50 #3
—Es una afección extraña la que asola a los varones de la familia Verlac.
Lord Veyl también la padece, aunque también guarda su condición en secreto.
—Se encogió de hombros y echó un vistazo a los altos techos que nos rodeaban—.
Si el reino hubiera conocido que el fae que nos gobierna está enfermo, y puede morir por culpa de su corazón, al igual que cualquier humano… , estallaría la guerra, ¿no creéis?
No podía asentir, ni siquiera respirar. Solo nos encontrábamos ella y yo en aquel vestíbulo, pero tenía la sensación de que muchos ojos invisibles nos observaban.
—Imaginaos la cara de esos pobres humanos al saber que unos pétalos de más en una infusión podrían acabar con la tiranía del responsable de una especie que prácticamente nos ha esclavizado.
No dejaba de sonreír. Y de enseñar los dientes.
Mis pupilas se balanceaban de sus labios al contenido de la copa.
—¿Desde cuándo conocéis esa información? —murmuré.
—Desde hace mucho, Dama Roja. Llevo demasiado tiempo en el castillo de Brumaverde. ¿Recordáis mis palabras? Yo he sido también una invitada como vos, en circunstancias… especiales . —Un relámpago atravesó su mirada—. Aunque, en mi caso, mi visita se alargó muchos años por orden de lord Veyl.
Incliné la cabeza, perpleja, hasta que la expresión burlona de Nissa me sobresaltó.
—Un amante confiesa demasiado a sus putas entre las sábanas. Eso es algo que los faes y los humanos tenemos en común.
La imagen me atravesó como un relámpago. Di un paso adelante y mis manos quisieron tocarla, pero mis dedos se detuvieron en el aire, paralizados.
—Lo siento mucho —susurré.
—Yo también. Al menos, al principio. Cuando lord Veyl decidió que no podía prescindir de mí ni dejarme tener descendencia.
Para eso, no necesitó de mi formación en hierbas.
Supo qué obligarme a beber para dejarme estéril de por vida, para que sus caprichos con mi cuerpo no tuvieran consecuencias.
—No comprendía cómo podía sonreír; yo notaba una náusea atenazando mi estómago, apretándolo sin compasión—.
Hay muchas creaciones no deseadas entre faes y humanos, creedme, y muchos especializados en interrumpirlas. O en asesinarlas, una vez que nacen.
Una ola de frío me recorrió entera. Mis ojos deseaban llorar, pero hacerlo hubiera sido egoísta. Quería decir algo, lo que fuera, pero mi lengua parecía enredada y, si emitía un solo sonido, la garganta me empezaría a sangrar.
—Oh, no me miréis así, Dama Roja. —La humana alargó la mano y me acarició la mejilla con suavidad—. Ahora mismo me encuentro donde quiero estar. Frente a las puertas de mi mayor enemigo, con su muerte entre mis manos.
—¿Qué? —jadeé. Miré por encima del hombro, pero la entrada al Comedor Real permanecía sin custodia alguna.
Su sonrisa se había extendido tanto, que podía ver todos y cada uno de sus dientes.
—Como os he comentado, llevo mucho tiempo bajo estos techos. El suficiente como para poder preparar mi venganza. Solo necesitaba un cambio. Algo que hiciese girar la rueda. Y entonces, aparecisteis vos.
—¿Yo? —jadeé, perdida.
—Vos. Una superviviente de un plan que debía haber sido perfecto. Una Dama Roja, que por fuera parece una bonita camelia escarlata, y en su interior esconde un incendio que puede arrasar con todo.
—Yo no soy ningún incendio. No he arrasado con nada —mascullé, sin fuerzas—. Todo sigue como era.
—Os equivocáis. Fuisteis la chispa que necesité. Que necesitamos todos. La luz para crear un teatro de sombras que mantuviera entretenidos a los Verlac, a vuestra familia y al propio rey para que yo pudiera llevar a cabo esta revolución.
El siguiente latido hizo eco en aquellos techos altos.
—¿Revolución? —balbuceé.
—Ya os lo he dicho. Las adelfas son unas flores muy peligrosas. Por eso las madres de las Islas Grises nos enseñan muy bien de pequeños por qué no debemos acercarnos a ellas.
Tragué saliva. El sonido vibrante de mi corazón me mareaba. El mundo se tambaleaba bajo mis pies.
—Entonces lo que le lleváis al rey Oberón no es un remedio. Es un veneno.
Ella asintió y dio un paso al frente. Mi cuerpo se movió inconscientemente y me coloqué en su camino, con los brazos ligeramente alzados y las rodillas flexionadas, como me había enseñado sair Mikail.
—No entiendo nada —murmuré, casi sin fuerzas.
—Por supuesto que lo entendéis, pero no queréis pronunciarlo en voz alta.
—Nissa me miró con amabilidad, con sus dedos todavía rozando mi mejilla.
