Donde duermen los secretos Capítulo 2
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Capítulo 2

U n cielo gris plomizo amenaza con volver a descargar.

Y en el hotel Zafiro, situado en el centro, la mañana ya ha empezado a tirar relámpagos a diestro y siniestro.

No es un hotel de referencia, ni mucho menos, pero tienen el cartel de completo.

La recepcionista, una chica simpática y complaciente con los clientes, está intentando poner orden a las quejas y, entre llamada y llamada, intenta contactar con los de mantenimiento.

Ella necesita que le salven la vida. El teléfono de Mikel da línea. Respira ansiosa hasta que descuelga.

—Dime, Mónica —le contesta Mikel, de rodillas, con el cuerpo metido bajo el lavamanos, arreglando un desagüe que pierde agua de una de las habitaciones.

—Mikel, tenemos un problema. Y de los gordos —consigue decir ella tras poner otra llamada en espera.

—¿Cuándo no es un problema de los gordos? —Saca su cabeza y da al grifo para abrirlo. Se detiene a mirar el desagüe y, unos segundos después, se da cuenta de que sigue perdiendo agua. Cierra el grifo.

—La calefacción de todo el hotel no funciona. Tenéis que arreglarlo cuanto antes. No he podido ni tomarme un maldito café y sabes que me subo por las paredes cuando no lo hago —le dice Mónica, apenas sin coger aire y haciendo círculos con un bolígrafo azul sobre un papel en blanco.

—Respira con calma. Si no, el café será uno de tus menores problemas —le dice Mikel, dejando la llave inglesa sobre la baldosa del lavabo.

—Tienes razón. No me pagan lo suficiente —le contesta. El bolígrafo va cada vez más rápido y los círculos se empiezan a concentrar en un mismo punto.

—Eso es, respira.

—Mikel, en cuanto esté arreglado, avísame. Sabes que Félix se pone como los demonios.

—Sí, y comenzará con su frase retórica que no soporto.

—Al cliente hay que tenerlo siempre contento —dice ella, arrastrando cada palabra como si fuera un dogma, como lo hace Félix.

—Me acabas de revolver el estómago —se toca la barriga como un reflejo.

Ella se ríe y deja caer el bolígrafo sobre el escritorio después de traspasar el papel.

—Así el sufrimiento es menor.

—Eres lo que no hay. —Mueve la cabeza resignado.

—Avísame. En serio.

—Lo haré. No te preocupes.

Mikel se levanta del suelo algo cansado y con notables ojeras que ve al mirarse en el espejo que tiene delante.

No está dispuesto a recoger las herramientas que tiene esparcidas sobre las baldosas del lavabo.

Es consciente que tendrá que volver más tarde para solucionar la avería.

Antes de salir por la puerta, se da cuenta de que tiene las manos manchadas y mira a su alrededor buscando un trapo que siempre lleva encima.

Mira el grifo, pero sigue sin funcionar.

Apremiado por el tiempo, desliza sus manos sobre el mono azul, dejando el rastro de sus dedos sucios sobre él.

Sale de la habitación 213. Algunos clientes están al final del pasillo, los mira, pero ellos siguen tan entretenidos con su conversación que ni perciben su presencia.

Unas vacaciones no me vendrían mal , piensa.

Dado que eso no va a ocurrir, porque es marzo y no le tocan hasta verano, toma las escaleras que le llevarán al sótano.

Una penumbra se abre paso de golpe. Los fluorescentes del pasillo llevan fundidos varios días.

No han tenido tiempo de cambiarlos. Camina con la linterna del móvil encendida hasta llegar a una puerta roja.

Al tirar de ella, gruñe. Toca a tientas por la pared hasta que encuentra el interruptor y lo pulsa.

Los doce fluorescentes comienzan a parpadear hasta quedarse encendidos.

Una sala llena de tubos amarillos, rojos, azules y grises se despliega por todas las paredes.

