Donde duermen los secretos Capítulo 23
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Capítulo 23

«Aitor era un buen hombre, aunque a veces le perdía la bebida, pero a Ara la quería mucho», dice una de las vecinas en un corrillo antes de entrar en la iglesia.

Izarbe contiene el llanto con cada palabra bonita que dedica a su padre en la misa que se está celebrando en la iglesia del pueblo.

Los vecinos se han acercado a dar el último adiós a Aitor antes de que sea enterrado.

Era su voluntad. Mikel coge de la mano a su madre cuando ella no puede controlar la emoción al escuchar las palabras de su hija.

—Mikel también te quería, al igual que nosotras —Izarbe dobla con las manos temblorosas la carta que le había escrito para este día a su padre y la guarda dentro del bolsillo de la chaqueta.

Baja las escaleras invadida por la emoción.

Su hermano la mira y le regala una sonrisa.

Después se detiene a mirar el féretro de su padre.

Siente que ha perdido todo este tiempo y que los dos no han sabido apreciarlo.

Contiene el aliento por unos segundos y baja la mirada al suelo, no queriendo demostrar su tristeza.

Al acabar la misa, Mikel siente que las miradas de los allí presentes le acechan por la espalda. Su madre, Izarbe y él comienzan a cruzar un túnel de condolencias y, cuando consiguen salir tras unos minutos intensos, el aire se corta; los Allué los esperan.

Acher decide coger del brazo a Ara y apartarla para mostrarle su pesar.

Mikel, que no tiene escapatoria, se para frente a Lizer e Ixeia Galván.

La chica que durante años había sido uno de sus recuerdos más difíciles de borrar.

Lo ocurrido con Alizia había enterrado cualquier posibilidad con ella, dejando el camino libre a Lizer.

Al verlos juntos, siente un pinchazo incómodo, cree que le arrebataron cualquier oportunidad de ser feliz con ella.

—Hola, Mikel. ¡Cuánto tiempo sin verte! —le saluda Lizer, mirándolo fijamente a los ojos—. Te acompaño en el sentimiento. —Le ofrece su mano.

—Gracias —Mikel se la estrecha y la imagen de Alizia le viene de golpe.

—No sabía que habías vuelto por el pueblo —le dice Lizer, mintiendo. En el pueblo ya había corrido la voz de su vuelta.

—Llegué ayer —contesta seguro de que lo sabía.

—Tu padre ya andaba enfermo hace tiempo, pobre. Ahora descansa. Se decía que no os hablabais.

—Era cierto.

—Imagínate, dudaba incluso de que fueras a venir el día de su entierro.

—Por suerte, me he podido despedir de él. Nunca es tarde.

Lizer agarra la mano de Ixeia y mira a Mikel, soltando una sonrisa impostada. Tal vez sea por los años sin verse y no le sale de forma natural, tal vez le ha removido tenerlo frente a él después de lo de Alizia. Pero, aun así, finge y se atreve a decirle:

—Nos gustaría que vinieras a cenar a casa antes de marcharte de nuevo, ¿verdad que sí, Ixeia? —aprieta la mano de ella para que le siga el juego.

—Desde luego —contesta Ixeia, tragando saliva.

—Os lo agradezco, pero no creo que pueda.

—¿Cómo que no puedes? Vienes y punto. Debemos recordar los viejos tiempos. Llevas, ¿cuánto?, unos once o doce años sin aparecer por aquí y no vas a compartir una cena con el que fue tu amigo —le insiste Lizer—. Además, tienes que conocer a nuestra hija Melisa.

Melisa se gira cuando escucha a su padre nombrarla.

—Mel, papá. Soy Mel.

—Encantado, Mel —le contesta Mikel. Al mirarla, se queda mirando extrañamente sus ojos: oscuros, casi negros, y penetrantes. Se queda prendado de su alegre sonrisa y sus mejillas rosadas.

—No sabía que estabas aquí —le dice Lizer a su hija.

—Hemos venido juntos, papá.

—Pensaba que te habías ido con tus amigas. Anda, ven aquí —la coge y la estrecha contra su cuerpo.

—Solo tengo nueve años, ¿dónde querías que fuera? No me dejas ir ni a la esquina sola.

—Mira que es graciosa mi hija. En serio, anímate. Estamos en el catorce de la calle de detrás de mis padres. Te esperamos mañana a las nueve, no nos dejes colgados.

—Me alegro de verte, Izarbe —le dice Mikel amablemente.

—Yo también —le contesta ella con una sonrisa.

El aire deja de asfixiar cuando Lizer, Ixeia y Melisa salen del recinto de la iglesia. Mikel no entiende lo que acaba de suceder. Llevaba tanto tiempo sin ver a Lizer que lo que menos esperaba era recibir una invitación a su casa. Deja caer los hombros tras la tensión.

—Mamá, no me habías contado que ellos dos estaban juntos, y menos que tenían una niña —dice Mikel camino a casa.

—No querías saber nada de los del pueblo —Ara camina sujetando el brazo de su hijo. Está agotada.

—Es cierto.

—¿Vas a ir? —pregunta Izarbe, curiosa por lo que va a hacer su hermano—. A lo mejor os vendría bien hablar. ¿O ya has tomado una decisión?

Mikel mira al suelo. Después alza la vista hacia su madre al notar que lo observa.

—Sí, hijo, ¿ya has tomado una decisión? —Ara deja ir una exhalación profunda.

—Me pedís que cambie mi vida y deje todo lo que he construido en Pamplona.

—¿A quién quieres engañar, Mikel? Allí no tienes a nadie. Vives de alquiler y, por lo que me cuenta mamá, no vas sobrado de dinero, que digamos. Nos tendrías a nosotras. ¿No te basta con eso?

—Tú vives en Laruns. También te fuiste de aquí.

—Porque me enamoré, Mikel. Es diferente.

Mikel tarda unos segundos en responder. Mira la iglesia. Mira el pueblo. Mira a su madre.

—Lo puedo intentar. Pero antes debo arreglar las cosas en Pamplona. Pedir una excedencia por si esto no funciona y hablar con mi casero. Creo que es una locura —coge las dos manos de su madre y la mira a los ojos—. Lo haré, mamá.

—Haces lo correcto —le dice Izarbe con una gran sonrisa.

—Estamos locos los tres si pensamos que esto puede salir bien.

Ara camina invadida por el dolor y la alegría.

Izarbe guarda la emoción al poder recobrar su relación con Mikel y volver a ser una familia, con sus más y sus menos, pero, al fin y al cabo, no conocen otra.

Él lo hace contrariado por la decisión que acaba de tomar y cree que está loco por haber aceptado la invitación de Lizer a su casa.

Ya siente unas lanzas que apuntan a su pecho, pero si quiere volver, tiene que enfrentarse al pasado