Donde duermen los secretos Capítulo 9
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Capítulo 9

A Blanca, que sigue parada junto al coche, se le encoge el corazón al creer sentir un ruido a sus espaldas.

Se gira de inmediato buscando una respuesta.

Mira durante unos largos segundos, pero no consigue ver a nada ni a nadie.

Al volver la cabeza hacia el coche, se detiene en un pequeño cementerio.

Que en paz descansen , piensa. Desde siempre le ha dado grima mirar las tumbas.

No puede imaginarse bajo una lápida el día que muera.

Por eso ha dicho a su familia y a su hija que prefiere que la incineren.

Avanza unos pasos hasta el maletero y, al abrirlo, siente un pellizco de ahogo al ver su vida resumida en cuatro maletas y cuatro bolsas de basura grandes. Siente que es una nómada sin querer serlo, pero lo que más le pesa es que está arrastrando a su hija.

Vuelve a mirar el reloj y, si no se dan prisa, llegará tarde, así que agarra con fuerza la primera maleta y, cuando la tiene asegurada, la deja sobre el asfalto con cuidado.

No quiere estropearla. Saca dos más y decide dejar la última para después, porque primero tiene una bolsa más cerca.

Al dejarla junto al resto del equipaje, observa que su hija está teniendo problemas para sacar el transportín de la parte trasera del coche.

—¿Estás bien? —pregunta, expectante de que no caiga al suelo ninguno de los dos.

—Está todo bien —dice Martina sonriendo con esfuerzo, segura de tener a Brux a salvo.

El felino maúlla y Martina no duda en agacharse para comprobar que esté bien.

—Tranquilo —le dice cariñosamente—. Estoy segura de que este sitio te va a gustar.

—Martina, ¿puedes ayudarme?

—Claro.

Obediente, acude a la petición de su madre.

—Encárgate de Brux y coge una maleta. Tendremos que volver a por el resto más tarde.

—¿Podemos volver mañana? Estoy cansada. —Se mueve perezosamente—. ¿Ves, mamá? No puedo ni con la maleta.

—No te quejes tanto, si no es ni mediodía y tienes energía para dar luz a todo el pueblo —le dice con sorna.

A Martina le hace gracia, pero se ríe por dentro para que su madre no siga regodeándose.

Blanca, antes de ponerse en marcha, comprueba que el coche haya quedado cerrado.

El silencio lo rompe el rodar de las maletas sobre la acera y las dos se miran avergonzadas, pero esbozan una sonrisa como aquel que lo hace después de cometer una fechoría.

Avanzan y Blanca escucha una tos seca que se repite con intensidad.

Al girarse, cree ver una sombra en movimiento, pero nadie va detrás de ella y decide seguir caminando para no alertar a su hija.

Antes de girar la esquina, echa la vista atrás.

«Déjalo ya», se dice a sí misma. Será algún vecino del pueblo.

Cree estar paranoica y sigue hacia adelante.

Unos instantes antes, el hombre encapuchado y de reiterada tos se ha visto obligado a entrar en la panadería que ha encontrado en su camino.

Ha decidido quedarse parado en la puerta y la dependienta lo mira a través del mostrador.

Ambos se miran. Ella le sonríe, pero él decide marcharse por donde ha entrado.

Martina anda entretenida mirando todo a su paso. Las montañas que se alzan sobre ellas, gigantes y de un verde intenso. El olor a césped que se desprende con el viento le hace respirarlo con intensidad y emoción.

—Mamá, este pueblo tiene algo especial.

—¿De veras?

—Sí. ¿Te has fijado en que todas las casas tienen nombre?

Blanca dirige la vista hacia una de ellas y decide seguirle el juego a Martina. Cree que le ayudará a hacer menos melancólico el haber tenido que marcharse de Queralbs.

—Sí, esa es Casa Miranda —dice, admirando su altura.

