Donde duermen los secretos Capítulo 4
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Capítulo 4

—No tenías que haber venido —dice Mikel al ver a Andrea parada frente a la puerta, mojada de la cabeza hasta los pies y con cara de frío.

—Recuerdas, me has llamado. —Ella hace un gesto irónico esperando a que la invite a entrar.

—Pasa. Dame la chaqueta antes de que te resfríes.

Ella entra y Mikel se pone tras su espalda para ayudarle a quitarse la chaqueta. Pesa bastante. Es una parka tres cuartos marrón oscuro. La deja junta a la suya, que sigue mojada. Se detiene en el pequeño charco del suelo que cada vez es más grande. Hace como si nada y se vuelve hacia Andrea.

—Por lo que veo a ti tampoco te gustan los paraguas.

Ella se ríe.

—No, qué va. Lo he tenido que tirar en la primera papelera que he visto, se ha roto con el viento.

Andrea siente un frío que le obliga a cruzarse de brazos.

—Dame solo un segundo. Voy a buscarte una toalla para que puedas secarte —le dice Mikel al ver el gesto.

Al darle la espalda, Andrea le coge de su sudadera granate antes de que salga de la estancia. Mikel se gira y, frente a ella, siente que intenta descifrar sus ojos.

—Ahora, no. Espera a que te traiga la toalla. —Mikel se aleja sabiendo que ella haría eso.

—Toma. —Le da una toalla negra.

Andrea seca su cara y agradece no haberse maquillado. Lo que sí lamenta es haber perdido la mañana alisando su cabello.

—Cuando acabes, puedes dejarla sobre esa butaca —la señala con la mano—. ¿Te preparo un café?

—Espera. —Deja la toalla y se dirige a él—. Mírame a los ojos y deja de huir. —Andrea se detiene en los ojos color marrón oscuro casi rozando el negro, para acabar viendo que las pupilas de Mikel están bien.

—¿Y…? —Abre los ojos tanto como puede, molesto.

—Todo está bien. No hace falta que te pongas así.

—No me pongo de ninguna manera. Solo es que hacía tiempo que no lo hacías.

—Te recuerdo, una vez más, que tú me has llamado —le dice Andrea poniendo morros.

—Lo sé. Lo siento. ¿Puedo prepararte ese café y volvemos a comenzar de nuevo?

—Está bien. Prepárame uno con leche. Bien caliente. Que tu piso parece una nevera. —Vuelve a tener la necesidad de abrazarse.

—Lo sé. Se me han estropeado los aparatos. —Se rasca la nuca.

Ella lo observa conociendo su tic.

—No te preocupes, estaré bien.

—En el sofá tengo una manta. Cógela y póntela por encima. Enseguida entrarás en calor. Preparo los cafés y te acompaño.

—Está bien.

Andrea sabe que debe darle espacio y le hace caso.

Mikel derrama la leche fuera de la taza.

Coge la bayeta y lo limpia con rapidez mirando hacia la puerta.

Vuelve a intentar verterla dentro, y esta vez acierta, pero duda de haberse pasado con la cantidad.

Tira un poco en la fregadera, antes de ponerla en el microondas.

Calienta la leche y mira a través del cristal cómo da vueltas.

Duda de si haberla llamado era lo correcto.

Mikel lleva los cafés en una bandeja de madera y la deja en la mesa de centro frente al sofá.

Andrea lo mira fijamente al sentarse a su lado.

Él le da su taza y ella la coge entre sus manos, abrazándola.

Mikel coge la suya y empieza a tamborilear con los dedos de la otra mano su muslo izquierdo.

Andrea lo observa esperando a que rompa el silencio, pero Mikel decide dar un sorbo al café.

—Estoy aquí, Mikel —le dice Andrea contrariada al estar en su casa de nuevo.

—Lo siento, tal vez no te tendría que haber llamado. Ha pasado tanto tiempo… es tan difícil… Tenía miedo, Andrea.

—¿Qué pasa, Mikel? —pregunta Andrea con un nudo en la garganta, teme su respuesta.

—Esta noche… ha estado a punto de volver el diablo.

—Baja su mirada y después, la mira—. Te juro que, si hubiera tenido una maldita botella de whisky en casa, me la hubiera bebido hasta dejarla seca.

Sentía el líquido bajar por mi garganta, su olor, y te prometo que el corazón me iba a mil.

No era sed, Andrea, era la necesidad de volver a sentir el alcohol por mis entrañas.

Solo ha bastado una llamada para que todo se vaya a la mierda.

—Se levanta—. Mi padre se muere—. Se pone frente a ella arrodillado—.

Necesito que me repitas… —Duda en acabar la frase, pero aun así decide armarse de valor—.

