Donde duermen los secretos Capítulo 19
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Capítulo 19

Recuerdos

R ecuerdo perfectamente que era el día uno de noviembre.

Sabía por Alizia Allué —hermana de mi amigo Lizer— que quería celebrar un aquelarre en la cueva del pueblo para invocar al mismísimo diablo.

Quería contactar con el alma de su madre.

Ella sabía que todos los vecinos del pueblo estarían reunidos celebrando la noche de los difuntos en sus casas.

Era una tradición. Para ella no, desde que perdió a su madre.

Días antes, me pidió que mantuviera lejos a su hermano de la cueva. Sabía que los mayores del pueblo andaban hablando de su curiosidad por las leyendas de brujas. Temían que volvieran las maldiciones conjuradas antes de morir quemadas. Le di mi palabra.

Estaba tan emocionada que me contó cada uno de los detalles de esa noche, con el brillo instalado en los ojos.

Marta, su amiga, se encargaría de sustraerle las llaves a su hermano para acceder a la cueva.

Él trabajaba en la oficina de turismo; era el guía.

Una vez dentro, encenderían las velas formando un camino hasta la chimenea.

Harían un círculo y, bajo la luz de la luna, pronunciarían las palabras de invocación. Se me pusieron los pelos de punta.

Le dije que yo estaría con los del grupo en la taberna como cada año, que su hermano ya había reservado el local solo para nosotros.

No sé cómo, la noticia corrió más rápido que la pólvora y el pueblo entero estalló.

Lizer se enteró y se puso hecho una furia.

Solo pude ir tras él, borracho. La ayuda de Pedro fue clave para sostenerme tantas veces como podía, para que no me cayera al suelo hasta llegar a la cueva.

Lizer llegó como si el alcohol se hubiera esfumado de su cuerpo. Todos, menos yo, por mi promesa, se quedaron fuera de la cueva esperando, aún con la cogorza encima.

Al entrar, quise seguir los pasos de Lizer. Intenté agarrarle del jersey, pero se me escapó de entre los dedos. Caí al suelo y escuché gritos.

Me levanté como pude y vi dos sombras a lo lejos. Creí reconocer a Lizer y a Alizia discutiendo. Los aspavientos de él me asustaron y corrí hacia ellos.

Quise detenerlo, pero me encontré con la furia de Alizia.

—Te pedí solo una cosa. Que mantuvieras a tu amigo lejos. Solo eso. Me has obligado. Dile que pare o le contaré lo nuestro.

Lizer se giró y me miró con odio.

—¿Lo vuestro? ¿De qué narices estás hablando?

—Solo fue un beso, te lo juro —alcancé a decir antes de echar la primera bocanada de la cena junto a mis pies. Lo salpiqué todo. Olía a agrio y me dieron ganas de seguir vomitando.

Cuando me incorporé, Lizer me miraba con ira.

—¿Un beso? ¡Serás cabrón! ¡Es mi hermana!

Me golpeó en la cara. Todo se apagó.

Al abrir los ojos, estaba tirado en el suelo. Un paramédico estaba encima de mí:

—¿Cuántos dedos ves aquí?

No pude contestar. Miré a un lado y otro y vi a varios policías en la barandilla de protección. Las amigas de Alizia lloraban. Pedro e Ibon tenían cara de estupefacción.

Tras unos minutos, solo escuché:

—Ha sido él.

Era la voz de Lizer. Me señaló y no entendía nada. Intenté levantarme del suelo. Al ver mi torpeza, el paramédico me ayudó.

Cuando llegué a la barandilla y miré hacia abajo, vi el cuerpo inerte de Alizia. Estaba tendida sobre unas piedras enormes. Nunca me había detenido a verlas. Se decía que por ahí pasaba el agua del río cuando se desbordaba.

Sentí un zumbido en los oídos y volví a perder la conciencia.

Al despertar, el bombardeo de preguntas me atropelló. No sabía qué contestar a los tres policías que me acorralaban. Solo pude recordar la discusión entre ellos y después mi enfrentamiento con Lizer.

Lizer testificó que fue un accidente, pero la muerte de Alizia me ha perseguido desde entonces. Para mí, y para el resto del pueblo, soy un asesino.

Aquella noche no solo cayó Alizia. Caímos los dos: ella hacia el fondo de la cueva, y yo hacia ese vacío oscuro que me visita cada noche desde hace once años.

Ahora entiendo por qué en mi pesadilla nunca veo el fondo: porque el fondo es este pueblo, y ya he llegado a él.