Capítulo 18
Al pasar el umbral de madera que separa la calle del callejón donde viven Mikel y su familia, se frena en seco cuando ve la palabra: ASESINO , escrita en letras grandes por toda la fachada.
De la A cae un reguero de pintura aún fresca.
Se acerca y la toca con los dedos, quedándose pegada sobre la piel.
A Mikel le sale un grito desgarrado de las entrañas, y su madre y su hermana se quiebran junto a él.
No dan crédito. Apenas unos minutos antes han visto morir a Aitor tras recibir la fatídica llamada antes de salir del hospital.
—¡Entrad! —ordena. Está fuera de control.
Madre e hija obedecen.
Al verlas entrar, cierra la puerta y sale corriendo para intentar dar caza al indeseable que haya dejado la pintada en su fachada.
Tuerce a la izquierda y lo primero que hace es irse al aparcamiento que está junto a la iglesia.
Se desliza entre las filas de turismos. Se agacha para revisar los bajos y los huecos entre parachoques.
Busca una silueta, un escondite, lo que sea.
Se adentra en el patio parroquial, escudriña cada rincón de piedra y, al no hallar rastro de vida, corre hacia la plaza del pueblo.
Está completamente desierta. Inspecciona calle arriba y calle abajo, pero Villanúa parece un pueblo fantasma; ni un alma, ni un solo vecino se asoma a las ventanas.
Jadeando, reduce el paso, bajando la tensión de los hombros al sentirse derrotado porque sabía que podría pasar esto.
Vuelve al callejón y la palabra sigue ahí, como un golpe.
Entra en casa con un único pensamiento: borrarla.
Va a la cocina, abre armarios, cajones, sin saber exactamente lo que busca.
Coge el cubo de fregar y lo pone bajo el grifo.
Lo llena de agua y después le echa un poco de jabón.
—Mikel, con eso no conseguirás nada. Esa pintura es difícil de quitar —dice Ara.
—Entonces, ¿con qué? —cierra el grifo con rabia.
—Tengo aguarrás —dice Ara, recordando que en otras ocasiones le ha funcionado.
—¡Serán hijos de puta! —exclama, recordando el hospital—. Lo han tenido que pintar cuando estábamos allí.
Va tras su madre y, cuando ella entra en el cuarto bajo la escalera, Mikel se detiene en seco. Las piernas le fallan al recordar el olor a vino derramado, la humedad calando en su espalda y la oscuridad cerrada hasta que su padre le abría la puerta.
Izarbe, al verlo, no duda en sostenerlo. Le coge la mano y le pregunta mirándolo a los ojos:
—¿Estás bien?
Ara, al escuchar a su hija, gira su cuerpo como un latigazo y sale cuanto antes con el aguarrás en la mano. Cierra la puerta y Mikel deja escapar un suspiro que a las dos les duele escuchar.
Mikel no puede reprimir las lágrimas.
—Te ayudaré —susurra su hermana.
—Esto es por mi culpa. No debí volver.
—No digas eso. Tienes el mismo derecho que cualquiera a estar en este pueblo. No eres un asesino. —Su hermana le levanta la barbilla y lo mira a los ojos.
—Vamos, hijo. No podrán con nosotros. No lo hicieron y no lo harán ahora.
Ara sale hacia la puerta con el aguarrás y unos trapos viejos. No es la primera vez que limpia esas letras. Izarbe en una punta de la fachada, Mikel en la otra y Ara en la del medio: los tres comienzan a limpiarla.