Donde duermen los secretos Capítulo 10
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Capítulo 10

Agustina

La Chismosa

L a señora de la plaza, con delantal florido, sigue junto a su puerta. Lleva un moño torcido. Asegura que sale a que le dé el aire, pero todos saben que es su oficina de vigilancia personal.

Tiene un día de suerte.

Las aborda cuando las ve llegar arrastrando sus maletas. Entorna los ojos con precisión quirúrgica, tomando notas mentales. Es la mujer con su niña que va a trabajar con Graciela en el albergue. Recuerda sus palabras observándolas de reojo.

—Son pelirrojas —añadió Graciela.

Al sentir que Blanca y Martina la miran, disimula con una espléndida sonrisa.

—¡Buenos días! —grita con entusiasmo exagerado, más fuerte de lo necesario.

Blanca asiente con la cabeza, educada.

Agustina se acerca sin ser invitada.

—¿Turistas? —lanza, como quien pregunta por el tiempo.

—No, ya me gustaría. —Ríe algo nerviosa—. Venimos a instalarnos.

—¿Cómo te llamas, señorita?

—Martina.

—Bonito nombre. Me presento, Agustina. Creo que seremos vecinas.

A Blanca no le sorprende: en los pueblos pequeños las noticias vuelan.

—Eso parece. El móvil me indica que el albergue está a solo unos pasos.

—Sí, justamente en esa dirección. —Agustina señala con el dedo. Sabe que las tendrá a tiro para saber de sus vidas.

—Perdone, no me he presentado, qué maleducada. Soy Blanca.

Agustina no puede evitar carcajearse.

—También lo sabía, qué tonta.

Las tres se ríen.

Blanca conversa con Agustina, Martina no puede evitar sentirse atraída por el sonido del agua de la fuente que está a sus espaldas.

Se acerca y ve unas curiosas monedas al fondo. Intrusa, lanza su mano para tocar el agua.

—¡No lo hagas, señorita! —Martina para de golpe, mira a Agustina temerosa—. Nuestros mayores nos contaron que aquí dieron muerte a las brujas que habitaban en el pueblo en una hoguera y desde entonces, nadie se atreve a tocar el agua.

Martina escucha expectante. No le puede haber despertado más la curiosidad.

—A mi hija le encantan estas leyendas.

—Entonces, ya me he ganado una amiga —dice la mujer sabiendo que vendrá a verla.

—Ese gatito, ¿cómo se llama?

—Brux —contesta Martina.

Agustina se pregunta si Graciela acepta mascotas.

—¡Mamá!

—¿Qué?

—Mira, ese es el hombre de la carretera.

Blanca se gira. Incrédula, ve que viene andando con una mochila a cuestas hacia donde están.

—Es Mikel. Hijo de Ara y Aitor. Viven a unas pocas casas de aquí. Junto a la iglesia.

—¡Vive aquí! —Blanca no puede evitar demostrar su sorpresa.

—Se crió aquí, pero ahora vive en Pamplona. Habrá venido a ver a su padre, que anda fastidiado. Ara me dijo que sus pulmones se negaban a trabajar.

—¡No me lo puedo creer! ¡En serio! —exclama molesta.

Los pasos se acortan.

Cada vez más.

Mikel avanza con los hombros caídos, mirando de aquí para allá con ojos nerviosos. Ha llamado a Andrea nada más bajar del coche; ella se lo pidió.

—Respira hondo, Mikel. Recuerda lo que trabajamos.

—Lo intento, pero no sé si podré —responde antes de colgar. Entonces ve, a lo lejos, a Agustina y a las dos pelirrojas.

Mikel se llena de nervios. Blanca arde de rabia. Martina, en cambio, solo siente curiosidad.

Apenas llegan donde están, Blanca no empuña un arma, pero sus palabras son proyectiles: dispara un primer tiro al hombro de Mikel. No quiere matarlo a la primera.

—¡Nos has puesto en peligro!

—Lo siento. No hay ninguna excusa que…

Blanca remata la andanada, esta vez al pecho.

—No. No hay justificación posible. Tuve que esquivarte con el coche. ¡Estuve a punto de perder el control! —Blanca arruga el entrecejo con fuerza.

—Lo siento. Se cruzó un ciervo y frené de golpe. Pero debería haber apartado el coche de la carretera. Fue culpa mía.

Blanca asesta la última a la cabeza. Necesita hacerle saber que no puede estar más cabreada con él.

—Claro. Un ciervo.

—Sí. Un ciervo.

La tensión se corta en el aire.

—¡Mamá!

—¡¿Qué?!

—También te podría haber pasado a ti.

—¡¿A mí!?

—Sí. A ti, mamá —lo dice bajando el volumen de voz.

Mikel traga saliva.

Agustina —la chismosa— también guarda silencio. Algo raro en ella.

—Ya paro. Lo siento. —Baja su cabeza avergonzada. Es consciente de que ha hecho pagar a un extraño su nerviosismo.

—Yo también, lo siento. Siento haberos puesto en peligro. Necesitaba disculparme. Y cuando os he visto, he sentido la necesidad de hacerlo. Pero ya os dejo tranquilas.

Blanca lo mira unos segundos. La culpa en el rostro de Mikel termina por apagar parte de su enfado.

—Todo ha quedado en un susto y estamos bien, eso es lo que importa —Blanca lo dice en un tono mesurado.

Mikel relaja los hombros.

—Solucionado. —Se atreve a decir Agustina tras presenciar el choque de trenes. No puede estar más satisfecha. Ya tiene material para días.

—Vamos, Martina. Nos están esperando. Disculpen, pero no me gustaría hacer esperar a Graciela.

—Si no te importa, dile que más tarde le llevaré el mantel bordado.

—Se lo diré. No se preocupe.

Blanca empuña las dos maletas algo más calmada. Sin mirar atrás toma su camino.

Martina va tras ella.

—Volveré para que me cuente más historias del pueblo.

—Claro. Aquí estaré esperándote cuando quieras.

—Martina, vamos.

Mikel se queda distraído mirándolas.

—Esa mujer va a dar conversación en este pueblo.

—¡Agustina!

—Sois jóvenes y tu madre me ha dicho que aún no tienes pareja. Mikel, los años pasan.

—Usted no cambia.

Ambos se ríen, soltando la tensión vivida.

—Ya sabes que no. ¿Cómo sigue tu padre?

—No sé nada desde ayer por la tarde.

—Bueno, hijo. Cuando sepas algo de tu padre, házmelo saber. Si necesitáis algo, no dudéis en decírmelo. Aquí estamos para ayudarnos.

—Lo sé.

Mikel, con su mochila a cuestas, sigue su camino entre sentimientos encontrados.