Capítulo 17
L a sala de espera de la planta tres, donde se encuentra la Unidad de Cuidados Intensivos, está llena. Todos esperan para hablar con sus respectivos médicos o para ver a sus seres queridos. Mikel no puede evitar sentirse reflejado en ellos: todos transmiten una preocupación desmedida.
Observa el reloj de pared, las ventanas tras las que se intuye un día encapotado, y las puertas del ascensor, que se abren y cierran. Unos llegan, otros se van.
Mikel, al ver llegar a una mujer mayor ayudada con un bastón, no duda en levantarse para cederle el asiento.
—Es muy considerado.
Mikel no recuerda la última vez que escuchó esa palabra. En las ciudades ya no se escucha.
—Gracias —dice, poniéndose de pie a la derecha de su madre.
Se apoya en la pared.
—¡Familiares de Lanau!
Ara esboza una sonrisa contando los segundos para poder ver a su marido. No lo hace desde hace ya bastantes horas. Se levanta con ayuda de su hijo, aunque no la necesita. Se mantiene firme; se nota.
Van hacia la enfermera.
—Hola, Nieves —la saluda Ara. Es la chica del turno de la mañana, rubia de pelo corto y con una sonrisa contagiosa.
—Venid conmigo. La doctora Ugarte quiere hablar con vosotros.
—¿Sucede algo? —pregunta Ara, desconcertada por no poder ver como siempre a su marido.
—La doctora os explicará —responde la enfermera, asegurándose de que la puerta se cierra tras ellos.
Avanzan por un pasillo que Ara ya conoce, hacia una sala blanca que parece respirar frío. La sala, con una mesa ovalada y cuatro sillas, carece de cuadros y plantas. De hecho, no tiene nada.
—Nieves, ¿le ha pasado algo? Dímelo, por favor.
La doctora entra con un historial clínico bajo el brazo y los signos del cansancio marcados en el rostro. Ha sido una mañana dura. Un paciente ha muerto. Otro está crítico. Y a un tercero, ya ingresado, lo han tenido que inducir al coma. Ese tercero es Aitor.
La noticia los sorprende, aunque conocían la gravedad de la situación. Nadie está preparado para algo así.
—Estad pendientes del teléfono. Podrían llamaros en cualquier momento.
No hay buen augurio para Aitor. Eso dirían las más ancianas del pueblo: «Si un gato negro te mira sin parpadear, es porque alguien no llegará a la próxima luna».