Capítulo 20
M artina baja la mirada al ver que su madre cierra la puerta antes de marcharse a trabajar.
Más tarde, cuando acabe el turno de comidas, comerán juntas.
Mientras tanto, coge su cuaderno de piel marrón.
Lleva un árbol grabado y una pequeña esmeralda pegada en el centro.
Lo toca, pensativa. No sabe por qué, pero siempre lo hace antes de abrirlo: energías, tal vez.
Cuando lo abre, se detiene a mirar la última página que escribió antes de tener que guardarlo en la maleta.
He jugado por última vez con Lucía y los chicos del pueblo a policías y ladrones.
Como siempre, los más ancianos, desde sus puertas, han ayudado a los policías a encontrar a los ladrones.
Una de las ladronas era yo. Me lo he tomado muy en serio y al final no me han pillado.
Antes de irnos a dormir, la madre de Lucía nos tenía preparada una cena de despedida.
Qué bueno estaba todo. El bizcocho de zanahoria, lo mejor.
Ricard ha subido la cuesta apurado y ha picado a nuestra puerta.
No quería que nos marcháramos de allí sin un buen queso de la zona…
—¡El queso! —exclama. Se levanta de la cama y lo busca.
Sigue su rastro hasta encontrarlo encima de la mesita de noche.
Blanca, con las prisas, lo ha dejado olvidado.
Las tripas le rugen y no duda en comer un poco hasta saciarse.
Cuando termina, lo mete en una pequeña nevera donde también hay agua embotellada.
Coge una botella, la abre y pega un buen trago.
Se queda pensativa sobre sus siguientes pasos.
Tiene varias horas libres hasta que su madre acabe.
Iré a la biblioteca , piensa. Se desanima al recordar que es sábado y está cerrada.
Decide escribir. Coge su bolígrafo rosa dorado con un falso diamante en la punta.
Al sostenerlo, se da cuenta de que brilla con los rayos de sol que entran por la ventana. Abre una página en blanco:
He conocido a Agustina. Una mujer que parece custodiar el pueblo.
Me ha contado una historia de brujas que ha despertado mi curiosidad.
Debo investigar. Primero empezaré por la biblioteca.
Caminando por el pueblo, un olor a menta y tomillo me ha llegado como una ráfaga.
Seguro que con esas plantas podría preparar alguna nueva pócima. Ya te echo de menos, Lucía.
Comienzan a brotar lágrimas de sus ojos. Brux se sienta a su lado y maúlla. Deja el bolígrafo —el que le regaló Ricard en su último cumpleaños— sobre la cama y se seca las lágrimas. Acaricia al felino.
—Solo estoy un poco triste.
Parece entenderla y comienza a lamerle la cara. Ella le rasca entre los ojos. Los cierra, complacido. Cierra el diario y decide salir un rato.
Baja las escaleras y se despide de su madre. Está atareada sirviendo cervezas y le da permiso para salir. Cuando pone un pie fuera, esta vez el frío no le coge de sorpresa. Va abrigada de arriba abajo con su abrigo, bufanda y guantes.
Corre hasta la plaza con la ilusión de reencontrarse con Agustina.
No la ve y deja caer los párpados, decepcionada.
Va hasta el banco de la biblioteca cuando ve una caja de madera sobre él.
Se sienta a su lado y la mira. Está llena de libros y le parece algo extraño que estén fuera de la biblioteca.
Quizá los vecinos los devuelven aquí cuando el centro está cerrado, deduce, intentando buscarle una lógica.
O tal vez sea para que la gente lea más .
Coge uno entre sus manos. Es de botánica.
Lo abre y pasa las páginas. Son plantas con definiciones largas.
—¡Señorita! —alguien le grita a lo lejos.
Martina lo deja en la caja pensando que está haciendo algo malo. Aún no distingue la voz de Agustina. Cuando la ve se alegra.
—Señora, Agustina.
—Ni se te ocurra llamarme señora. No ves lo jovenzuela que aún parezco—. Se da la vuelta entera resarciéndose de su cuerpo rechoncho ganado con el paso del tiempo.
Martina no puede evitar echarse a reír.
—¿Cuándo abren la biblioteca?
—La abrirán el lunes. Estás impaciente en entrar a ver los libros que tiene, ¿verdad?
—Sí, me muero de ganas. Es que me aburro.
—Ten paciencia, aquí conocerás a jovencitas como tú. Si quieres puedes venir a casa a comerte unas galletas mientras vemos algo que te guste en la televisión. Tengo el Netflix. No me pierdo ninguna serie ni película que ponen nueva.
