Capítulo 3
L as alcantarillas ya no son capaces de absorber todo el agua que está cayendo en estos días y cuando Mikel baja del coche, empapa sus zapatillas al tocar el asfalto.
Se coloca la capucha, no soportando los paraguas, y después se cuelga la mochila sobre su hombro derecho.
Saltea todos los charcos que se encuentra en su camino hasta llegar a la acera.
Ha aparcado a dos manzanas de su casa y decide ponerse a correr bajo los balcones hasta llegar a su portal.
Abre la puerta del edificio. Sacude sus pies sobre la alfombra nada más entrar, mirando de soslayo el ascensor.
Nunca lo coge cuando llueve, un mal recuerdo.
Un reguero de agua le sigue los pasos hasta el tercer piso.
No se detiene en secarse los pies sobre el felpudo que está delante de la puerta de su casa.
Al entrar, se quita de mala gana el abrigo y lo tira sobre los brazos del perchero que tiene en la entrada.
Las gotas de agua comienzan a corretear por la cremallera hasta llegar al suelo, formando un minúsculo charco.
Sin detenerse a limpiarlo, decide ir directo a la cocina.
La ansiedad que siente por comer está por encima de cualquier cosa en estos momentos.
Enciende la luz y abre el armario donde guarda las porquerías que uno puede comprar en el supermercado cuando tiene un hambre voraz.
Mira todo lo que tiene y se decide por una bolsa de patatas crujientes y bien saladas.
La marca la había lanzado nueva hace unas semanas al mercado y —supuestamente— son de churrería y están hechas con aceite de oliva.
Al romper la bolsa, algunas salen disparadas, aterrizando sobre la encimera.
Las mira esparcidas por la encimera y tarda un segundo en meterse la primera en la boca para triturarla con las muelas.
Una a una hasta que desaparecen de su vista.
Pasa a la bolsa y sigue comiendo. Siente una sed horrible y abre la nevera para coger un refresco sin azúcar y sin cafeína.
Bebe. Ha entrado en un círculo vicioso y ahora la secuencia es patata y refresco, y así sucesivamente hasta que acaba con la bolsa entera.
Siente que no se ha saciado todavía y enciende el fuego para prepararse algo más saludable si no quiere acabar con el armario entero.
Saca de la nevera los recipientes que ya tenía preparados del día anterior y se sirve un puré y unas verduras salteadas en un plato.
Con el fuego ya caliente, aterriza un trozo de pollo en la sartén.
El olor de la carne empieza a dispersarse por toda la estancia y el humo le obliga a encender la campana extractora.
Lo empieza a atraer como si fuera un tornado.
Baja el fuego y carga toda la rabia que siente disparando especias sobre el trozo de pollo.
Un poco de vinagre de Módena, que es su toque gourmet.
Vuelta y vuelta y se lo sirve junto al resto.
Antes de salir de la cocina, coge otro refresco para llevárselo todo hasta la mesa de centro frente al sofá.
Coge el mando y enciende el televisor. Abre la aplicación de Netflix.
Decide continuar con la serie que comenzó ayer.
La última noche en Tremor. Le da al play .
Intenta hacer memoria, pero no recuerda lo último que vio y retrocede unos minutos.
Se mete un trozo de carne en la boca y mira el televisor:
Una tormenta estalla sobre el tejado de la casa del protagonista.
Deja de tocar el piano asustado. Siente como si cayeran piedras que pueden romper el techo.
Se levanta y va hacia la puerta para comprobar qué es lo que está sucediendo.
Cuando la abre, ve que decenas y decenas de peces caen por todas partes ya muertos.
Dirige su vista hacia el mar y contiene el aire al comprobar que un tornado los arrastra hacia donde está.
Las contraventanas chocan. Compungido, vuelve a mirar fuera y los relámpagos aparecen impactando contra el suelo.
Los párpados de Mikel se cierran. Sus pupilas parecen estar librando una batalla.
De repente, los abre. Cree haber visto la presencia de su padre merodeando por la habitación y comienza a temblarle las piernas y las manos.
Mira confundido buscándolo. Pero no ve nada.
Esta vez se detiene en la voz de su madre dentro de su cabeza diciéndole: «Tu conciencia ha venido a buscarte».
Decide apagar el televisor y coge el móvil entre sus manos.
Lo mira porque teme cometer una tontería.
No sabe si marcar el teléfono de Andrea, la que fue su terapeuta.
Lleva tanto tiempo que no habla con ella que piensa que tal vez sea una tontería y duda.
Tira el móvil a la otra punta del sofá. Rebota varias veces hasta que queda bocabajo, dejando ver la pegatina de Chupa Chups.
Recuerda que los consumía a todas horas cuando dejó de fumar.
Lo mira fijamente como si fuera su enemigo.
«Llámame cuando lo necesites». Le dijo Andrea en su despedida.
Siente que la necesita. Pero el miedo a volver al pasado, le hace mantener los dedos rígidos.