Donde duermen los secretos Capítulo 6
9%

Capítulo 6

—¿Estás… bien…, cariño? —le pregunta Blanca sujeta al volante como si fuera un salvavidas y aún con las piernas temblando.

Martina tras unos largos segundos consigue responder:

—Sí, mamá. Estoy… bien —le contesta su hija agarrada con fuerza a la maneta de la puerta.

Blanca que gira unos segundos la cabeza para comprobarlo, ve que está completamente pálida. Sabe que su hija se ha acostumbrado a decirle que siempre está todo bien.

Insiste.

—¿Seguro que estás bien? Si no me dices la verdad estoy dispuesta a parar.

—Que no, mamá, te lo prometo. Solo ha sido el susto, pero mira a la carretera, si no sí que me voy a poner nerviosa.

Blanca le hace caso y sigue el trazo de las curvas aferrada al volante.

Su hija cae en la cuenta de que con ellas viaja Brux, su gato.

Al girarse, respira aliviada al ver que se encuentra bien y se alegra de ser tan cuidadosa en comprobar que el cinturón quede bien ajustado al transportín donde viaja.

—Brux está bien, mamá.

—Seré tonta… no he pensado en… —Encoge los hombros—. Perdona, Brux, ha sido el susto.

La jovencita de doce años mete el dedo dentro de los orificios del transportín para tocarle el hocico y este en respuesta le lame como siempre. A ella le sale una sonrisa.

Martina, desde bien pequeñita, siempre había soñado con poder tener un gato; la pega es que a su madre no le gustaban y le daba grima.

Decía que eran independientes y algo traicioneros.

La insistencia de su hija le hizo cambiar de idea y unas Navidades de hace tres años, dejó una caja de zapatos llena de agujeros para que el animal respirara bajo un árbol sin muchas florituras.

La sorpresa para Martina fue tan grande que no pudo dejar de llorar de la emoción al sostenerlo entre sus brazos.

—Estate tranquilo, Brux, todo ha pasado —le dice Martina tras dejar soltar el aire.

Vuelve a mirar a su madre y la nota tensa mientras conduce. Tiene los brazos rígidos. Sabe que en cualquier momento puede explotar como si fuera una bomba de relojería.

—¡¿Qué demonios ha sido eso?! —dice Blanca tornando sus dedos a blancos al apretar con fuerza el volante.

—No lo sé, mamá.

—¡Qué hacía un coche parado en mitad de la carretera! ¡Ese tío está loco! —Mira por el retrovisor con la rabia instalada en sus ojos para comprobar si sigue ahí.

—Tranquila, mamá. Estamos todos bien.

—Pero, ¿lo has visto? Podría habernos matado. —Siente el miedo de nuevo y vuelve a mirar, pero el coche lo ha perdido de vista hace rato.

—Mamá, estamos bien. De verdad.

Blanca, tras las palabras de su hija, recobra el aliento.

—Lo sé. Solo es el susto.

Martina coloca la mano izquierda sobre el regazo de su madre para calmarla. Sabe que si no lo hace, puede entrar en bucle.

—Se me pasará, no te preocupes.

Blanca sigue conduciendo, intentando olvidarse del incidente, y Martina desvía la mirada hacia el paisaje exterior, perdiéndose en el manto verde que corre a la derecha de la calzada.

Le recuerda inevitablemente a Queralbs, el hogar que habían abandonado hacía apenas unas horas.

Recuerda rodar junto a Lucía como si fueran dos bolas de nieve sobre un césped salvaje, al mirar la nieve, piensa que ahora lo podrá hacer antes de que llegue la primavera y el deshielo borre su oportunidad.

—¿Nos gustará este pueblo, mamá?

—Tendremos que averiguarlo. —Contesta, con un nudo en la garganta.

—¿Por qué en Villanúa y no en otro lugar?

—Ya sabes que todo ocurrió muy rápido. —Exhala al recordar—.

Ricard se ofreció en ayudarnos, le estaré eternamente agradecida.

Me dijo que conocía a alguien que podía echarnos una mano y no dudó en llamar a Graciela, una amiga suya le debía un favor.

—Reduce la marcha al venir una curva cerrada—.

Regenta un albergue, me dará trabajo y estancia para que podamos vivir allí.

Relaja sus hombros al sentir que todavía hay buenas personas.

—¿De qué vas a trabajar? —pregunta Martina; nunca ha estado en uno.

—De camarera y de lo que haga falta, cariño. Necesito este trabajo. —Blanca aprieta la mandíbula, recordando la angustia que sintió al verse de nuevo en un precipicio.

—¿Podré ayudarte?

—No. Debemos continuar con nuestras vidas.

—Ya, yo a estudiar y tú a trabajar, porque eres la adulta. —Hace una mueca.

—Mírate, si te encanta pasar horas inmersa en los libros.

—Los que me gustan. —Arruga la nariz; siempre lo hace cuando una conversación con su madre no va en la dirección que ella quiere.

—A veces no se puede elegir, hija.

—Está bien, mamá. No te pongas filosófica, que no te pega.

Se ríen.

—Será algo nuevo para nosotras. Nunca antes habíamos vivido en un albergue.

—¿Cómo es?

—Es un lugar con muchas habitaciones y más barato que un hotel.

—Tampoco he estado en un hotel. ¿Algún día estaremos en uno?

Blanca traga saliva.

—Algún día.

—Ya echo de menos a Lucía y a nuestra chimenea, donde pasaba mis tardes con Brux junto al fuego cuando hacía frío. ¿Aquí tendremos chimenea?

—Creo que no, hija. Será una habitación pequeña.

Martina se encoge de hombros.

—Te prometo que algún día todo cambiará.

—Siempre dices eso, mamá.

—Lo sé, porque estoy segura de que sucederá.

—Eso no lo sabes.

Las palabras de Martina atraviesan el pecho de Blanca como una lanza. Se siente culpable por no poderle dar a su hija una vida normal como cualquier otra familia.

—¿Podremos volver a conocer gente tan buena como en Queralbs? Era mi familia, mamá.

Aunque fue por poco tiempo, llegaron a sentirlo y Blanca no puede reprimir las lágrimas bajo las gafas de sol. Siente alivio que su hija no pueda verla. Cuando recobra el aliento llega a decir:

—Estoy segura de que aquí también habrá gente buena. En todas las partes las hay. Solo hace falta descubrirlas. Y es una nueva oportunidad para nosotras. —Quiere creer en sus propias palabras.

—Ya, pero cuando las volvamos a encontrar, nos volveremos a marchar.

Blanca siente un pellizco en el estómago al escuchar a su hija decir en alto lo que ella siente.

—Esta vez sé que va a ser diferente, ya lo verás.

Se hace un silencio necesario entre ambas. Blanca mira a la carretera y al río que pasa por su derecha, después a su hija y empuña el volante, decidida