… Aquellas palabras. Dímelas, por favor. Necesito volver a escucharlas.

—No, dímelas tú. —Ella no le aparta la mirada.

Mikel traga saliva.

—Está bien. Las diré.

Se toma unos segundos para tomar aire.

Y exhala.

—Si no te importa morir…, sigue por el camino que llevas… —dice él, con el corazón en un puño.

—… pero si hay algo dentro de ti que aún lo desea, lucha por tu vida… —La angustia se le queda atascada en su garganta.

—…te estás muriendo poco a poco, Mikel, y no hay peor muerte que la que se provoca uno mismo. Esta atormenta el alma… —Acaba, Andrea.

Los dos se miran a los ojos, emocionados.

—… sin dejar descanso ni siquiera muerto. —Terminan juntos.

Cuando Mikel escuchó aquellas palabras, se rompió por dentro. Le hizo darse cuenta de que bebía para mitigar el dolor que sentía. Ya no estaba dispuesto a malgastar más tiempo de su vida.

Once años.

Tres meses.

Diecisiete días.

Ni una sola gota de alcohol.

Y teme perderlo.

—No me perdono ni un solo día lo que pasó aquella noche… haber asustado a Sofía…, haberos hecho pasar por tanto. Sobre todo a ti. —Aprieta sus puños hasta llevarlos a la extenuación y comienza a recordar aquel día.

Mikel, desde primera hora de aquella mañana, había comenzado a sentir unos temblores en todo su cuerpo que acabaron en sacudidas.

Después le siguió la fiebre y los vómitos.

Pasaba de la cama al suelo sin encontrar nada que lo calmara.

Al llegar la noche estaba totalmente fuera de control.

Y Sofía, que apenas llevaba un par de semanas trabajando en el centro de desintoxicación, tenía que repartir la cena a los de la primera planta.

Donde estaba él. Picó antes de entrar como de costumbre y como le habían dicho que hiciera con cada uno de los pacientes.

Mikel tardaba en abrir, pero aun así ella decidió volver a golpear la puerta dos veces más.

Cuando abrió Mikel la puerta, Sofía vio en sus ojos mucha rabia.

Sin esperarlo, él lanzó su mano contra la bandeja que ella llevaba encima y todo saltó por los aires.

No fue consciente de lo que acababa de hacer hasta que vio el plato de cerámica hecho trizas en el suelo.

Los huevos estrellados en la pared formando un lienzo abstracto.

El vaso de agua acabó igual o peor que el plato. Y la bandeja, ¡qué decir de ella!

La enfermera, invadida por el miedo, retrocedió hasta salir de la habitación hecha un mar de lágrimas.

A la mañana siguiente, Andrea reunió a Mikel en su despacho de inmediato.

Y de allí salieron las palabras que se quedarían tatuadas en su piel.

Los dos las recordaban, porque las habían repetido tantas veces como él se las había pedido.

Andrea lo mira.

Le coge de las manos para calmar el temblor.

—Solo es miedo. Miedo a tu pasado. Miedo a perder todo lo que has conseguido. Tal vez ha llegado el momento de enfrentarte a lo que siempre has rehuido y de lo que hemos hablado tantas veces —le dice Andrea sabiendo que este día iba a llegar y traga saliva.

—Sé que no soportaré mirarle a los ojos aunque se esté muriendo. Tampoco estoy preparado para enfrentarme de nuevo a las miradas y las voces tras mi espalda. —Los hombros de Mikel se ponen rígidos y Andrea lo percibe.

—Hemos trabajado para que no te afecte. Sé que estás preparado. —Ella en el fondo duda, pero debe ser firme ante él—. Has estado todos estos años estable, Mikel. Eso ha de darte la confianza que necesitas.

—Gracias. Gracias por ayudarme una vez más y por haber venido.

—Te dije que aquí estaría si me necesitabas.

—Has cumplido.

—Siempre cumplo.

Mikel siente tranquilidad junto a Andrea. Al mirarla, no puede evitar hacerle una pregunta que siempre le ha rondado por su cabeza.

—¿Por qué no funcionó lo nuestro? —pregunta Mikel al recordar su historia fuera del centro con Andrea.

Cuando Mikel estuvo ingresado en el centro, hubo atracción entre los dos.

Respetaron ser médico y paciente y no traspasaron la línea tan fina que existía cada vez que se veían, pero tras darle el alta, comenzaron a verse fuera.

Se dieron una oportunidad, duraron varios meses juntos, pero Andrea se dio cuenta de que como pareja no funcionaban.

Las salidas de cine, los paseos a media tarde por Pamplona, las cenas románticas, todo lo que hacían, acababa siendo terapia de Andrea.

