Donde duermen los secretos Capítulo 21
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Capítulo 21

T ras limpiar la pintada, Ara, Izarbe y Mikel acaban exhaustos, sentados en el sofá.

Menos mal que es invierno. El calor habría acrecentado la toxicidad de la pintura.

Y, aun así, Mikel siente el rastro en su garganta.

La tiene reseca. Tose una y otra vez. Se levanta y se sirve un vaso de agua, que se bebe en apenas un par de tragos.

Desde la cocina escucha a su madre llorar y se tensa. A Mikel le explota el pecho al verla junto a su hermana, que permanece en cuclillas para consolarla.

—Lo siento, mamá. Siento que tengas que volver a revivir todo otra vez por mi culpa. Sabía que pasaría —dice, sentándose en el brazo del sofá y tocándole la espalda.

—No es tu culpa, Mikel. Fue un accidente —responde, con los ojos bañados en lágrimas—. No lloro por eso, hijo.

—Entonces, ¿por qué? —pregunta, desconcertado.

—Por tu padre. Porque sin él no voy a poder mantener ni la casa ni la granja —baja la cabeza, avergonzada.

—¡Mamá! ¿De qué estás hablando? —Izarbe la mira sin comprender. No lo sabía.

Mikel se queda sin palabras. El aire del salón se vuelve denso, casi irrespirable.

—Nos hemos gastado todos los ahorros en la granja, lo poco que teníamos. Tu padre quiso que volvieras y sabía que no lo harías aquí. Reformó la casa de la granja pensando en ti. Solo en ti, Mikel. —Ara llora sin parar.

—No se lo pedí. Sabes que prometí no volver. ¿Por qué lo hizo? No lo entiendo —dice, dando vueltas por el salón, abrumado al verla así.

Ara consigue calmarse y continúa.

—Lo hizo por culpa. Y porque sabía que algún día faltaría.

Siempre decía que se moriría antes que yo, y que esa granja, donde había disfrutado contigo cuando eras pequeño, tendría que ser para ti y de nadie más —mira a Izarbe—.

Papá sabía que tú no estabas hecha para cuidar animales y por eso no pensó en ti, pero también te quería. Lo sabes.

—No te preocupes, mamá. Lo sé —responde Izarbe.

—Podrías venirte aquí y volver al pueblo. Cuidar de los animales… y cuidar de esta vieja en la que me he convertido —busca la mirada de su hijo.

Mikel traga saliva.

—¿Te estás escuchando? ¿Que me venga a vivir aquí? ¡Las pintadas no te bastan!

Sigue andando inquieto.

—Me cargué la vida de una chica de diecinueve años. Tenía toda una vida por delante.

—¡Basta, Mikel! Deja de culparte. Ya has pagado tu peaje. Ahora eres un hombre más fuerte. Debes pasar de lo que diga la gente —Ara se levanta—. Lizer y Acher te perdonaron, ¿por qué no te perdonas tú?

—Mamá, a lo mejor no es el momento —interviene Izarbe.

—De acuerdo, hija. No es el momento. Pero tu hermano se irá en cuanto enterremos a papá. Y yo no sé qué hacer.

—Volver al pueblo sería una puta locura por mi parte.

Tengo mi trabajo en Pamplona. Tengo mi vida allí.

Lizer y Acher me perdonaron porque era su mejor amigo y porque saben que yo nunca hubiera matado a Alizia.

Pero no recuerdo lo que pasó y, para todo el mundo, y para mí, soy un asesino.

Vivir con eso cada día… fuera ha sido duro, pero aquí sería como cortarme las venas.

—A ti te encantaba estar con papá cuidando de los animales. Lo disfrutabas incluso más que él.

—Y me gustan. No es que no sea capaz de llevar la granja, pero… ¿no lo entiendes?

—No dejes que nadie te haga daño, hijo. A mí no me lo hace. Me lo haría más que el esfuerzo de todos estos años se quedara en nada.

Mikel rompe a llorar.

Nadie dice nada.

Solo se escucha el reloj.

—No tienes que decidirlo ahora —dice Izarbe, sentándose a su lado.

—¿Tú qué opinas? —pregunta Mikel.

—A mí me gustaría que estuvieras más cerca. Nos veríamos más. Estoy segura de que serías feliz si dejaras atrás los fantasmas. Callarías muchas bocas si estuvieras aquí. Pero no tienes que decidirlo ahora.

—Debería salir a la granja a dar de comer al ganado. ¿Cuándo fue la última vez que papá fue?

—No lo sé —dice Ara, dudando un instante.

—Pasaré a echar un vistazo. ¿La llave?

—Encima de la cómoda.

La coge con un suspiro ahogado. El metal helado le quema la piel.

Y entonces, como un eco, vuelven las últimas palabras de su padre: secreto, Antón y pajar.

Al alzar la vista, el espejo le devuelve una mirada que no reconoce. Parece haber visto un fantasma.