Capítulo 25
D esde que Martina ha puesto un pie fuera de la cama esta mañana, no ha parado de imaginarse cómo sería su primer día de instituto.
Se ha vestido con sus mejores galas. Un jersey de lana, con franjas horizontales que se alternan entre el verde, el naranja y el rosa, que son sus colores favoritos.
De puños grandes. Lleva también una falda de pliegues marrón y ha combinado calentadores y botas a juego.
Tras una larga jornada entre libros y apuntes, vuelve al albergue para comer junto a su madre. Sentadas en la mesa con un plato de huevos revueltos que ha preparado Graciela y con el que Martina ha soñado todo el día, empieza a contarle a su madre su larga y dura jornada de trabajo.
A Martina le cuesta no atropellarse a sí misma comiendo y hablando a la vez.
—En serio, mamá, ya he conocido a la recepcionista, que tiene una hija de mi edad y va al mismo instituto. También a Estíbaliz y Mara. Van a mi clase y viven en el pueblo. Me han dicho que me enseñarán cada rincón. Ah, y hay un chico guapísimo en mi clase, pero lo tengo en cuarentena.
Blanca suelta una carcajada mientras pincha un trozo de huevo revuelto.
—¿En cuarentena ya el primer día?
—Por si acaso —bromea Martina—. Pero, mamá, con lo que vas a alucinar de verdad es con lo que pasó en la clase de Lengua.
El profesor es muy aburrido y, de repente, los móviles han comenzado a sonar y él seguía entusiasmado hablándonos del sujeto y el predicado.
La compañera que estaba sentada a mi lado, abrió la pantalla del teléfono y al mirarla he visto al profesor convertido en gato.
Maullaba y bailaba. ¿Te lo puedes creer?
Blanca y Martina comienzan a reírse cómplices bajo el silencio de un comedor ya vacío.
—En serio, mamá. Tendrías que haber estado allí. Todos riéndose y el profesor seguía a lo suyo sin darse cuenta de nada.
—Para, para. Voy a llorar de la risa —le dice Blanca, teniendo que dejar el tenedor sobre el plato de la flojera que le entra.
Graciela, al escucharlas desde lejos, sale de la cocina y, parada tras la barra, las observa, gustosa de haber tenido la oportunidad de conocerlas. Le han dado la vida y apenas sabe de sus vidas.
—Me voy, mamá —le dice Martina levantándose de la mesa.
—¿Dónde vas?
—A la biblioteca. Tengo que acabar unos trabajos y quiero coger algún libro.
—Está bien, cariño. —Blanca se levanta junto a ella y le da un beso en la frente.
Martina tira de la puerta con su mochila pesada a cuestas y el frío la azota, obligándola a cerrar la chaqueta.
Pensaba que en tan poca distancia no le haría falta, pero estaba equivocada.
Camina y pone la atención en la casa de Agustina.
Al no verla en la puerta —como de costumbre—, mira a la ventana y se da cuenta de que la cortina está echada.
Siente un cosquilleo al empujar la puerta de la biblioteca.
El olor a libro viejo le golpea con un aroma a vainilla que le recuerda la primera vez que entró en la biblioteca de Queralbs.
Da los primeros pasos y la calidez del lugar la hace sonreír por dentro.
La bibliotecaria, algo mayor y provista de gafas que cuelgan sobre la nariz, no duda en darle toda la información necesaria para que no sea la última vez que vaya.
Martina atiende entusiasmada al escucharla hablar de los años que pesan tras esas paredes, estanterías y libros.
Le cuenta que muchos son centenarios, se los enseña y le informa de que, aunque quisiera llevárselos prestados para leer en casa, no podría.
Son exclusivos y solo pueden ser leídos allí.
Entran a una sala en la que se respira a tinta y pegamento.
El sol entra a raudales a través de grandes ventanales que dejan ver que la estancia está llena de estanterías repletas de libros.
Hay varias mesas de madera dispuestas, conformando un rectángulo grande.
Lámparas antiguas sobre ellas y sillas. Un sueño hecho realidad para cualquiera como Martina.
Está emocionada por comenzar a descubrir las páginas que esconden cada lomo grande o pequeño que hay.
No pierde el tiempo y deja rápidamente la mochila —ante los ojos de la mujer que permanece quieta— sobre la mesa que ha escogido.
Se sitúa pegada a la pared y frente al ventanal.
Cree que desde ahí podrá controlar todo.
La bibliotecaria le deja las normas claras antes de dejarla sola con mucha amabilidad y se pone a fisgonear las once baldas de madera que se distribuyen en veintiuna estanterías.
Después de varias horas, acaba frente a la que esperaba encontrar desde que puso el primer pie dentro.
Los libros de fantasía. En cierta manera, sabía que, aunque quisiera evitarlo al menos el primer día, no podría hacerlo.
Coge varios libros que le llaman la atención y se los lleva a la mesa.
Encuentra en ellos alguna información de antaño hablando de que las brujas eran las antiguas curanderas que remediaban los males con sus brebajes de hierbas.
En cierta manera, es algo que no la confunde porque no es la primera vez que lo lee y escucha.
Se aburre y de nuevo va hasta la estantería donde los ha cogido y los deja en su sitio.
Sigue mirando, esperando encontrar alguno que le llame la atención y pueda disfrutarlo estos días en casa.
Uno con el lomo verde oscuro y con un grabado dorado le suscita interés.
Está en la última estantería. Tiene gran altura.
Mira hacia los lados, piensa que debe haber algo con lo que poder subirse.
En la sala no hay nadie más. Curiosea de un lado a otro y junto a la chimenea hay un taburete de madera.
Lo coge y lo lleva hasta la estantería. Sube con cuidado y alarga su brazo.
Con dificultad tiene que estirar los dedos todo lo que puede.
Tira del libro poco a poco y, cuando parece tenerlo asegurado, cae al suelo de madera que consigue amortiguar un sonido seco y estrepitoso.
Contiene el aire por unos instantes. Teme que la bibliotecaria ande cerca y la haya escuchado, aunque esté en la otra punta.
Decide bajarse rápido del taburete y, al hacerlo, se da cuenta de que el libro escondía un diario dentro.
Lo coge del suelo y lo lleva hasta la mesa.
Espera unos minutos intensos, fingiendo estudiar.
Saca su estuche y el libro de historia. Duda en si abrir el diario encontrado, pero teme ser descubierta.
Unos rayos entran con mucha más fuerza y llaman su completa atención.
Cuando persigue el halo de luz que se desplaza por la estancia, algo brilla.
Vuelve a mirar. No está segura. Decide levantarse para comprobar si lo que ha visto ha sido un reflejo o realmente se trata de algo.
Crujen algunas lamas de madera al caminar y se detiene.
Contiene la respiración al creer escuchar a alguien.
Al advertir que sigue sola, continúa y se agacha para mirar bajo la mesa.
Encuentra una llave. Nerviosa, la aprieta contra la palma y cierra el puño, sintiendo el frío relieve del metal contra su piel.
Sin perder un segundo, desliza el libro y la llave en el fondo de la mochila.