Donde duermen los secretos Capítulo 13
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Capítulo 13

S entado en la cocina, Mikel mira a su madre moverse de aquí para allá como siempre lo hacía.

La mesa está preparada con platos de porcelana —los de fiesta—, tazas y cucharillas, y unas servilletas bordadas por ella misma.

El olor a café se mezcla con el olor a manzana.

Ara sostiene el plato con el bizcocho y lo deja en el centro de la mesa.

Mikel lo mira deseando meterle el diente.

Desde que se ha levantado, solo lleva un café en el estómago.

Su madre le corta un trozo generoso.

—¡Qué bien huele, mamá!

Ara sonríe feliz.

Cuando Mikel está a punto de llevarse un trozo de bizcocho a la boca, su hermana Izarbe aparece por la puerta.

A Mikel se le cae el tenedor sobre la mesa; se queda blanco, sorprendido al verla.

No es que no se la esperara. También es su padre el que está enfermo, pero no estaba preparado.

Llevan sin hablarse ni verse desde que Mikel se marchó del pueblo.

Ella nunca le perdonó que no cumpliera su promesa.

«Cuidaré de ti siempre». Pero su madre se ha encargado de que sus hijos supieran del uno y del otro.

Siempre ha respetado no contar los secretos que no querían que supieran ninguno.

Mikel sabía que su hermana vivía en Laruns, en un pueblo vecino de Francia, junto a Joseph, un profesor que conoció en el colegio donde trabajaban juntos.

Izarbe da dos pasos y su hermano ve que cojea.

Deduce que debe haberse hecho daño; lo que no sabe —porque Izarbe se lo pidió a su madre— es que tuvo un accidente que a punto estuvo de costarle la vida.

La tuvieron que operar de urgencia y lleva varias placas en la pierna.

Fue una recuperación tediosa, pero puede sentirse afortunada de caminar sin ayuda.

—Parece que has visto un fantasma —le dice, irónicamente.

A él le encantaría poder convertirse en uno para poder esfumarse. Pero sabe que eso no va a ocurrir.

—No, no lo eres. —La mira, no pudiendo evitar contemplar en la mujer que se ha convertido.

La última vez que la vio, tan solo tenía diecisiete años y ahora tiene veintinueve. Le hace gracia ver que conserva su cabello color azabache y sus preciosos bucles naturales. Siempre le decían que tenía suerte de no tener que secarse el pelo. Está más alta y mucho más delgada de como la recordaba.

—¿Qué haces aquí? —pregunta cogiendo una taza de porcelana blanca para prepararse un café.

—Me insistió mamá que viniera.

—Ahora, entiendo. Si no, no te hubieras dignado ni a venir.

—¡Izarbe! Tengamos la fiesta en paz. —Ara deja de limpiar y se revuelve buscando la mirada de su hija.

—Está bien. Seamos falsos y sentémonos todos a la mesa a desayunar como si no pasara nada.

Izarbe retira la silla para sentarse y no puede evitar fijarse en ver el cambio que ha hecho su hermano físicamente. Su mandíbula es más ancha, la nariz griega y sus ojos penetrantes se han vuelto difíciles de sostener.

—Tranquila, mamá. Es mejor que suba a dejar la mochila para irnos al hospital. —Se levanta y coloca la silla en su sitio.

—No deberías ir.

Ella retira la silla que está al lado de su hermano, haciendo que se aparte.

—Hija, papá lo pidió. No seas tan dura con tu hermano. Para él también es difícil estar aquí.

Ara se sienta en la mesa junto a su hija.

—Se fue y nos dejó solas, mamá. ¡No te das cuenta!

—¡Basta, hija! Te lo ruego.

—¿Pretendes que duerma bajo el mismo techo que él?

—Tiene el mismo derecho de estar aquí.

—¡Parad! No lo soporto más.

Mikel agacha la cabeza por unos segundos, perdiendo la mirada en el suelo. Después, la mira con seguridad.