Martina duda por unos instantes. Apenas la conoce, pero se siente bien cuando está con ella.
—Voy a avisar a mi madre para ver si me deja.
—Eso está bien, a una madre nunca se la preocupa. Te espero en mi casa. Tendré todo preparado para cuando vengas.
No hay más de un minuto corriendo de casa de Agustina al albergue, tal vez menos. Martina abre rápidamente la puerta y busca a su madre. Le da permiso y sale de nuevo a toda prisa.
Toca el timbre impaciente de probar las galletas de Agustina, está segura que estarán exquisitas.
—Pasa.
—Gracias.
—Ven que te enseñaré mi hogar antes de que nos sentemos.
La vivienda de Agustina está llena de flores por todas partes, huele a jazmín, a rosal, a jacinto, a lirio y a lavanda.
Cada estancia te invade un olor diferente que Martina respira con emoción.
Cuando llega al patio, se queda embelesada al verlo.
Un balancín de tres plazas dispuesto al fondo con una mesa delante y sillas de mimbre alrededor de ella.
Varios pájaros parecen cantar libres en la altura del tejado.
Una pequeña fuente invade los oídos de manera relajante.
Martina se acerca hasta una planta que parece no reconocer.
—Esa es una trompeta de ángel; sobre todo huele por la noche.
—Sus flores cuelgan al revés. ¿No se caen?
—Solo cuando se marchitan.
—Vamos adentro, que las ganas de dulce se me han despertado y aquí hace frío.
—Está bien.
Martina la sigue hasta el salón.
—Siéntate —le dice señalándole el lado derecho del sofá.
Martina toma asiento donde Agustina le dice y ella se sienta a su lado izquierdo. En la mesa tiene dispuesta una pequeña fuente con galletas de pepitas de chocolate y una jarra de agua, y un par de vasos.
—¿Le puedo hacer una pregunta? —le pregunta Martina sin poder contener su curiosidad.
—Sí, claro. Puedes hacerme la pregunta que quieras. —Agustina se adelanta hacia la mesa para coger una galleta. Escoge una de las más grandes a primera vista—. Coge una, no te cortes —le dice pegándole un mordisco al acabar.
Martina le hace caso y coge una.
—Aquello que me dijo de la fuente, que no tocara el agua. No es verdad que pase algo si se toca, ¿no?
Martina le da un mordisco a la galleta; le sabe deliciosa.
—Sabía que más tarde o más temprano me lo preguntarías. Lo vi en tus ojos.
Martina se ríe.
—Hay una leyenda en el pueblo, que dice que en la época de la Inquisición que queda muy lejos de cuando naciste tú e incluso yo, decían que las brujas que quemaron en el pueblo, antes de morir, maldijeron a todos los presentes.
—¿Una maldición?
—Así es. Algunos dicen que fueron quemadas a las afueras, en las montañas. Otros, que fue en la plaza del pueblo. De ahí lo de el agua envenenada de la fuente.
—¿Cuántas brujas fueron?
—Se dice que cuatro.
—¿Pero esa fuente estaba antes?
—No, esa fuente no estaba. Por eso dicen que está en el sitio donde supuestamente ocurrió todo.
—¿Hay más leyendas?
—Somos conocidos por la cueva de las Güixas. Cada año tenemos más turistas que se sienten atraídos por ir a verla. Además, está el árbol en la entrada que lleva al camino de la cueva. También lo llaman el Árbol de las brujas, el olmo, es la memoria de ellas.
—Sí, vi que tenía una cara tallada —dice, emocionada.
—Pero ten cuidado señorita, debes saber bien con quién hablar de estos temas, aquí en el pueblo no a todos les gusta que se despierte la curiosidad que creen enterrada con los años. Los más ancianos, temen de verdad los maleficios. Así que, vigila.
—Tendré cuidado.
Agustina, enciende el televisor dando por finalizada la conversación. Cree que Martina no debe saber lo ocurrido en la cueva, al menos por boca de ella.
Ponen una serie de risas que creen que a las dos les puede gustar.
Agustina, entre risa y risa se habrá comido cinco o seis galletas.
Martina, aunque le gusta la serie, no puede parar de darle vueltas a la información que le ha dado Agustina sobre las leyendas del pueblo. Si antes tenía curiosidad, ahora la tiene mucho más.
Seguirá buscando más leyendas, porque siente que Agustina no le ha contado todas.