También hay maquinaria que se asienta sobre un suelo cimentado.

Solo debe hacer una cosa, buscar la caldera para encontrar la avería.

Camina hacia ella decidido. El móvil comienza a sonar y siente un cosquilleo en la pierna.

Está seguro de que se trata de Félix. Se pone especialmente pesado cuando se trata de algo así y es capaz de llamar al mismísimo pontífice si hiciera falta.

Sostiene su mirada en el display de la caldera que lee: ERROR, da la vuelta al móvil. Abre los ojos tanto, que tiene la necesidad de parpadear dos veces antes de volver a ver la pantalla y confirmar que las letras grandes que ponen MAMÁ es lo que realmente ha visto.

Se le hace un nudo en la garganta antes de descolgar.

—Soy yo, Mikel. —La voz de Ara suena apagada—. Han ingresado a papá en el hospital.

—No lo llames así. —Da la espalda a la caldera.

—Está muy enfermo, Mikel.

Comienza a caminar en círculos levantando el polvo del suelo, entretanto su madre, al otro lado de la línea, balancea el sillón esperando.

Mikel se frena en seco.

—Ya lo hablamos. Te dije que, si ocurría una cosa así, que no me llamaras.

Consigue decir llevando su mano a la nuca para rascarse, con la otra, cierra el puño con fuerza.

—Lo siento, Mikel. Creo que debes saberlo.

—Juré no volver. Y no lo haré.

—Quiere verte. Me lo ha pedido.

—Yo no. —Aprieta la mandíbula hasta que le duele.

—Mikel, debes entrar en razón. —Ara se balancea con más fuerza.

—No nos conviene a ninguno que vuelva.

Cuelga desesperado.

Guarda el teléfono en el bolsillo para seguir arreglando la caldera.

Coge un destornillador para abrir la tapa.

Descubre que el electrodo de ionización es el problema.

Lo retira con cuidado, sabe que es delicado.

Siente los dedos rígidos al sostenerlo y lo examina.

Un ruido seco suena a lo lejos. Se da la vuelta y descubre que es José, su compañero.

—¿Quién te ha llamado, Mónica o Félix?

—Mónica.

—Pobre, Félix la tiene frita.

—¿Y a quién no? Menos mal que siempre os llama antes a vosotros; si no, estaría despedido.

Una melodía los interrumpe.

Mikel sabe que es el suyo. Decidido, descuelga para dejarle claro a su madre que no piensa ir.

—¡¿Me has colgado?! —le recrimina Ara de pie en la cocina tras beberse un vaso de agua.

—No, mamá. Estoy en el sótano y aquí no llega bien la señal. —El picor en la nuca vuelve tras mentir a su madre no diciéndole que quien ha colgado es él.

—Se muere, Mikel. Debes venir cuanto antes si no quieres arrepentirte algún día. —Mete el vaso en el fregadero.

—No estoy dispuesto a incumplir mi promesa, lo siento —responde con un nudo en la garganta.

—Me ha suplicado que vayas.

—Ya me encargo yo —le dice José intuyendo que algo va mal.

Mikel, aliviado por la comprensión de José, le da el electrodo y anda en dirección a la puerta que le lleva al exterior.

Al salir el frío le azota y la lluvia cae con fuerza de los grandes nubarrones que tiene encima.

—Mikel, ¿sigues ahí? —Ara camina inquieta.

—Estoy aquí —susurra, dejándose caer al suelo mojado.

—Te necesito, hijo, ven —le suplica Ara, sollozando.

—No me hagas esto, mamá…

Y la voz de su madre se apaga.

—No, no, no, no… no me puedes hacer esto —dice en un grito ahogado para sus adentros.

Deja caer el agua de la lluvia sobre su cara, arrastrando sus propias lágrimas de rabia y aprieta los puños intentando dejar la mente en blanco.

