Capítulo 14
M artina está parada frente a la puerta de la habitación que será su nuevo hogar.
Al abrirla, la deja a tan solo un palmo del marco.
Asoma la cabeza poco a poco, temiendo no sentirse a gusto con lo que hay al otro lado.
Ve dos camas dispuestas en L. Un resplandor choca contra una de las paredes blancas e inmaculadas.
—Abre ya, Martina, vamos cargadas —le dice su madre, cansada de esperar tras ella.
—Está bien, mamá.
Martina abre del todo. Una leve sonrisa se le dibuja al ver que la habitación supera las expectativas que se había formado. No entiende por qué la imaginaba antigua, con paredes mohosas y sumida en la penumbra.
Deja todo en el suelo y salta emocionada sobre la cama que está bajo la ventana, por donde entra el sol directo. Alza la mano derecha dibujando el rayo hacia la cabecera de la cama.
—Me pido esta, mamá. —Dirige la mirada a su madre buscando una respuesta sin parar de saltar.
—Está bien, pero debes ayudarme —responde sabiendo que debe bajar cuanto antes a ayudar a Graciela, y todavía, han de volver al coche a buscar lo que falta.
—Mamá, toca. Es tan suave y esponjoso —dice Martina al notar el tacto del nórdico entre los dedos, el que tenía en Queralbs parecía desgastado por el paso del tiempo.
Blanca se acerca hasta su hija y lo toca.
—Es de plumas, hija. Este guarda mejor el calor que el que teníamos, parece nuevo.
—No me extraña, en este pueblo hace mucho frío.
—Venga perezosa, ayúdame a vaciar las maletas y no me sigas entreteniendo.
Blanca comienza a sacar las cosas del neceser en el lavabo que tienen dentro de la habitación y escucha gimotear a Martina. Asoma la cabeza preocupada y la encuentra escondida bajo el nórdico. Deja lo que está haciendo y va hacia la cama para sentarse junto a ella.
—Pequeña, estaremos bien. Volveremos a tener un hogar —Blanca traga saliva al acabar.
Martina, con sus manos empieza a retirar el relleno de plumas, dejando al descubierto sus grandes ojos verdosos con pintas en tonos miel que están bañados en lágrimas. Blanca no puede evitar retirarlas con sus propios dedos y cuando lo hace, se tumba junto a su hija, y la abraza.
Brux, que está subido en la repisa de la ventana, comienza a maullar y después salta a la cama.
—No seas celoso —dice Martina, mirándolo a menos de un palmo de distancia—. Siempre haces lo mismo cuando estamos juntas.
El gato, por supuesto, no responde, pero sigue demandando las caricias de su dueña.
—Eres un pesado, Brux —añade Martina acariciándolo.
Tras tomarse unos minutos necesarios, deciden levantarse para seguir con lo que estaban haciendo.
—Martina, coge las dos puertas de la derecha. Yo me quedaré las de la izquierda —dice Blanca, al comprobar que al abrir el armario, el paso queda justo y teme que la impulsividad de su hija acabe arañándolas. Y no tiene ganas de problemas.
Martina asiente y deja su diario sobre la mesita.
—Debemos darnos prisa, aún quedan cosas en el coche. No te entretengas con eso ahora, que te conozco.
—No voy a ponerme a escribir ahora, impaciente —responde con retintín.
—¡Impaciente! Ven aquí si te atreves.
—Que no, mamá —Martina no para de reírse, las cosquillas de su madre son una tortura—. Así no puedo.
—¿Me vas a ayudar?
—¡Ya, mamá, para!
—En serio, cariño, tengo que bajar a trabajar y necesito acabar cuanto antes. Me gustaría tenerlo todo listo antes de que anochezca.
Martina se pone en pie y busca el comedero de Brux. No lo encuentra. Abre una maleta y otra, y nada.
—Mamá, ¿dónde hemos puesto las cosas de Brux?
—En una maleta.
—Aquí no están.
—Entonces estarán en la que queda en el coche. No te preocupes. Ahora le ponemos agua y comida cuando la traigamos.
***
Blanca avisa a Graciela de que vuelven al coche y que después se pondrá ayudarla. El comedor aún está vacío y la dueña está preparando las mesas. Al salir del albergue el frío corta como un cuchillo y Martina se sube la cremallera del abrigo hasta arriba. Blanca se protege el cuello con la bufanda.
—Métete las manos en los bolsillos. No llevamos los guantes y parece que hace más frío que antes.
Martina le hace caso.
Apenas hablan hasta el coche, parecen algo cansadas del viaje o tal vez sea que la llegada al pueblo comienza a pesar, echando de menos lo que han dejado atrás.
Al llegar al coche sacan lo que queda y emprenden el camino de vuelta al albergue.
—Graciela parece una buena mujer, creo que nos llevaremos bien —dice Blanca, cargando dos bolsas grandes a la espalda.
—A mí también me ha caído bien. Pero su historia me ha dejado apenada.
—Sí, es una historia triste. Perder a su marido en la carretera tiene que ser doloroso y difícil de superar, pero se la ve fuerte. —Deja ir un suspiro.
—¿Tendrían hijos?
—No lo sé… —Blanca no acaba la frase al escuchar unos pasos que percibe que le recortan distancia desde donde estaba aparcado el coche.
Alguien tose. Y a Blanca se le cae una de las bolsas al suelo.
—¡Mamá, qué pasa! —Martina se asusta.
—Nada —dice Blanca cuando se da media vuelta para recoger la bolsa del suelo y no ve a nadie.
Martina también se da la vuelta.
—Estate tranquila, mamá. Debe haber sido aquella vecina que está barriendo frente a su puerta —le dice Martina aliviada de haber visto a alguien más que Agustina y Graciela en el pueblo.
—Tienes razón, hija.
Blanca vuelve a colgarse la bolsa sobre su espalda y continúan su camino.
Martina, al pasar de nuevo junto a la casa donde se apostó que viviría un matrimonio con dos hijos ya mayores, mira hacia la ventana esperando encontrarse a alguien de la familia. Pero no ve a nadie. Aparta la vista, convencida de que tarde o temprano lo descubrirá.