Donde duermen los secretos Capítulo 28
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Capítulo 28

L as lágrimas comienzan a brotar de los ojos de Martina al llegar a la habitación, como le había pedido su madre.

Se asoma a la ventana para mirar a través de ella y ya no ve a su padre.

A quienes ve es a su madre y a Mikel dirigiéndose hacia el albergue.

Se limpia la cara con las manos, eliminando cualquier rastro de dolor.

Sale a hurtadillas de la habitación, necesitando saber de lo que están hablando su madre y Mikel. Comprueba antes de cerrar la puerta de la habitación que Brux siga dentro. Alguna vez se ha escapado, como buen explorador que es.

Va hasta la escalera y baja el primer peldaño.

Cruje bajo sus pies y se detiene, conteniendo el aire dentro de sus pulmones.

Apoya sus manos sobre la barandilla de madera para poder comprobar que nadie la haya escuchado.

Mira, parece que Blanca, Graciela y Mikel no se han dado cuenta de su presencia.

Sigue bajando algunos peldaños hasta donde ella cree que puede escuchar la conversación cuando se sienten a tomar el café que ya huele en el ambiente. Siente que algún día a ella también le gustará cuando tenga la edad de probarlo.

Martina escucha el ruido de unas sillas moverse abajo, mientras se está sentando en uno de los escalones de madera y se agarra a la barandilla para poder acercar su cara para escucharlos mejor.

Está expectante a quién de ellos habla primero.

Están los tres sentados frente a los cafés que ha preparado Graciela.

Entretanto, Martina tamborilea los dedos como si fuera un piano.

—Blanca, ¿quién era ese hombre? —Graciela rompe el silencio; le corroe saber de quién se trataba—. Nunca lo había visto por aquí, ¿y vosotros?

Graciela espera la respuesta moviendo la pierna derecha, no siendo consciente de que lo hace.

Blanca se toma su tiempo antes de responder.

—Es mi exmarido.

Blanca comienza a sentir un temblor en las manos que la obliga a dejar la taza de café sobre la mesa y, cuando lo hace, rompe a llorar.

Martina, que está viendo a su madre rota desde la altura, no puede tampoco reprimir sus lágrimas y empieza a recordar que cuando tan solo tenía unos siete años, comenzó todo.

El héroe se convirtió en demonio cuando por primera vez vio golpear a su madre.

A la mañana siguiente, ella escondía sus moretones bajo el maquillaje.

Pero lo que más odiaba era ver que su padre se despedía de su madre con un beso. Se le estremece la piel al recordarlo.

Martina sale del trance al volver a escuchar a su madre.

—¿Cómo he podido ser tan tonta…? ¿Cómo no me he dado cuenta…? Nos ha seguido… no sé cómo ha podido pasar… —Los sollozos entrecortan sus palabras—. Pero no he visto su coche… y Martina… mi niña…

A Martina se le vuelve a romper el corazón. Y las lágrimas vuelven.

Graciela coge la mano de Blanca.

—No tienes la culpa.

—Pero ha asustado a Martina y, si no hubiera sido por Mikel…

Blanca no da crédito a lo que acaba de pasar ahí fuera.

—Menos mal que la escuché —dice Mikel, liberado al saber que llegó a tiempo. No sabe si Santiago hubiera sido capaz de hacerle algo.

—Gracias —le dice mirándolo.

—No es necesario.

—Estarás bien —añade Graciela—.

Blanca la mira y le dice:

—Eso espero. Pero la que me preocupa es Martina.

—Es muy joven todavía. Tendrá tiempo para sanar —le dice Graciela tomando un sorbo de café—. No te preocupes, ya lo verás. Ellos son fuertes. Por cierto. —Mira a Mikel—. Me han dicho que te quedas a cuidar de la granja.

—Te lo ha dicho Agustina —dice Mikel sin pensarlo.

—Ha sido un pajarito —se ríe Graciela.

Blanca consigue alargar sus labios, contagiada de la risa de ambos.

—Gracias a los dos. Es la primera vez que me he podido enfrentar a Santiago y no estoy dispuesta a seguir huyendo —dice intentándose convencer a sí misma tras tocar fondo—.

Debo darle una vida mejor a mi hija. Hasta ahora ha vivido con miedo, y no se lo merece.

—Blanca agarra con fuerza la taza caliente—.

—Esta vez será diferente —le dice Graciela conteniendo la emoción al verla tan rota. No puede evitar sentirse en su piel.

—Siento lo que sucedió en la carretera, Blanca.

A Mikel le invade la culpa al conocer su historia.

Blanca levanta la mirada hacia él.

—Eso ya está perdonado. Pareces una buena persona.

—Con el paso de los días te enterarás de que no todos piensan eso de mí.

—Mikel baja la mirada—. Hace un par de días escribieron la palabra «asesino» en la fachada de la casa de mis padres.

—Se toma unos segundos antes de seguir—.

El día que nos conocimos…, yo no quería volver a este pueblo…

Llevaba más de once años sin aparecer por aquí y la salud de mi padre me obligó a regresar.

—¿Cómo está tu padre? —pregunta Blanca.

—Ha sido enterrado esta misma mañana —añade Graciela, al ver que a Mikel le cuesta contestar—. Siento no haber podido ir.

—No te preocupes, lo entiendo.

—Yo estoy aquí lamentándome por mi vida y tú acabas de enterrar a tu padre.

Mikel da un último sorbo al café.

—No te preocupes. No me hablaba con él. Me duele… Pero llevaba demasiados años… y ahora… siento que he perdido el tiempo. —Dirige la mirada a Graciela. Sabe que ella tampoco está mucho mejor que ellos—. Siento lo que le pasó a tu marido. Me enteré por mi madre.

—Lo llevo como puedo, pero no fue justo que se fuera así. Apenas le quedaban unos pocos kilómetros para llegar a casa. Pero la vida decide por nosotros.

El sonido del timbre de la puerta avisa de que alguien entra. Todos se giran. El silencio pasa como una brisa por unos segundos.

—Hola, Eusebio —dice Graciela.

Blanca hace el ademán de levantarse para ocuparse del cliente y Graciela la frena.

Graciela se marcha a la barra; Mikel se ve en la necesidad de seguir contándole lo que sucedió en la cueva. Teme que otros se ocupen de contársela antes que él.

Martina, desde la escalera, aprieta con mucha más fuerza la barandilla al escuchar la historia de Alizia Allué. Quería invocar al diablo para traer el alma de su madre. Le despierta aún más la curiosidad por el pueblo y sus leyendas de brujas.

Tiene el pálpito de que Mikel no es ningún asesino. Ha visto su nobleza tras esa capa de hombre impenetrable.

Al escuchar hablar a Mikel de la granja y los animales, no duda en bajar las escaleras decidida.

—Yo quiero ir con él a la granja, mamá.

Mira a Mikel con los ojos llenos de ilusión.

—Si a Mikel le parece bien, a mí también —responde Blanca extrañada de la rapidez con la que su hija ha bajado las escaleras.

—Por supuesto, cuando quieras. Hay demasiados animales para una sola persona.

—¿Qué me he perdido? —pregunta Graciela regresando hacia ellos.

—Graciela, iré a la granja —dice Martina entusiasmada.

Todos miran al sonar la puerta.

Eusebio se ha marchado dejando una gran propina.