Capítulo 8
—¡Mira, mamá! —dice entusiasmada al ver el cartel de Villanúa a la entrada del pueblo.
En cuanto ve el cartel, Blanca exhala un suspiro. Ya han llegado a su destino.
Observa que el pueblo se divide en dos partes.
A la izquierda hay una zona residencial de posterior edificación que la de la parte derecha, que parece pertenecer al casco antiguo.
Pasan justo por encima de un puente medieval y bajo él pasa un río.
Martina no puede evitar tomar el aire fresco bajando la ventanilla.
El aroma del río le da una sacudida de vida.
Mira entusiasmada un olmo que se encuentra a su izquierda; percibe a lo lejos que tiene una cara tallada de una mujer.
—Mamá, ¿has visto ese árbol a tu izquierda?
—Estoy conduciendo, cariño, y ando algo perdida.
—Quiero venir a verlo. ¿Podemos volver más tarde? —le dice Martina girándose hacia atrás para poder seguir mirando a través de la luna trasera.
—Lo haremos, pero cuando nos hayamos instalado —le dice Blanca buscando aparcamiento.
Blanca siente un peso sobre sus hombros al ver la hora en el reloj del coche.
Había quedado en llegar justo para servir las comidas junto a Graciela.
No tiene la ilusión que demuestra Martina y por ello se siente ofuscada.
Frena el coche cuando ve un espacio libre a su derecha.
Acciona el intermitente más tarde de lo que le hubiera gustado, mira el retrovisor y deja ir el aire al ver que nadie va detrás de ellas.
Comienza a maniobrar hasta que deja el coche aparcado.
Apaga el motor apresurada y se quita el cinturón que parecía apretarle desde el incidente en la carretera.
Martina hace lo mismo, pero no puede evitar dirigir su mirada hacia un llano verde que tiene a su derecha.
Es inmenso. Se quedan las dos mirando los alrededores del pueblo.
No eran las únicas que acababan de llegar.
Desde la otra parte del descampado, alguien las observa metido dentro del vehículo que está estacionado entre dos caravanas blancas.
Se ha sentido victorioso por haber encontrado un aparcamiento perfecto.
Tira del pasador de la puerta para bajarse y escucha que cruje como si la bisagra estuviera oxidada.
No se detiene en mirarla ni en comprobar lo que le puede pasar.
Nada más bajar, se coloca la capucha de la chaqueta negra que lleva y se detiene en mirar a las dos pelirrojas que bajan de un Fiat 500 en color turquesa.
Mientras las mira fijamente, un gato callejero roza su pierna y lo espanta pegando una patada al aire.
El felino, asustado, echa a correr y el hombre se ríe.
Las pelirrojas se encuentran paradas junto al coche y él decide ponerse en marcha.
Antes de llegar a la acera, se detiene en un retrovisor de la caravana que tiene a su derecha para mirarse.
Se detiene en la barba que lleva de varios días y la rasca con cierta molestia.
Al seguir mirándose, una mancha en su chaqueta lo pone de mala leche y la comienza a frotar con sus propios dedos.
Rasca y rasca con las uñas, pero no consigue deshacerse de ellas.
Ve a pocos pasos una fuente y camina hasta llegar a ella.
El agua cae helada sobre su mano y se queda impasible; su única obsesión ahora es la mancha que tiene en el pecho.
Al restregarla con el agua, parece extenderla y la deja peor de lo que estaba.
Desiste pensando, que si alguien le viera, pensaría que es un ladrón de poca monta o un mendigo, pero las zapatillas deportivas —llamativamente coloridas— de ciento ochenta euros puede descartar la última opción, sobretodo, porque son nuevas.
Sonríe apenas, mientras continua su camino con paso lento buscando la sombra bajo los balcones que ve a lo lejos aunque el sol esté escondido.
Enciende un cigarro con el mechero que saca de su bolsillo de la chaqueta y le da una calada profunda.
Se ha acostumbrado a mantener por unos segundos el aire dentro de sus pulmones antes de soltarlo.
Obligado, si no quiere ahogarse, lo expulsa rápidamente.
Tose y, después, sonríe.
Consume el cigarro en varias caladas y no duda en tirarlo al suelo dejándolo atrás siguiendo hacia delante.
Sin querer, patea una piedra que rebota contra el asfalto como un disparo en el silencio del pueblo.
Se esconde rápidamente detrás de una pared con el corazón martilleando contra sus costillas.
Jadea con la mirada puesta en la calle comprobando que nadie haya advertido su presencia.