—Izarbe, soy consciente de que tenemos una conversación pendiente. Si quieres, más tarde, antes de que me marche de esta casa, podemos tenerla.

Ella, sorprendida, percibe a un Mikel más maduro. El antiguo se hubiera marchado de la cocina dejando la conversación a medias.

—Está bien, te tomo la palabra.

—De acuerdo. Ahora, si me disculpáis, voy a dejar la mochila. Bajaré en unos minutos para marcharnos.

Unos minutos de silencio se sostienen en el aire hasta que Mikel sale por la puerta. Él tiene la esperanza de poder tener esa conversación pendiente con su hermana y no desperdiciar la oportunidad de arreglar las cosas con ella.

Se queda helado al mirar la puerta bajo la escalera.

Está cerrada. Aprieta los puños, pasa por delante para subir las escaleras, pero el recuerdo le paraliza.

Arrastrando los pies, comienza a tomar distancia escalón por escalón sin apartar la vista de la barandilla.

Se sujeta a ella al notar un pequeño vahído.

Toma aire. Lo suelta. Toma aire y lo suelta.

Hasta que nota el aleteo de nuevo en su nariz.

Al llegar al pasillo que distribuye las habitaciones, el frío le deja helado.

Cae en la cuenta de que su madre siempre dejaba olvidadas las ventanas abiertas cuando ventilaba.

Entra a la habitación de sus padres para cerrarla.

Al pasar al lado de la cama donde duerme su padre, la piel se le eriza al ver sus gafas de lectura y su inhalador encima de la mesita.

Cierra rápidamente la puerta y sale cuanto antes.

Sigue por la de su hermana y siente un pellizco de añoranza al no haber estado cerca de ella.

Al llegar a la suya, le embarga la emoción al ver que su madre la ha dejado igual que estaba.

Su cartel del último concierto de Bunbury —uno de sus cantantes favoritos— sigue colgado sobre su cama.

Las figuras que coleccionaba de personajes de ciencia ficción siguen en sus estanterías.

Deja la mochila sobre la cama y se sienta para tomarse un respiro después de tantas emociones.

Unos pasos se acercan.

—Gracias, mamá. Sigue todo igual —le dice al verla aparecer por la puerta.

—¿Por qué debería cambiar nada? Esta seguirá siendo siempre tu habitación.

—Te habías dejado las ventanas abiertas. Como siempre.

Ara se ríe.

—Para qué perder la costumbre. Anda, déjame ayudarte.

Entra en la habitación y abre la puerta del armario que tiene enfrente. Un olor a lavanda sale como una ráfaga de aire.

—Es el mismo olor con el que lavaste la ropa del paquete que me enviaste.

—Llevo muchos años utilizando el mismo suavizante.

Lo mira.

—Es la ropa que te envié. Te sienta como un guante, hijo.

A Mikel le viene a la cabeza su enfado. Si supiera su madre que no lo ha abierto hasta esta misma mañana, le dolería.

—Gracias, mamá.

—No se merecen las gracias.

Ara comienza a sacar la ropa que su hijo lleva en la mochila. Su sonrisa se esfuma. Sabe que trae poca ropa y su estancia será corta.

—No piensas quedarte mucho tiempo.

—Debo volver al trabajo.

—Entiendo —dice Ara con un nudo en la garganta. Debe decirle algo importante a su hijo, pero no se atreve, no es el momento.

Mikel cuelga el último jersey en la percha y los dos se ríen al escuchar el rugido de las tripas de él.

—Bajemos. Debes comer algo antes de marcharnos.

Ara sale de la habitación y él le sigue.

Al entrar a la cocina, ven a Izarbe sentada junto a la mesa con la cara más relajada.

—¿Te pongo un trozo? —le pregunta ella, antes de cortarlo.

—Sí, gracias —responde Mikel algo contrariado.

La tensión, afilada como una cuchilla, se ha esfumado.

Los dos se miran a los ojos y cualquiera que comprenda lo que es el amor sabe que, por mucho tiempo que pase, si permanece vivo, nunca se marcha.