Donde duermen los secretos Capítulo 22
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Capítulo 22

A l abrir la puerta de la granja, un crujido a su espalda le eriza la piel.

Se gira sin sacar la llave de la cerradura.

Tras la pintada, tiene claro que no es bienvenido en el pueblo.

Teme que alguien le vigile. Mira a un lado y al otro lado de la calle, cuando se asegura que no hay nadie cierra la puerta.

Los primeros pasos le dan un latigazo al corazón recordando los buenos momentos que pasó junto a su padre.

El olor a ovino entra sin permiso y lo transporta junto a ellos cuando los acariciaba.

Recuerda que se inventaba nombres para cada oveja.

Eran sus preferidas. Las gallinas y los patos le desesperaban porque no conseguía nunca darles caza aunque corriera tras ellos.

Las vacas le daban respeto y los cerdos olían tan mal que no podía aguantar.

A los caballos los adoraba, pero era demasiado pequeño para poder disfrutar con ellos.

De pequeño les ponía nombre a todas las ovejas.

Juguetona era su favorita., ¿qué habrá sido de ella?

, piensa. Le viene a la memoria cuando le empujaba por detrás para llamar su atención y eso le hacía reír.

Pasa junto a la caseta de herramientas de su padre. Se detiene. La fachada luce distinta, ahora es blanca y lisa. Abre la puerta y sonríe al descubrir el orden del interior. Todas las herramientas están colgadas: las más grandes abajo, las medianas en el medio y las pequeñas arriba.

—¡Mikel! ¡Abre! —grita Izarbe.

Se sobresalta. No la esperaba.

Pero le sale una sonrisa. Algo se afloja dentro.

—No quería que vinieras solo —dice ella al verlo dentro de la granja.

—Esa es mi hermana —le responde, dándole un beso en la mejilla más lento de lo que esperaba—. Pensaba que me ibas a soltar una bofetada.

Ella tarda un segundo en contestar, como si dudara entre reír o seguir seria.

—Ya no eres un crío. Ahora me la puedes devolver.

Ambos sueltan una carcajada nerviosa.

—Esto ha cambiado mucho.

—Y eso que lo estás viendo de noche. Espera a verlo de día —dice orgullosa del trabajo de su padre—. Según me contaba mamá, desde que te marchaste, papá pasaba horas aquí intentando compensar lo que te hizo. Nunca se lo perdonó.

Se detiene al darse cuenta de lo que ha dicho. Se emociona por dentro.

Mikel baja la mirada al suelo empedrado y recuerda el perdón escrito en la pizarra la última vez que vio a su padre con vida. Aprieta la goma del pelo y pasa los dedos por el resto del cabello suelto hasta los hombros.

—¿Nos acercamos a dar de comer a los animales? Habrá que hacerlo antes de marcharnos.

—Sí, claro. Pero primero quiero enseñarte la casa. Te va a gustar. Déjame las llaves.

Las coge y encuentra la adecuada. La más nueva.

Abre y el silencio entre los dos se hace presente.

Un comedor grande y acogedor es lo primero que les recibe.

A Mikel se le van los ojos a una chimenea junto a la que hay un cesto de mimbre con troncos preparados para el fuego.

El sofá de tres plazas, en color ocre, y la manta a cuadros sobre el respaldo le hacen sentir que su padre cuidó hasta el último detalle.

—Parece todo nuevo —dice, impresionado.

—Nadie lo ha estrenado, Mikel. Papá cerró esta puerta esperando que fueras tú quien la abriera.

Mikel aparta la vista. No sabe dónde poner las manos.

Asimila las palabras de su hermana como puede, dentro de unas paredes que al principio le aprietan más que le acogen.

—Venga, vamos —dice Izarbe, apoyándose en la isla de la cocina abierta al comedor. Sobre ella reposa una fuente vacía.

—Aquí podrás poner la fruta —añade, tomándola entre las manos.

La cocina luce baldosas blancas hasta media altura, con detalles en tonos tierra que encajan con la pared de piedra.

—Están los cuadros que hizo mamá cuando se apuntó a aquellas clases de pintura. Tendría que haber seguido —dice con satisfacción.

Recuerda a su madre junto a la ventana, dejando que la luz le atravesara el lienzo.

—Y lo hizo. Las retomó por un tiempo, pero las dejó cuando papá enfermó. Debes convencerla para que vuelva.

—Das por hecho que voy a volver —dice Mikel, tensándose, agarrando el borde de la isla.

—Por supuesto. Esto te pertenece. Igual que te pertenece este pueblo. Es tu hogar —dice Izarbe, abriendo y cerrando armarios sin darse cuenta de lo que hace.

Mikel se sume en un silencio caminando hacia un pequeño distribuidor que no recordaba. Tres puertas.

Una habitación amplia, cama de dos por dos, cómoda restaurada con espejo y armario grande de cuatro puertas. Al fondo, el baño. Una bañera blanca con patas le detiene un segundo. Se imagina dentro de ella y traga saliva al darse cuenta.

En otra habitación descubre un secreter antiguo con una máquina de escribir encima. Pasa los dedos por las teclas. Le resulta familiar.

Un armario antiguo y una silla tallada completan la estancia.

—Aquí tienes todo lo que necesitas —dice Izarbe.

Abre el armario y le enseña el ajuar preparado. Coge una servilleta de tela con la M bordada en rojo.

—La hizo mamá.

Mikel la coge y pasa el dedo por el bordado. Se le encoge el pecho.

—¿Te gusta la casa? Es pequeña, pero acogedora.

—No tengo palabras.

Salen al exterior.

—Deberías pensártelo. Aquí podrías tener un futuro, Mikel —dice Izarbe dando de comer a los animales—. Con esto podéis vivir bien los dos.

—Que contrate a alguien —responde, contrariado.

—Está mamá. Ella se queda sola. Se hace mayor.

—Das donde duele —dice, mirándola y después perdiéndose.

—Al menos prométeme que te lo pensarás.

—No te prometo nada —clava la vista en el horizonte—. Cuando lo hago, nunca puedo cumplirlas.

Antes de salir, vuelven las palabras de su padre: secreto, Antón y pajar.

Debo volver. Debo descubrir qué guardaba aquí mi padre, piensa.

Se le tensa el pecho alejándose de la granja.

No sabe si debe contárselo a su hermana.