Yo no me aparté—. Esta revolución se lleva gestando mucho tiempo.
Las revueltas esporádicas que se sucedían de vez en cuando solo eran los pródromos de una guerra que se desatará pronto en Elysia.
Mientras vos volvíais dementes a los Verlac, a vuestra familia y al propio rey, nosotros, los humanos, elaboramos un plan, nos camuflamos entre los mejores soldados, entre los criados.
Extendimos nuestro mensaje de supervivencia mientras los faes se centraban en luchas absurdas por tierras y títulos.
Sacudí la cabeza y me aparté por fin de ella. Las manos se me clavaron en el pecho. Me costaba respirar.
De pronto, recordé las palabras ambiguas de sair Mikail, aquel mapa del reino que vi en los barracones de los soldados, cuando fui a visitar al Fantasma.
«¿Qué es lo que has visto?», me había preguntado el capitán de la guardia.
La noticia de que Fern abandonaba el reino junto a Percy, su última mirada…
cómo me había respondido cuando le había suplicado que tuviera cuidado.
«Tú también, Vienna. Tú también».
—He sido vuestro títere —siseé.
—No, habéis sido nuestro fuego. Creasteis, sin saberlo, unas sombras sobre un muro que les hizo olvidar a los vuestros que existe algo más allá.
—Su sonrisa desapareció cuando me observó, sin resuello, con los ojos llenos de lágrimas rabiosas—.
No me miréis así. También quemasteis mucho por el camino.
—¿De qué estáis hablando? —siseé. Mis manos se sacudieron, deseando tener una espada cerca que sostener.
—El Fantasma, Erik, siempre fue uno de mis mejores hombres.
El más leal. Hasta que vos os cruzasteis en su camino.
—Dejó escapar un largo suspiro y meneó la cabeza—: Me hizo prometer que no os tocaría.
Que os dejaría vivir. Por vos abandonó esta revolución.
Por vos dejó de ser ese fantasma que canturreaba en las sombras y prefirió escapar a la luz.
Callé, sin saber qué pensar, sin saber qué decir. Solo podía observarla, mientras todo lo que había ocurrido en aquellos muros, lo bueno y lo terrible, me golpeaba sin piedad. Me arañaba, me desollaba hasta dejarme sin piel, sin huesos y sin músculos.
—La infusión se enfría, Dama Roja. —Nissa dio un paso adelante y yo la imité. Mis pies se movieron solos y me interpuse de nuevo en su camino—. Ahora la pregunta es: ¿qué vais a hacer?
—Lo dices como si pudiera elegir —siseé.
—Porque así será. Por primera vez podréis hacerlo libremente.
Nissa dio otro paso al frente y se detuvo a apenas unos centímetros de mi rostro. Esta vez, la sonrisa alcanzó sus ojos.
—Si me impedís pasar, si avisáis a vuestro tío y dais la voz de alarma, los soldados acudirán.
No todos los humanos creen en nuestra causa, no todos piensan que vale la pena levantarse.
Hay quienes prefieren ser pisoteados. —A pesar de su voz susurrante, me pareció que hacía eco en todo el castillo—.
Seréis felicitada por vuestro tío y regresaréis al Palacio de los Vientos con vuestra familia, donde residiréis hasta el fin de vuestros días…
a menos que vuestro hermano encuentre a un fae digno con quien poder casaros.
Mi corazón se detuvo. Me estremecí.
Era lo que tenía que hacer. Lo que todos los faes harían. No debía dudar. El rey Oberón era mi tío. Mi familia.
Pero dudé.
No me moví.
No di la voz de alarma.
No grité.
—Si me dejáis pasar, por otro lado, seréis la culpable de que se desate una guerra terrible en Elysia.
Perdonaremos a las familias faes que se rindan, que colaboren, que admitan sus errores.
A los que no, los trataremos tal y como ellos han hecho con nosotros durante tantos siglos.
Vos seréis la chispa que por fin empiece este incendio que debió extenderse hace mucho.
Nissa extendió la copa humeante frente a mí.
Vi un rostro reflejado en aquel brebaje rosáceo, dulce, fragante, como las camelias que me habían rodeado toda mi vida.
Era el rostro de la Vienna que paseaba junto a su padre por los acantilados, de la joven fae que se estremecía cuando su madre la escaldaba, la que rabiaba cuando su hermano mayor la hacía enfadar y la que se sonrojaba cuando, como acto de valentía, se atrevía a rozar sus manos con las de Raen cuando se cruzaban por las galerías.
Me pareció que aquellos ojos que antes habían sido míos se elevaban y me miraban. Y los labios que siempre habían sonreído con dulzura, con obediencia, se movían a la par de los de Nissa, para preguntarme:
—Así que, decidme, ¿qué preferís? ¿Convertiros en una flor más, o reducir este maldito jardín a cenizas ?