Capítulo 5
E l movimiento del parabrisas está al máximo y parece que las escobillas que van dando bandazos de un lado a otro no pueden con el diluvio que está cayendo.
Mikel recuerda las palabras del meteorólogo cuando decía que hoy no iba a llover.
El miedo le invade al no poder ver con claridad a través del cristal y aprieta el volante con fuerza.
A medida que avanza, siente que debería darse la vuelta y volver al cobijo de su casa en Pamplona.
La tensión cede de sus hombros cuando deja de llover, pero un zumbido que parece provenir del motor le hace volver a ponerse nervioso.
No puede ser , piensa.
Mira fijamente al capó. Decide apagar la música y el ruido vuelve.
Teme que sea la misma avería que hace un par de semanas solventó cambiándole la bomba de agua que compró de segunda mano.
El sonido continúa, pero comprueba que no sale humo.
Así que decide volver a poner la música y proseguir el viaje.
Ahora, cansado de su maldito coche, no está dispuesto a parar si no es que el motor se le pare.
La carretera está desierta. Desde que salió de Pamplona, apenas se habrá cruzado con algún que otro vehículo que circulaba en el lado contrario de la calzada.
Pero ¿quién querría salir de casa con este frío si no es para pasar el día esquiando en la montaña?
, piensa, al verlas como están nevadas en la lejanía.
Se le eriza la piel al recordar que bajaba las montañas de Collarada a todo tren.
El frío le golpeaba la cara y le hacía sentir vivo.
Lo hacía junto a sus amigos. Rozaban absurdamente la muerte, inconscientes.
Eran demasiado jóvenes para darse cuenta del peligro.
Ahora, a sus treinta y tres años, no se atrevería a repetir las locuras de antes.
Los tonos rojizos y anaranjados se abren paso en su camino.
Un rayo de luz cruza las montañas y le da de lleno, cegándolo.
Los ojos de Mikel comienzan a lagrimear, sensibles a la luz, y busca las gafas en la bandeja bajo los mandos de la temperatura del coche.
Palpa y no las encuentra. Duda si están en la guantera.
Tira de la pestaña dejándose las uñas. Tantea dentro de la guantera a ciegas.
Un movimiento en el arcén le obliga a clavar el freno y detener el coche en mitad de la carretera.
Un sudor frío le recorre la nuca al ver un ciervo que lo mira fijamente antes de retomar el paso hasta la otra punta del arcén.
Las palabras de su padre le golpean: «Ten cuidado, siempre pueden venir en manada».
Gira hacia el lado contrario la cabeza. Tras unos segundos, relaja sus hombros al ver que no vienen más.
Se agacha hacia un lado para coger las gafas de sol que han caído al suelo al frenar.
Las coge con la punta de los dedos. De repente, alguien estampa la mano en el claxon.
El sonido le atraviesa y lo deja sin respiración.
Las gafas vuelven a caer. Se aferra al volante como si fuera un salvavidas, mientras ve que otro coche pasa a un palmo de distancia por su izquierda.
Ve a una mujer y a una niña pelirrojas.
La mujer alza las manos, con rabia.
La niña lo mira con asombro.
Mikel las mira asustado.
El Fiat 500 de color turquesa le rebasa y se pone por delante. Poco a poco toma distancia y, sin esperarlo, otro vehículo que viene detrás lo esquiva.
—¿De dónde ha salido?
Esta vez es un hombre que va solo. Va tan rápido que no consigue verle la cara.
Tras el susto, deja las gafas por imposible y mete la primera. Le da al gas con el pie tembloroso y el coche da un pequeño tirón antes de continuar. Vuelve a caer la lluvia y de repente siente que no debería estar dirigiéndose hacia el pueblo.
Me lo prometí, piensa.