Pero los recuerdos del pueblo vienen. Decide levantarse y caminar sobre los charcos que han conformado la lluvia.

Los patea con fuerza y el agua sale despedida como una sacudida.

Mira al cielo. Mira a la puerta que ha de volver.

Y el móvil le vuelve a sonar. Si es su madre, no piensa contestar.

Le ha dejado clara su decisión. Al sostenerlo en su mano bajo la lluvia, consigue ver con dificultad que se trata de Félix.

Descuelga.

—¿Habéis arreglado la caldera? —Félix pregunta sin saludarle.

Mikel no duda en volver a entrar y con el paso ligero llega hasta donde está José. Le toca por la espalda dado que no lo ha escuchado llegar. Su compañero se gira. Mikel le hace una seña y le enseña la pantalla del móvil. Al ver que se trata de su jefe, levanta el pulgar.

—Félix, todo listo. Ya funciona. —Deja ir un suspiro.

—Está bien, aviso a Mónica.

Los hombros de Mikel ceden tras la tensión.

—¿Qué pasa, tío? —pregunta José, acabando de ajustar los tornillos de la tapa.

—Nada bueno. Mi padre está muy grave.

—Lo siento. —Deja lo que está haciendo y lo abraza.

—Debo volver al pueblo y no quiero hacerlo.

Aunque son buenos amigos, nunca le ha hablado de su pasado. Han compartido muchas tardes juntos después del trabajo. Cenas de pizzas viendo el fútbol. Pero para ninguno de los dos ha sido fácil hablar de temas más profundos cuando lo han intentado. Les ha ido bien así hasta ahora.

—Hay que seguir si no queremos que baje aquí Félix y nos la líe —dice el Mikel responsable. Se agacha para recoger el destornillador que está a sus pies.

—Déjalo, lo termino yo. Tómate un respiro. —Le pega una palmada en la espalda.

—Gracias. Te debo una.

—No digas tonterías.

Mikel se marcha dejando a su compañero. Al llegar a la habitación 213, cierra la puerta y se sienta en el suelo apoyando su espalda contra ella.

Sabía que llegaría el día en que su madre le llamara aunque le pidiera que no lo hiciera.

La relación con su padre dejó de existir hace muchos años y sabe que si volviese a poner un pie en el pueblo podría ser su perdición.

***

Tras una larga jornada de trabajo entra al vestuario arrastrando los pies.

Se fija en el reloj que cuelga de la pared, como siempre lo hace cada vez que entra.

El aparato aún sigue empañado de la ducha de José y le cuesta comprobar que son las 20:10.

Su compañero siempre llega antes que él, lo tienen hablado.

Necesita darse una ducha cuanto antes. Lleva todo el día en el hotel.

Agradece la comida gratis que les ponen a los del servicio de mantenimiento, pero no ha podido desvincularse de la faena ni un segundo.

Abre la taquilla desganado. La foto de su hermana cuelga de un celo en la puerta metálica y la mira recordando ese día.

Salía de la iglesia del pueblo cuando una de sus tías se casó.

Mikel no tendría más de veinte años y su hermana unos dieciséis.

Es la única foto que guarda de ellos juntos.

Sin apartar su mirada de ella, se quita como un autómata la goma del pelo que deja dentro de la taquilla.

Después, le sigue el mono y las botas de acero. Lo deja caer todo al suelo.

Camina hasta la ducha con los pies descalzos.

Abre el agua del grifo y se pone debajo, cerrando los ojos.

Al notar el agua caliente sobre su cabeza, comienza a enjabonarse el cuerpo.

Las palabras de su madre vuelven. Aturdido, da unos pasos atrás hasta encontrar las baldosas blancas tras su espalda.

Se arrodilla y se recoge sobre sí mismo, mirando que el desagüe engulle el agua jabonosa.

Cierra los ojos. Y, de repente, recuerda los pasos de alguien que lo vigilaba tras la puerta sin decir nada.