Capítulo 12
Recuerdos
F ue la peor noche que pude vivir y la que lo cambió todo.
Recuerdo que ese día había tenido una gran discusión con mi padre por la tarde.
Era habitual que las tuviéramos, pero supe que esa iba a ser diferente a todas las demás.
Llamé a mi amigo Pedro, porque necesitaba tomarme unas birras en la taberna y no quería estar solo.
Podría haber llamado a cualquiera del resto del grupo de amigos, pero sabía que él no me dejaría tirado si me pasaba bebiendo.
Y fue exactamente lo que pasó. Perdí el control.
Lo que no esperaba es que fuera tan rápido.
Pedro me mojó la nuca. Dábamos paseos junto a la taberna congelándonos de frío, pero ni con esas se me pasaba la borrachera que llevaba.
Él debía volver a casa temprano, porque a la mañana siguiente tenía que ir a trabajar junto a su padre en la carpintería.
Me lo había advertido. No quiso dejarme solo.
Tenía miedo de que pudiera acabar con un coma etílico como Santiago hace un par de semanas.
Tuvo que ser trasladado de urgencia al hospital.
Así que cargó conmigo dando bandazos por el pueblo hasta llegar a la puerta de mi casa.
Comprobó que entrara antes de marcharse.
Lo que ocurrió después ya no estaba en sus manos.
Al entrar, caí de bruces contra el suelo. Un ruido seco. Mis rodillas soportaron la gran parte de mi aterrizaje junto a mis manos. Me levanté y tenía a mi padre parado frente a mí esperándome.
—¡Qué haces llegando así! ¡No te da vergüenza! ¡Las vas a despertar!
—¡Mírate tú!
—Eres un puto borracho.
—De tal palo, tal astilla.
Me dio asco y lo miré con desprecio. Nunca antes me había atrevido a hacerlo. Pero esa noche el niño acobardado al que pegaba con el cinturón y una vara de madera que guardaba bajo las escaleras se había esfumado.
—No me jodas.
—Sí, te jodo.
Me lanzó el puño cerrado y falló. Yo le hundí el mío en el estómago.
Se quedó doblado y me alegré. Tosía y vi el odio instalado en sus ojos y eso me enervó más aún.
Le di otro en la cara. Perdió el control y cayó al suelo, pero enseguida se puso erguido.
Me devolvió un puñetazo limpio y certero en la nariz.
Me pilló desprevenido y comencé a sangrar como un cerdo.
Me cabreó de la hostia.
Le di dos puñetazos seguidos como un púgil de nuevo contra su estómago.
Sin saberlo, había practicado con mis amigos para poder defenderme.
A partir de ahí todo fue a peor. Nos molimos a golpes y esta vez no acabé encerrado bajo las escaleras llorando y con el pis que me había hecho encima del miedo.
Recuerdo que me dejaba horas y horas allí adentro.
En invierno estaba muerto de frío. En verano, el tufo a alcohol era insoportable.
Había cajas llenas de vino. Desesperado por salir, rompí alguna botella, pero sin ningún resultado.
Frente a mí volvió a intentar pegarme. Falló. Se quedó blanco de golpe.
—No lo volveré a hacer. Perdóname —dijo, sin mirarme, buscaba a mi madre.
El perdón no era para mí, sino para ella, que lloraba viéndonos ensangrentados y como dos bestias pardas pegándonos. Mi madre intentó frenarle, pero el miedo la paralizó, como siempre. Menos mal que ni la tocaba a ella ni a mi hermana. Lo habría matado con mis manos.
Mi hermana bajó las escaleras y también vio la escena tan dantesca que habíamos conformado los dos. Pero aun así no hubo nada que me parara. Necesitaba hacerle pagar todos los años de continuo maltrato. Él tampoco se detuvo. Acabamos los dos exhaustos en el suelo. Y mirándolo a los ojos, le dije:
—Ya puedo defenderme, hijo de puta. No vuelvas a ponerme una mano encima. —Escupí sangre sobre el suelo.
—Vete. Vete de mi puta casa y no vuelvas nunca. —Se hinchó como un gallo.
Me levanté del suelo como pude y, sin pensármelo, me puse frente a él.
—Pues me voy. No me hace falta tu caridad.
La borrachera habló por mí.
—Tú no te vas. Esta también es tu casa —dijo mi madre, con la voz rota.
—Cállate. No te metas. Mientras yo viva, este no vuelve a entrar.
—Papá, no dejes que se vaya —dijo mi hermana llorando.
—¡Calla! Este se va, como me llamo Aitor Lanau Arzuaga. Y no vuelvas. —Me miró con odio.
—Te juro que no volveré a poner un pie en esta maldita casa.
—Pues que así sea. —Acabó él.
Busqué la mirada de mi madre y mi hermana para que no siguieran. Necesitaba salir de allí, aunque no supiera a dónde ir.