Donde duermen los secretos Capítulo 11
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Capítulo 11

M e prometí no volver, ¿qué narices hago aquí?

, piensa Mikel al entrar por el callejón que le lleva hasta su casa.

Paralizado frente a la puerta, un maullido le saca de su pensamiento y le hace recordar que en la única casa que hay junto a la suya, vivían docenas de gatos.

Maullaban a todas horas formando una orquesta que muchas veces le daba dolor de cabeza.

Sobre todo cuando venía de fiesta y dormía de día.

Se gira y decide acercarse hasta la baranda del patio de los vecinos como hacia antes para poder verlos.

Percibe que los vecinos no han hecho cambios, siguen estando las mismas mesas de mármol, los tiestos repartidos por todas partes con flores secas —a la mujer no se le daban bien, aunque insistía en tenerlas— y las sillas que eran ocupadas por todos los gatos.

Solo ve a uno con lomo gris y ojos bien azules, de esos que te traspasan cuando los miras fijamente.

Se extraña y decide sisear para llamar la atención al resto.

Nada. Vuelve a hacerlo algo más fuerte que la anterior.

Y no encuentra respuesta. Lo que no sabe Mikel es que los vecinos del pueblo estaban hartos de tanto maullido y la falta de salubridad hizo el resto para obligarlos a tener que dar a la gran mayoría en adopción.

Son unos jodidos listos , se rumoreaba en el pueblo.

Se han quedado con una hembra y un macho. El que mira a Mikel es el macho.

Ya no tiene más excusas para alargar el tiempo de entrar y enfrentarse al recuerdo, así que gira la llave y escucha como las bisagras chirrían al ceder la puerta. Aprieta los dientes. Tendré que engrasarlas antes de marcharme, piensa.

Un olor a bizcocho de manzana le embriaga nada más entrar y la emoción le invade al no recordar la última vez que comió uno hecho por su madre. Estaban deliciosos y siempre que los hacía no duraban un día entero. Recuerda que le metía el diente incluso estando caliente.

Se detiene en la entrada y ve que todo sigue igual que cuando se marchó.

A la derecha, el colgador —una antigualla de la familia— que nadie utilizaba si no era una visita.

Junto a él, la cómoda —limpia, relimpia—.

Sobre ella, un espejo igual de reluciente.

A los lados, los marcos con fotos familiares, que parecen más un espejismo que un recuerdo real.

Ara, Aitor, Izarbe y Mikel sonríen en un día de nieve en la montaña.

Un ruido proviene de la cocina y a Mikel le resulta dolorosamente familiar.

—¡Mamá! —exclama invadido por la emoción.

Ara sale al distribuidor de la entrada con el trapo en la mano y la felicidad en la cara.

Ninguno de los dos puede reprimir las lágrimas.

Ella intenta abarcar el metro ochenta y dos con sus pequeños brazos; le es imposible.

Mikel la levanta en vilo. Le deja el tiempo suficiente para que ella, entre risas, le pida que le baje. Él la deja con cuidado.

—Hijo, déjame verte bien. —Da unos pasos atrás y lo analiza de arriba abajo.

—Estoy bien, mamá.

Desconfiada, lo sigue observando.

—¿Y papá? —pregunta, sorprendido de que la palabra logre salir de su boca.

—Está muy mal, Mikel.

—¿Es tan grave?

—Sí. No te hubiera pedido que vinieras si no lo fuera.

La voz de su madre termina de derribar la poca resistencia que le quedaba.

—Lo siento mucho, mamá. —Le abraza con sus largos y fuertes brazos.

—Tranquilo, hijo —le dice con voz rota—. Estás aquí y eso es lo que importa. Gracias.

—Lo he hecho por ti.

—Lo sé, pero él también necesitaba que vinieras.

Se hace un silencio incómodo.

Entre padre e hijo hay dolor y resquemor desde que una noche lo cambió todo entre ellos. Desde aquel día, se prometió solo una cosa: no volver.

Once años más tarde, vuelve a estar en una casa que guarda más veneno que alegría.