Donde duermen los secretos
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Capítulo 1
E n Mendillorri, un barrio obrero de Pamplona, duerme Mikel Lanau en una habitación que rezuma humedad.
El moho se abre paso por las esquinas y bajo la ventana.
Lleva días sin parar de llover y la predicción del tiempo prevé que hoy será el último día que lo haga.
Pero por el momento, las ráfagas de viento soplan tan fuerte que chocan contra la persiana.
Mikel se mueve inquieto bajo el peso del nórdico y varias mantas.
Clon, clon, clon.
Clon, clon, clon.
El sonido entra poco a poco dentro de su cabeza y el corazón empieza a latir más rápido, más intenso.
Se mueve de un lado a otro, agitado, mientras el sueño lo arrastra de vuelta a la taberna.
En su mente, cruza la carretera persiguiendo una sombra.
Cuando le da caza, el ulular de un pájaro en mitad de la noche se ve interrumpido por un grito desgarrador que viene desde dentro de una cueva.
Comienza a sudar. Está atrapado en su propia pesadilla y aunque intenta abrir los ojos varias veces, no puede. El grito que necesita arrancar de su pecho tampoco sale. Algo está fuera de su control y sigue dentro de su cabeza:
Entra en la oscuridad de la cueva. Clon, clon, clon.
Un goteo rítmico y metálico cae por las paredes y martillea su cabeza.
Baja las escaleras y sigue las luces de las velas que conforman un camino.
Al llegar, se detiene y todo se vuelve negro de golpe.
Al abrir los ojos, no recuerda absolutamente nada.
Mira de un lado a otro, pero los que están presentes enmudecen al verlo despierto.
Sus pupilas se mueven nerviosas. La respiración entrecortada le hace abrir los ojos de golpe.
Sus manos parecen dormidas tras la tensión, pero tras unos segundos confusos, consigue mirar el despertador rojo que tiene sobre la mesita de noche.
Las 3:08. Aturdido por la pesadilla de siempre, intenta salir de la cama.
No vacila en ponerse rápidamente las zapatillas.
La habitación parece un témpano de hielo.
Clava la mirada en el aparato de aire acondicionado que cuelga de la pared.
Hay consolas similares repartidas por toda la casa, pero tenerlas encendidas es un lujo que no se puede permitir con los sueldos congelados y la subida imparable de la luz.
¿Para qué narices los tengo si no puedo usarlos?
, maldice. Cruza los brazos, tiritando, y se echa encima la manta a cuadros que tiene sobre la cómoda.
Con la garganta seca se dirige a la cocina, aún con los platos sin fregar de la cena dentro del fregadero.
Los mira asqueado antes de abrir el armario que tiene justamente encima.
Coge un vaso de cristal, abre la botella de agua y lo llena.
Un ruido en la tubería lo pone en alerta.
El sonido evoca una cascada oculta tras los azulejos y Mikel observa la pared, confuso.
Se bebe el líquido de un trago, pero la sed no le sacia.
Vuelve a llenar el cristal. No aparta la vista del metal; está convencido de que, en cualquier momento, la presión hará estallar la junta y el agua comenzará a desbordarse, cosa que ocurre en sus propias manos sin que se dé cuenta.
Sin quitar ojo a la junta, comienza a beber y un reguero de agua cae sobre la parte de arriba del pijama.
El contacto del agua fría contra el pecho lo deja petrificado, como si el lodo de la cueva lo hubiera alcanzado en su propia cocina.
Cuando es consciente, coge un trapo de cocina y se frota con rabia hasta escupir el líquido de la ropa.
Mira la hora del microondas. Las 3:12. Se pone nervioso al verla y tira de la punta de la manta que se ha deslizado por la espalda.
Cuando se la coloca, se dirige al lavabo, dejando atrás el incómodo sonido de la cascada.
Abre la tapa del inodoro y orina sin pensar mientras sigue escuchando el agua caer.
Tira de la cadena y espera que la cisterna silencie la cañería.
Lo consigue por unos segundos hasta que se vacía entera.
Aprovecha para meterse en la cama después de cerrar todas las puertas para amortiguar el sonido.
Cree que ese estrépito es el que lo ha despertado.
El sonido ahora es difuso. Tumbado en la cama repara en una nueva grieta que recorre de punta a punta irregular trazando curvas como si fuera una carretera de montaña.
Mañana llamaré al casero , piensa. Decide apagar la luz asqueado y, al cerrar los ojos, vuelve a sentir la humedad en la nariz.
Coge aire con fuerza y la frialdad le golpea de nuevo, no sabe si es del frío o es de la propia ansiedad que siente.
Lleva tanto tiempo luchando con su propia conciencia, que teme cada vez que llueve de madrugada.
Hay silencio. La persiana ha dejado de vibrar.
Es su única oportunidad para intentar quedarse dormido y lo sabe.
Se coloca del lado derecho como le gusta dormirse.
Aprieta los ojos y se hace la promesa de que no habrá nada que lo despierte.
¿Pero a quién quiere engañar?
Las 4:14.
Las 4:59.
Las 5:12.
Agotado de ver cómo los números digitales —bien iluminados en la oscuridad más absoluta— siguen recordándole que no va a pegar ojo en toda la noche, decide meter el despertador dentro del cajón de la mesita.