Donde duermen los secretos Capítulo 24
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Capítulo 24

N ada más entrar en casa, Mikel siente que debe salir cuanto antes en dirección a la granja para contestar todas las preguntas que le rondan por la cabeza. No duda en despedirse de Ara e Izarbe desde el pasillo para no perder ni un minuto. El ruido de la puerta se escucha al cerrarse como un eco.

Al llegar a la plaza, se encuentra con Agustina aún vestida de luto. No la esquiva aunque lleve prisa. Sabe que no puede hacerlo.

—Mikel, ha sido una misa bonita. Tu padre, allí donde esté, seguro que ahora descansará. Debes cuidar de tu madre —le dice al bajar el escalón de su casa para acercarse a él.

Mikel sospecha que Agustina ya estaba al tanto de las preocupaciones de su madre el día que faltara su padre.

—Lo haré, Agustina, no te preocupes. —Advierte la presencia de un hombre con capucha que pasa por la acera contraria y se lo queda mirando, apreciando las zapatillas deportivas que lleva.

—Ese hombre no es la primera vez que lo veo por aquí merodeando y no es del pueblo. Algo estará tramando. Se planta ahí mismo, junto a la pared del albergue, como si estuviera vigilando. Fuma unos cigarrillos rubios que luego tira al suelo. ¡Será guarro el tío! Cada mañana me toca barrerlos.

—Y dices que no es alguien de por aquí. Podría ser un turista. En estas fechas todavía quedan esquiadores.

—No tiene pinta ni de turista ni de esquiador —le dice Agustina tremendamente segura—.

—Desde hace un par de días hace siempre lo mismo.

Viene, se apoya contra la pared, escondido bajo la capucha.

Espera que pase el tiempo. Diez minutos cada vez que lo hace.

Varias veces al día. En horarios distintos—.

Agustina se esfuerza por darle algún detalle más a Mikel y se queda pensativa—.

Ah, sí, y no se ha cambiado ni un solo día la ropa.

Podrías pasar junto a él con disimulo para ver si le ves algo raro.

Mikel, con la mosca detrás de la oreja al relacionar que Blanca y Martina llegaron al pueblo apenas hace dos días y alertado por la vigilancia que describe Agustina, decide hacerle caso.

—Me voy por el albergue hasta la granja, echaré un vistazo. No te preocupes.

—Gracias, hijo, así me quedo más tranquila. Se lo dije a José cuando lo vi, pero anda muy liado en otras cosas.

—¡José! Era el vigilante del pueblo. Recuerdo que nos regañaba aunque no hiciéramos nada al grupo y a mí.

—Es un buen hombre. Solo intentaba poner orden. Que sepas que aún no ha perdido la costumbre con los más jóvenes del pueblo. Anda, no te entretengo más, que debes ponerte al día cuanto antes con la granja. Tu padre hacía tiempo que no iba y tu madre ha ido haciendo lo que ha podido.

Mikel asiente con la cabeza y se despide. Toma distancia de Agustina, pero sabe que no le quitará el ojo de encima hasta que compruebe que pasa por delante del individuo que le ha dicho.

Mikel va directo a su encuentro. Gira la esquina y lo ve apoyado en la pared, como le había advertido Agustina.

Mikel ve rodar una colilla encendida, que rebota en el bordillo dejando un rastro de chispas antes de morir en el asfalto.

El individuo ni se inmuta; mantiene la vista clavada en el albergue.

Al pasar por delante, intenta buscar su mirada, pero lo que encuentra son unas gafas de sol de pasta negra y una capucha que tapa su rostro.

Mikel cruza de acera con el puño cerrado.

Lo deja atrás con la mosca detrás de la oreja mientras continúa su camino.

Se dice a sí mismo que, al volver, comprobará si sigue en el mismo sitio.

Frente a la granja, saca las llaves del bolsillo de la chaqueta y parecen echar fuego en sus manos. Al cruzar la puerta, contiene la respiración.

—¿Dónde, papá? ¿Dónde debo buscar? —dice Mikel, parado frente al pajar como si fuera a responderle.

Al cruzar el portón, le extraña encontrarse con que una de las hojas está entornada.

