos minutos lo llamaron para que fuera a cenar a casa.
Ara había estado toda la tarde preparando su plato preferido, unas migas a la pastora que según sus hijos las prepara mejor que nadie.
Al entrar por la puerta, nota la alegría en los ojos de las dos al verlo. En cierta manera, se alegra de estar aquí. Hacía tiempo que no se sentía así y cree que podría acostumbrarse fácilmente a ello.
—¿No habrás estado trabajando hasta ahora en la granja? —le pregunta su madre conociéndolo—. Desde esta mañana que hemos enterrado a tu padre, no has aparecido por aquí ni a comer.
Mikel coge la silla por el respaldo y la retira para sentarse.
Ara e Izarbe ya están acomodadas. Su madre ha dispuesto en la mesa la vajilla de las celebraciones especiales.
Mikel, al verla, se pone a temblar al recordar la última cena del día de Todos los Santos antes de que ocurriera todo en la cueva.
Clava sus uñas en la madera y su madre, que no es tonta, no duda en levantarse de la silla y coger el plato para quitárselo.
Mikel frena la acción de Ara.
—Está bien, mamá. No hace falta que lo hagas. Debo aprender a dejar atrás el pasado si quiero vivir aquí.
Ara deja el plato de nuevo en el mantel y mira a su hijo, orgullosa del cambio que ha dado en su vida.
—Voy a buscar la cena, que estamos todos muertos de hambre, ¿verdad? —dice Ara con una gran sonrisa al ver que tiene a sus dos hijos en casa.
Agradece a Aitor que haya deshecho las heridas entre sus hijos antes de marcharse. No hay un solo momento que no se acuerde de él, pero el dolor será más llevadero teniendo a su hijo cerca; para ella ha sido como un regalo.
Mikel mira a Izarbe y se ríen. Ver a su madre así de animada les ayuda a asimilar que la vida de todos ha cambiado.
Ara trae la bandeja y la deja sobre la mesa. En el centro. Se dispone a servir las migas.
—Sí que te miman —dice Izarbe, sabedora de que su madre las iba a preparar. Ella también ha ayudado.
—Ya ves, me intenta llenar el buche para que no me marche de su lado. Ya conoces a mamá. —La mira complaciente.
Mikel pone al día a su madre y a su hermana de lo sucedido en el albergue.
Ninguna de las dos sabe de quién está hablando, pero se quedan absortas con la historia de Blanca y Martina.
Les da ternura y Ara desea conocerlas. Tras la consternación, comienzan a recordar memorables recuerdos de la infancia.
Según recuerda Ara, Izarbe y Mikel eran unos pequeños pillos.
Ella corría tras ellos cuando hacían alguna trastada, pero nunca les daba caza.
A Ara le brillan los ojos al recordarlo.
Por desgracia, también recuerda cuando la vida de la familia cambió cuando Aitor comenzó con la bebida. El aire dulce que se respiraba en casa se convirtió en agrio y asfixiante.
—Siento romper este momento, pero mañana debo volver a Laruns. Se me han agotado los días y debo continuar con las clases. Los niños no perdonan —les dice algo entristecida por no pasar más días con ellos.
Le encantaría seguir disfrutando de su hermano. Han pasado demasiado tiempo sin estar juntos y estos días están siendo duros, pero llenos de encuentros que dejan huella.
—Eres una granuja, me has convencido para quedarme y ahora te vas.
Mikel deja el tenedor en el plato. Ha acabado las migas y ha dejado el plato limpio.
—Vendré a veros tantas veces como pueda.
Además, debo presentarte a Joseph. Te caerá bien, es un buen hombre.
No hace falta que te diga que me puedes llamar cuando lo necesites.
—Mira a su madre—. No hace falta que te lo diga a ti también.
En serio, estoy a pocos kilómetros de aquí y puedo venir cuando sea.
—No te pongas boba. Me harás llorar —le dice Ara, viendo que el sueño de tenerlos juntos estos días se desvanecerá cuando su hija se marche.
—No te preocupes por nosotros, mamá andará atareada con sus cosas y a mí me toca ponerme al día en la granja. Así que no tendré tiempo de echarte de menos.
—Mira que eres borde. Eso no lo has cambiado.
Se ríen.
Ara se levanta para recoger la mesa. Izarbe y Mikel también lo hacen para ayudarla.