—Y aquella, Casa Nogales. Qué bonitas, mamá. Las piedras de sus fachadas me recuerdan a Queralbs. Y las ventanas de madera, como las que teníamos en casa. ¿Quién cuidará de las flores?

—Manuela. Me dijo que, hasta que vuelvan a alquilar la casa, las regará y las cuidará.

Martina sigue curioseando al quedarse más tranquila de conocer que Manuela se ocupará de todo.

Se detiene a mirar una de las ventanas que tiene a su izquierda por si alguien mira a través de ellas.

Están echadas, pero sabe que la gente curiosea pensando que nadie los ve.

Le pasó a su llegada a Queralbs. Desde entonces decidió jugar a un juego.

Crear historias de las personas que vivían dentro de las casas que se iban encontrando.

Se alegró al descubrir que había acertado en una de ellas.

Y, ahora, se imagina que en la casa con el letrero de madera que pone Los Charate en su fachada con balcones llenos de tiestos con flores rojas, vive una familia con gran gusto por ellas.

También fantasea con que debe ser una mujer coqueta y que debe tener dos hijos varones ya mayores que ya no viven con el matrimonio.

Al hombre de la casa lo visualiza con espaldas anchas y una feliz barriga.

Pasa por delante de ella pensando en que algún día podrá comprobar si está en lo cierto.

La dejan atrás y entran en una calle estrecha.

Sombría y oscura porque se encuentra entre dos edificios de gran envergadura.

Sigue las piedras desde su altura hasta llegar al final y descubre que uno de los muros se trata de una iglesia.

—Tres —le dice a su madre.

A Martina le fascinan las construcciones eclesiásticas y siempre juega con su madre a ver quién adivina de cuántas campanas tendrán en su campanario.

—Cuatro.

—Las has visto —le recrimina Martina, gimoteando al ver que su madre ha acertado.

—No, qué va, no las he visto —dice con una sonrisa pícara.

—No vale, mamá.

—No he podido evitarlo —se ríe.

—Siempre haces lo mismo —dice Martina, algo molesta.

—No te cabrees. Más tarde, o tal vez otro día, vendremos a ver la iglesia.

—Está bien, pero eres una tramposa.

Entran en una plaza y en el centro se encuentran una fuente redonda que tiene cuatro caños de agua.

Fantasea que es una brújula que marca el norte, sur, este y oeste.

A su derecha, hay una farmacia con un letrero de «Cerrado».

También hay una casa que llama poderosamente su atención, dado que hay una señora en la puerta con un trapo blanco colgando de un delantal florido.

A pocos pasos, la biblioteca. Suspira al verla.

Le fascinan los libros, sobre todo los de fantasía.

A veces se contempla siendo una gran guerrera vestida de blanco, con grandes poderes, los suficientes para derribar a cualquier enemigo que se cruce en su camino.

Otras, volando sobre un dragón dorado que lanza fuego por la boca y espanta a sombras negras que quieren secuestrarla.

También, que los animales comienzan a hablarle para vivir aventuras juntos en el bosque y que sube a su lomo convertida en elfa o en algún ser mágico.

Los libros de brujas son su perdición. Para ella son sagrados.

En sus cuadernos, toma nota de pócimas. Dedica tiempo a buscar las plantas con las que están hechas y alguna vez se atreve a experimentar con ellas.

Escribe de gnomos, elfos y duendes. Dibuja setas, gigantes y árboles.

Su imaginación crece y crece con el tiempo. Y nunca deja de escribir lo que sueña.

Siempre le dice a su madre que su historia quedará escrita perpetuamente en sus diarios y que algún día quien los encuentre los leerá y sabrá de ella.

Cree en las personas que dicen que algunos nacen con estrella y otros estrellados. Ella siente que pertenece a los segundos, pero quiere que sepan que, aunque su vida no fuera fácil, siempre se sintió feliz y con raíces fuertes llenas de sabiduría.

No ve la hora de entrar en la biblioteca y rebuscar entre sus libros. No hay nada que la haga más feliz.