No recuerda haberla dejado así cuando estuvo con su hermana.

Un aroma seco y limpio, con un sutil matiz dulce, lo inunda por completo.

Hacía años que no lo respiraba. Según le decía su padre: Todo el heno no es igual, Mikel.

Este es de los buenos. Al mirar los montones que se almacenan en altura, recuerda que se tiraba desde arriba sobre ellos para después quedarse tumbado mirando el techo.

Cada vez que lo hacía, su padre le regañaba porque ponía el suelo perdido.

Los rayos de sol disparan ráfagas de luz entre las pequeñas rendijas de madera que tiene al frente.

Señalan la mesa de madera algo desgastada que se encuentra a su derecha.

Se acerca y sostiene en su mano la taza de su padre, se detiene a mirar el poso de café ya seco del paso de los días que hay en el fondo.

La deja de nuevo en el mismo sitio y mira un baúl que está bajo la ventana.

—¡Claro! —Se agacha para abrirlo.

Lo primero que encuentra es un mono gris doblado de trabajo; reconoce que es uno de los que se ponía su padre.

Lo coge entre sus manos y lo lleva hasta su pecho.

Lo huele. Un olor a tela quemada por el sol le invade y lo deposita a un lado.

Saca también un jersey y una manta gruesa doblada en tonos arenosos, que recuerda que su padre se la ponía encima cuando tenía frío.

Al desplegarla para ponérsela encima, añorando el momento, un cuaderno de cuero anudado y un sobre lacrado caen al suelo, levantando el polvo que se dispersa bajo la luz del día.

Lo aparta a su lado para después. Sigue rebuscando dentro del baúl y encuentra unas latas de conserva ya caducadas.

Lo que no esperaba era encontrarse con una foto con su padre cuando aún era pequeño.

Sosteniéndola en la mano, quiere hacer memoria de que tendría no más de siete años.

Estaban junto a las ovejas, pero no recuerda quién pudo hacerles la foto.

Su madre no cree que fuera, no le gustaba andar con la tecnología y su hermana era aún más pequeña que él.

Contempla que llevaba un mono azul, unos calcetines que le llegaban hasta las rodillas y una chaqueta de borrego que parecía tres tallas más grande de la que necesitaba.

Emocionado, la deja también en el pavimento de cemento.

Al no ver nada más dentro, decide coger el cuaderno.

Lo abre y empieza a pasar páginas, comprendiendo que no debe ser el secreto guardado de su padre.

Son solo apuntes de los ingresos y gastos que comporta la granja.

Desilusionado, lo deja y coge el sobre que lo sostiene, sintiendo que podría estar dentro lo que busca.

Cuando está a punto de ver lo que esconde, escucha un ruido que proviene de las vigas de madera que se ciernen sobre él y las mira.

Ve una cola de un roedor que se esconde correteando sobre ellas.

Vuelve a bajar la mirada para saber cuanto antes qué hay dentro del sobre y, cuando lo hace, saca unos documentos que están doblados por la mitad.

El papel tiene un ligero color amarillento.

Los desdobla y comienza a leer. Contiene el aire al descubrir que la granja no fue comprada a los Allué como su padre siempre había contado. Fue una donación.

—¿Este era tu secreto? ¿Que los Allué te la habían donado? —Se pone en pie, no entendiendo nada—. ¿Me has tomado el pelo?

Mete los documentos de nuevo en el sobre, contrariado.

Deja todo como estaba y sale a tomar el aire que le falta.

Mira al cielo. Tras unos momentos de confusión, decide dar de comer a los animales.

Comienza por las vacas. Son las que más lejos están.

Mientras les llena los comederos, no para de darle vueltas a las palabras de su padre en el hospital.

Sigue con los patos, después las ovejas.

Junto a ellas están las cabras, de las que también se ocupa, y, por último, recoge los huevos en una cesta de mimbre que han puesto las gallinas.

Integrándose con los animales y abstraído con ellos, se anima a ordeñar una cabra.

No recuerda la última vez que tomó leche fresca.

Más tarde limpiará el cercado de los cerdos.

Ahora necesita un buen vaso de leche caliente.

