Donde duermen los secretos Capítulo 26
39%

Capítulo 26

E l hombre del Yaris abre los ojos, molesto.

La luz anaranjada del atardecer se ha colado como una intrusa en el coche, interrumpiendo su siesta.

Se restriega los párpados con fuerza. Una tos seca lo sacude de golpe en cuanto tira de la palanca para enderezar el respaldo del asiento.

Tose y sonríe. Al hacerlo, comprueba que nadie lo mira.

No ha movido el coche del sitio hace ya varios días y sigue acompañado de las mismas caravanas.

Decide abrir la puerta para bajar y estirar las piernas.

Las siente entumecidas. Avanza hasta la fuente que se ha convertido en un recurso necesario para su higiene personal.

Aprieta los dientes al sentir el agua helada caer sobre sus manos y la cara.

Se seca los restos de agua restregándose la cara con las mangas de la chaqueta.

Chasquea la lengua al escuchar el portón de la autocaravana de la derecha: un hombre de unos treinta y tantos años acaba de bajar.

—¿Qué tal?, ¿cómo va el día? —le dice el hombre, intentando ser amable. Lleva días viéndolo dormir en el coche.

El hombre del Yaris lo mira impasible, chulesco y desafiante.

—No quería molestarle —se disculpa el turista, retrocediendo un paso—. Solo... quería ofrecerle mi caravana por si le apetecía asearse.

El buen hombre decide volver a subir al vehículo. No se fía al ver la reacción del individuo que tiene enfrente. Comprende que acaba de cometer uno de los peores errores de su vida; los nervios y la compasión le han traicionado.

El hombre del Yaris se coloca la capucha y después saca el paquete de cigarros rubios que guarda dentro del bolsillo de su chaqueta y se coloca uno en la boca.

Lo enciende con su mechero metálico con las siglas de su nombre y apellido grabados.

Emprende su camino dejando al hombre amable petrificado y asustado.

El turista respira aliviado al ver que toma distancia.

El encapuchado se gira de golpe y ambos cruzan de nuevo sus miradas.

El del Yaris le demuestra su desafío antes de colocarse las gafas de sol.

El de la caravana decide poner en marcha el motor y salir de allí cuanto antes.

No está dispuesto a poner en peligro a la familia que lleva a bordo.

El encapuchado, desde la acera, se ríe a carcajadas mientras ve cómo el vehículo toma distancia hasta que lo pierde de vista. Retoma su objetivo, disfrutando de su agradable momento cada vez que el humo entra dentro de sus pulmones.