Capítulo 7
E l hombre del Yaris sigue trazando las curvas como si fuera un baile.
Conduce orgulloso un coche abollado, sucio de barro y lleno de arañazos ya oxidados.
Apenas hace unos instantes conducía a gran velocidad, pero de repente baja a los ochenta que marca la vía: ha encontrado su objetivo.
A pesar del frío, decide bajar la ventanilla para sacar el brazo como si la carretera le perteneciera.
Desafiando el clima, siente la irrefrenable necesidad de encenderse un cigarro.
Busca el mechero en la consola central justo antes de tener que tocar el freno.
Lo prende y da una calada tan profunda que el humo le llena los pulmones, provocando una tos seca que le sacude e interrumpe su música favorita: el motor y el siseo de los neumáticos rodando sobre el asfalto mojado.
Al dejar de toser, sonríe.
Vuelve a quedarse en calma.
No sabe adónde va. Tampoco le importa.