Entra a la casa y de nuevo siente un latigazo al ver lo que hizo su padre para que volviera.

Deja los huevos sobre la encimera y el cuenco que ha ordeñado.

Investiga lo que hay dentro de los armarios y descubre que hay un arsenal de menaje dispuesto por todos y cada uno de ellos.

Alcanza un cazo y lo pone encima del fuego que acaba de encender con el mechero que parece una pequeña pistola.

Coge el cuenco y vierte el líquido blanco que cae espeso.

Mientras se calienta, de nuevo los documentos que acaba de ver le vienen a la cabeza.

Cae en la cuenta de que en los papeles solo rezaba el nombre de Acher Allué y no el de los dos hermanos.

Siempre había escuchado que la granja pertenecía a la familia.

La leche comienza a hervir y, corriendo, apaga el fuego y la vierte en un vaso de cristal que tiene sobre el armario de la fregadera.

Lo sostiene con la punta de los dedos para no quemarse y se lo lleva hasta el sofá para dejarlo sobre la mesa de centro que tiene enfrente.

Mira hacia la chimenea y, como si se le hubiera encendido una bombilla en la cabeza, se levanta del sofá y va rápidamente hasta ella.

Se arrodilla sobre la alfombra y mira dentro del agujero que se alza hasta el techo de la casa.

Mira por todos los recovecos pensando que ahí podría estar guardado el secreto que le dijo su padre.

No ve nada y no duda en mancharse de tizne los dedos tocando cada rincón que tiene dentro.

No se da por vencido y enciende la linterna del móvil, pero desilusionado al no encontrar ni una sola pista, se vuelve al sofá para tomarse el vaso de leche caliente que se ha preparado.

Le pega un trago y, al pasar por su garganta, le hace recordar lo buena que estaba y todo el tiempo que ha estado sin probar una igual.

Tira hacia atrás su cabeza, dejándola caer sobre el respaldo, y mira a las vigas de madera que su padre parece haber tratado.

Recuerda el roedor del pajar y mira por si encuentra alguno dentro de la casa.

Recuerda que él hacía igual que el ratón.

Andaba como un mono colgado en las maderas sin temor a caerse porque la paja amortiguaría la caída.

—Sería un buen escondite —dice al hacer memoria de ver a su padre rondar alguna vez comprobando las vigas del pajar.

Se levanta del sofá como un resorte y sale corriendo.

Sube por las escaleras de madera que conducen hasta el piso de arriba, que también está lleno de heno hasta el techo.

La luz entra de lado atravesando los tablones de la pequeña ventana que tiene al frente.

Le ciega y cierra los ojos por unos instantes hasta que se puede apartar cuando llega arriba.

Al buscar al roedor percibe el polvo que se suspende sobre el aire y lo mira por unos segundos antes de subirse a las vigas.

Se aferra a la viga y se desliza por ella lentamente, mira a todos los lados, al girar en una ve una sombra junto a la esquina, sospecha y decide ir hasta ella.

A poco de llegar a su objetivo, siente como algo corretea sobre su cabeza y contiene la respiración por unos largos segundos hasta que mira como el roedor se pierde entre los tablones que cruzan hasta la otra punta del techo.

Sigue su camino y se topa con una lata de galletas oxidada y llena de polvo.

La coge con una de sus manos y la deja caer sobre el heno para no perder el equilibrio.

Baja con cuidado de la viga donde está sujeto y se sienta junto a la caja que ha encontrado.

La abre con el pulso de su corazón en la boca.

Encuentra una llave que parece tener una pequeña muesca.

La deja a un lado y decide abrir una bolsa de plástico que había también dentro.

Saca un papel doblado, amarillento y con un olor a pasto que le echa para atrás.

Lo desdobla acelerado por los nervios y ve un pequeño plano dibujado con tinta azul.

Hay dibujadas lo que parecen dos casas, locales o cualquier cosa que su padre imaginara que era un cuadrado.

Una hilera de árboles. Una cruz en medio con una cierta distancia.

Se detiene en la cruz. Está marcada con indecisión.

—No me jodas. ¿Cómo quieres que sepa dónde es este lugar si no pones absolutamente nada, papá?