—Porque yo no supe separar mi profesión del amor. —Exhala al recordarlo.

A ella siempre le hubiera gustado que funcionara.

—Qué pena que las cosas fueran tan difíciles para ambos.

—Cierto. Pero los dos hemos sabido tomar la decisión más acertada para no hacernos daño.

—Tienes razón.

Andrea lo mira cariñosamente.

—Todo irá bien, Mikel. No tengas miedo. Ven, acércate.

Ella le hace un gesto con el brazo para que él se acurruque sobre ella.

Mikel pone su cabeza sobre su regazo y ella comienza a acariciarle el cabello.

Consigue caer en un sueño profundo. Andrea siente, una vez más, que le ha ayudado a frenar su impulso, pero teme que cuando no esté ella, no pueda ser capaz de enfrentarse a sus miedos.

***

Ella lo despierta.

—Ha llegado el momento —le susurra.

Mikel abre los ojos buscando la mirada de Andrea. Temía que ya no estuviera.

—Gracias por haberte quedado.

—Como me des una vez más las gracias, te juro que no volverás a verme —le dice entre risas—.

—Debo preparar la mochila y salir cuanto antes.

—Vamos, te acompaño.

Se levantan del sofá y, al entrar a la habitación, lo primero que hace Mikel es tirar de la cinta de la persiana.

La lluvia ha cesado, pero sigue habiendo grandes nubarrones en el cielo y a Mikel le hace dudar si debe confiar en la predicción del tiempo.

La poca luz que entra ya le sirve para no encender la luz.

Andrea decide sentarse en la cama y Mikel abre el armario de la ropa.

Se agacha para coger un paquete que deja sobre la cama junto a ella.

Aún está cerrado. Lleva cerrado todo el tiempo desde que se lo envió su madre para su último cumpleaños.

Desde el veintitrés de febrero, solo ha cogido polvo.

—Este paquete me lo envió mi madre y no lo he abierto porque estaba cabreado con ella. Tenía que haber venido a pasar unos días para mi cumpleaños y no lo hizo. Ahora entiendo el porqué. —Deja caer los hombros arrepentido.

—Tu padre —dice Andrea, mirándole a los ojos; lo examina sin querer.

—Sí. La misma persona que me obliga a volver —le dice molesto.

Al abrir el paquete, les azota un olor a suavizante inconfundible a lavanda.

—Mi madre tiene la manía de lavar la ropa aunque sea nueva.

Andrea se ríe.

Saca un pantalón chino en tonos marrones y un suéter con capucha y coderas granates. Su madre sabe que es uno de sus colores preferidos.

—Es mi talla. —Se mira frente al espejo—. No me queda mal. —Le sale una sonrisa porque aprecia que su madre sepa lo que le gusta.

Busca la mirada de Andrea para que le dé el visto bueno.

—Estás guapo. —Se levanta y se pone detrás de él—. Déjame ajustarte tu moño. Sigues teniendo un aire a Keanu Reeves en la película de La leyenda del samurái y te sienta genial.

Él deja escapar una sonrisa tímida. No es la primera vez que se lo dicen.

—Andrea, si no hubiera sido por ti, hoy hubiera cometido una locura.

—Pero me has llamado. Has hecho lo correcto. Eso en tu caso es una declaración de intenciones y lo puedes hacer solo, aunque yo siempre estaré a tu lado.

—Lo sé.

***

Se despiden en la portería. Andrea camina hacia el norte.

Mikel no sabe adónde. No recuerda dónde dejó su destartalado Peugeot 306.

En su barrio se ha vuelto una condena poder aparcar.

Comienza a caminar y la lluvia vuelve. Tira de la capucha para tapar su cabeza.

Maldice al que predijo que iba a dejar de llover.

—¡Ya está! Lo dejé junto al kebab de la esquina.

Tras varias manzanas lo encuentra. Aprieta el botón del mando.

Los cuatro intermitentes se encienden. Abre y tira la parka en el asiento trasero junto a la mochila.

Se siente rígido, anclado por la tensión.

Pone música, pero no cualquiera. Se decide por la playlist llamada “ Nervios fuera”.

No es una paradoja. La creó gracias a los consejos de Andrea.

Comienza a sonar Pablo Alborán. Es un sentimental, aunque sabe que lo ven como un bloque de hielo.

Arranca el motor. Lucha con las marchas, el gas y el freno hasta que logra sacar el Peugeot del aparcamiento estrecho.

Al mirar por el retrovisor, ve la silueta de Pamplona difuminarse tras la cortina de agua.

Se dirige al fango, al pasado y a la muerte, dejando atrás el único lugar donde había conseguido aprender a respirar.