Donde duermen los secretos Capítulo 27
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Capítulo 27

C uatro colillas tiradas en el suelo siguen desde esta mañana en el mismo sitio, en la acera frente al albergue.

Agustina se encuentra indispuesta. Un dolor de barriga por pasarse con los dulces la ha dejado encamada sin poder cumplir sus cometidos: vigilancia y barrendera.

La cortina del balcón sigue echada y Martina se queda extrañada mirándola al salir de la biblioteca.

Piensa por un momento en acercarse a verla, pero lleva en la mochila lo que ha descubierto y siente unas ganas irrefrenables de llegar a su habitación para descubrir lo que esconde ese diario.

Así que pasa de largo; más tarde, si le da tiempo, irá a hacerle una visita.

Al girar la esquina, alguien encapuchado le coge la muñeca y no la suelta. Ella, asustada, deja caer la mochila al suelo para intentar defenderse. Pega sacudidas con su cuerpo varias veces pero no consigue liberarse.

—¡Suéltame! —consigue decir Martina.

Al individuo se le cae el cigarro de los labios encendido. Ella intenta mirarle la cara y cree reconocer la mandíbula.

Le tiembla el cuerpo.

Él decide quitarse las gafas de sol y la capucha que esconden su rostro.

Martina palidece al ver quién es.

—¿Qué haces aquí? —logra decir al recuperar el aliento—. ¡Suéltame o grito!

—Si lo hago, saldrás corriendo.

El hombre del Yaris sigue empeñado en no soltarla.

Y ella decide gritar. Tan fuerte, que el timbre de su voz rebota en las paredes de las casas del pueblo formando un embudo en dirección a los oídos de Mikel, que justamente está saliendo de la granja que se sitúa al final de la calle.

No duda en ponerse a correr para poder socorrer a la persona que pide ayuda.

—¡Socorro! —vuelve a decir Martina.

El del Yaris le tapa la boca.

Mikel aprieta el paso utilizando sus piernas fuertes y sedientas de dar caza al hombre, que Agustina ya le había advertido.

Cree que se trata de él. Mikel lo ve a lo lejos, igual que ve a Martina que no puede escaparse de las manos de su agresor.

Mikel llega por la espalda del hombre que tiene inmovilizada a Martina.

El hombre se gira y suelta los dedos, dejando libre la muñeca de la niña.

El individuo se pone en guardia y Mikel está dispuesto a defender a Martina.

El primero en soltar un puñetazo es el agresor, pero Mikel no duda en responderle de la misma manera cuando lo esquiva.

Sus nudillos se clavan en el pómulo del hombre que da unos pasos hacia atrás del golpe.

No se da por vencido y vuelve a la posición con los puños en alto.

Mikel mira cómo un reguero de sangre cae de la nariz del hombre.

—Papá, ¿estás bien? —consigue decir Martina entre sollozos.

—¡Tu padre! —dice Mikel desconcertado—. Lo siento, no sabía que…

—¡¿Tienes una orden de alejamiento?! —grita Blanca saliendo por la puerta del albergue con el pulso del corazón instalado en el pecho al ver a su hija y a su exmarido.

Graciela le sigue los pasos y se para bajo el umbral del albergue contemplando la escena a lo lejos.

—No puedes distanciarme de ella —le dice el hombre del Yaris, Santiago, exmarido de Blanca y padre de Martina.

—Claro que puedo. Lo dictó un juez. —Blanca mira fijamente a su hija—. Martina, vete al albergue y métete en la habitación.

Martina, con los ojos llenos de lágrimas y de miedo, le dice:

—Deja a mamá. Déjala en paz.

Martina coge la mochila y sale corriendo llena de rabia.

—No te vayas. Soy tu padre. He venido a verte —grita Santiago al ver que su hija toma distancia.

Martina que lo escucha se detiene y se gira.

—Martina, vete, hija, te lo pido, por favor.

Martina hace caso a su madre renegando de su padre.

Blanca, cuando se asegura de que su hija cruza el umbral de la puerta, mira a Santiago como nunca antes lo había mirado. Sin miedo.

—Como no te vayas, llamaré a la policía. No estoy dispuesta a seguir huyendo, Santiago. Te juro que llamaré. Y si debes ir a la cárcel por ello, me dará igual que seas su padre.

Santiago la mira de esa forma impasible, chulesca y desafiante con la que siempre la ha castigado desde que ella decidió separarse de él.

La ha mantenido dentro de una pecera por muchos años, sin oxígeno, pero harta de las palizas y los ojos de miedo de su hija, un día decidió salir de ella para poder respirar.

—¿No la has escuchado o estás sordo? —Mikel saca el móvil, con el dedo sobre la pantalla, dispuesto a marcar el teléfono de la policía.

Sabe seguro que tardarán más tiempo del que disponen.

—Tú no te metas. —Lo mira desafiante.

—Yo de ti no lo haría —le dice Mikel con la vena del cuello hinchada.

—¿El qué?

—Mirarme así.

Santiago gira la mirada hacia Blanca, ignorándolo.

—¿Este es tu nuevo ligue?

—Márchate ya o llamará a la policía —le dice angustiada, pero decidida a hacer lo que sea por no volverse a ver arrastrada ni a ella ni a su hija. Está harta—. Esta vez va en serio. Estoy cansada de que no nos dejes vivir tranquilas.

Santiago siente en la mirada de Blanca algo distinto. El miedo se ha desvanecido para dar paso a una seguridad a la que no está acostumbrado.

—Está bien, me marcho. Pero nunca dormirás tranquila.

—¿Es una amenaza? —le pregunta Blanca con un pellizco en el estómago, invadida por el miedo.

—Solo digo que estaré cerca.

Mikel se pone frente a él, interponiéndose entre él y ella.

—Más te vale que no sea así. Este es un pueblo pequeño.

Todos nos conocemos y, por lo que parece, no vas a ser bienvenido.

Yo de ti pondría cientos de kilómetros de distancia entre ellas.

Aquí no se perdona que se les trate mal a las mujeres.

Puede ser que el que no duerma tranquilo seas tú. —Acaba diciendo Mikel.

—¿Me estás amenazando?

—Sí. Vete lejos. Y no vuelvas por aquí.

Santiago se enciende un cigarrillo que saca del paquete que lleva en el bolsillo y pega una calada. Ataviado con sus zapatillas llamativas, tose y sonríe. Se da media vuelta apretando los dientes. El olor nauseabundo a tabaco rancio que emana de su cuerpo se queda suspendido en el aire.

Blanca expira el aliento contenido al comprobar que se aleja.

—Gracias. No podré agradecerte nunca lo que acabas de hacer. No tenías por qué y… —Blanca se derrumba tras la tensión.

—Tranquila, todo ha pasado. Y lo que he dicho es cierto. Este pueblo lo tendrá vigilado si vuelve. No te preocupes.

—¿Te puedo invitar a tomar un café? Es lo menos que puedo hacer tras lo que ha pasado.