Izarbe y Mikel se levantan para ayudarla.
Los tres van a la cocina cargados de los platos y vasos para después dejarlos dentro del fregadero. Ara los fregará más tarde. Lo ha dejado claro nada más entrar por la puerta, sabiendo que, si no dice nada, lo harán sus hijos.
—Ha sobrado algo de bizcocho de manzana. Deberíamos acabarlo. Mañana ya estará tan duro y seco que lo tendré que tirar.
Ara coge unos platos pequeños y unas cucharillas del cajón que tiene a su derecha. Corta el bizcocho que queda en tres trozos sin darles opción ni a responder si quieren.
—Está bien, mamá. Mañana tendré que quemar todo lo que he cenado esta noche —le dice Izarbe, siempre preocupada por no pasarse de kilos.
—Si no quieres, ya me lo como yo. —Mikel se ríe al escuchar a su hermana con sus preocupaciones por mantener la línea—. Sí, estás estupenda.
—Trae para aquí. No me quites mi plato.
Izarbe le coge el plato a Mikel. Se lo había puesto junto al suyo.
—Será verdad que seguís como niños.
Al acabar el bizcocho, pasan un rato más juntos en el comedor.
Mikel ya está algo cansado y mañana tendrá que levantarse temprano, así que decide irse a la habitación a descansar. Se despide de las dos y sube las escaleras sin mirar la puerta que hay bajo ella.
Al entrar, lo primero que hace es ponerse el pijama.
Apoya la almohada en el respaldo de la cama para recostarse sobre ella.
No para de darle vueltas al plano y la llave que encontró en el pajar.
Ha preferido no traerlo a casa. Teme que su madre con lo maniática que es con la limpieza lo pueda descubrir.
Empieza a divagar: ¿Qué querías que fuera un adivino?
Tal vez querías morir guardando el secreto, sí, era eso, estoy seguro.
Los pensamientos de Mikel van y vienen intentando recordar lo que había en el plano.
Estoy seguro de que esa raya era una puerta, la gente que hace planos las hace así.
También había unos árboles en hilera que iban de punta a punta.
Y lo que parecía ser dos viviendas. Pero no ponías ni una sola palabra, piensa con los ojos cerrados, como si lo tuviera delante.
Está tan agotado que los ojos le vencen, transportándolo a un sueño poco profundo.
De golpe, los abre. Tiene la sensación de no haber dormido en toda la noche.
Se acomoda la almohada tras su espalda y coge el móvil.
Es como si su subconsciente le hubiera dado un indicio para buscar información.
Necesita saber cuándo se publicó la noticia que se hizo eco de la desaparición de Antón Allué.
Necesita dar respuesta a por qué su padre obtuvo la granja tras una donación.
Cree que ahí está el primer punto de partida.
Busca y encuentra una noticia de uno de los diarios más conocidos de la zona.
El primer titular habla de que Antón era considerado un hombre mujeriego por la palabra de los vecinos del pueblo.
Mikel recuerda haberlo escuchado en la boca de su madre y Agustina en alguna merienda en su casa.
Hablaban de que andaba con alguna francesa y que había perdido la cabeza por ella.
Sigue leyendo. Escriben de la familia y del premio que obtuvieron los dos hermanos en 2001 al mejor queso azul búnker.
Y también en negrita remarcan la huida con la francesa.
Abre los ojos cuando lee que ocurrió en junio del 2001.
Empieza a atar cabos y le recorre un escalofrío por todo el cuerpo.
Él tan solo tenía nueve años. Fue cuando empezó todo su calvario.
Las palizas de su padre comenzaron en el invierno de ese mismo año.
Lo recuerda por el frío de las paredes y el suelo de la bodega.
No tenía nada con que poder abrigarse y las noches eran agónicas.
El sonido de la llave de su padre girando en el candado de la bodega por la mañana era, irónicamente, su única melodía de libertad, porque sabía que su padre le abriría la puerta para poder ir al colegio y no despertar la curiosidad de nadie.
Aturdido, apaga el móvil dejándolo sobre la mesita de noche. Debe asegurarse de que la firma de la escritura coincida con la misma fecha y si solo estaba firmada por Acher Allué, si Antón no la firmó, quiere decir que él ya no estaba.