Capítulo 16
E n una sala donde impera el frío para mantener a los microorganismos bajo control, se encuentra Aitor Lanau, tumbado sobre una cama de la unidad de cuidados intensivos.
Lleva varios días ingresado y entró con una afección pulmonar importante.
La enfermera, hace apenas unos minutos, ha revisado su estado y parece que, de momento, está bajo control.
Le ha administrado por vía intravenosa los calmantes de rigor.
Está aletargado y abre y cierra los ojos como si los párpados le pesaran una tonelada.
Al otro lado de la sala, Mikel se equipa con la bata, el gorro y la mascarilla reglamentarios para acceder a la sala.
Se coloca las calzas en los zapatos y, por último, se lava las manos antes de seguir a la enfermera que lo acompañará hasta la habitación.
En todo el trayecto no puede evitar mirar las habitaciones con la puerta abierta y ver a los enfermos, que parecen luchar por su vida a cada segundo.
Le impresiona tanto que no sabe si está preparado para ver a su padre en la misma situación.
—Es por aquí —le dice la enfermera de media melena, amablemente.
A cada paso, Mikel se tensiona más. Las piernas le pesan. Cuando la enfermera se detiene, se le hace un nudo en la garganta y apenas consigue decir:
—Gra… cias.
—Tranquilo, para cualquier cosa que necesites, estamos aquí —le responde la enfermera antes de marcharse hacia el mostrador, a apenas unos metros.
Mikel deja caer los párpados tras ver a su padre tendido en la cama desde la puerta. Tiene los pómulos tan marcados por la pérdida de peso que casi no lo reconoce. Los pitidos de las máquinas le dan un vuelco al corazón cada vez que suenan.
Retrocede dos pasos.
Aitor parece escucharlo. Con dificultad intenta abrir los ojos y teme que vuelva a ser una de las alucinaciones que no deja de padecer, creyendo ver a su hijo a todas horas.
Gritaría su nombre, pero el tubo que tiene en la tráquea se lo impide.
Intenta levantar la cabeza y ve una sombra en la puerta.
Mikel, empujado por la presión del momento y al ver que su padre parece despertarse, entra.
Avanza unos pasos y ve una pizarra sobre el pecho de su padre, que sube y baja con el movimiento de su barriga. Le habían advertido que no podría comunicarse de otra forma, pero la realidad le supera y la mira fijamente.
Aitor cree verlo. Aitor duda. Parpadea. La emoción sale en forma de lágrimas.
Mikel, conmocionado, no sabe si llorar o gritar y lo único que consigue decir para aliviar a su padre es:
—Estoy aquí, papá.
Se miran a los ojos después de tantos años.
Aitor dirige sus pupilas hacia la pizarra.
Mikel entiende que quiere que la coja y la sostiene frente a él para que pueda escribir.
Con un rotulador azul en su mano temblorosa, intenta trazar la primera letra.
Un palo vertical lleno de curvas con una media redonda a la derecha.
Difícil de entender, pero Mikel cree reconocer una P.
Aitor frunce el entrecejo, molesto por la dificultad, pero decide seguir: una E más clara. La siguiente no se entiende. La D es aceptable, la O desfigurada y la N irregular.
—P… E… … D… O… N —deletrea Mikel, letra por letra, y adivina que la que falta es una R.
Cuando lee la palabra “ perdón”, las lágrimas la vuelven borrosa. No creía que pudiera hacerlo algún día.
Ya no se irá de esta vida sin decírselo.
—No te preocupes, todo está bien. Solo debes pensar en recuperarte.
Aitor nota cómo su cuerpo cede tras la tensión de todos estos años, arrepentido de haber pagado con su hijo su ira. Mira de nuevo la pizarra.
El rotulador da bandazos hasta que aterriza en ella. Deja una palabra indescifrable.
—Se… … to… No entiendo, papá. Lo siento —le dice, frustrado.
Aitor baja la mirada. Su respiración se vuelve convulsa.
—No te preocupes. Inténtalo otra vez. —Mikel borra la pizarra.
Esta vez se detiene más en cada letra.
—… E… C… … E… T… O.
Mikel observa, reconstruye.
—Secreto.
—¿Secreto? —repite, desconcertado.
Aitor asiente.
Alza la mano para pedirle que espere y vuelve a escribir:
A N T Ó N.
—¿Antón? Pero ese es el hermano de Acher.
Aitor abre y cierra los ojos, afirmando.
—Pero papá, ¿qué pasa con Antón? ¿Un secreto?
Aitor querría decírselo con palabras, pero no puede. Insiste.
—No lo recuerdo. Yo era pequeño… —dice Mikel, intentando reconstruir—. Recuerdo que Lizer me habló de él alguna vez.
Aitor sigue afirmando.
—¿Qué me quieres decir, papá?
De nuevo, la pizarra.
—P… … J… … R.
Mikel se toma unos segundos. Está más nervioso.
—Pajar.
Aitor vuelve a afirmarlo, con dificultad respiratoria. Una alarma distinta comienza a pitar. Mikel mira a la máquina.
Una enfermera entra apresurada. El corazón de Aitor se ha disparado. La tensión ha bajado.
—Debe marcharse —indica, actuando con rapidez.
Mikel no se mueve. Aitor niega débilmente. Quiere terminar.
Con esfuerzo, vuelve a escribir.
TE QUIERO.
—Debe salir ya.
Mikel se acerca al oído de su padre y le susurra:
—Te quiero, papá.