Epílogo
Al fin, la nieve había enterrado las putas flores.
Había perdido la noción del tiempo, pero la noche estaba a punto de caer. Ya comenzaban a encender las luces en las almenas del castillo, aunque la amenaza ahora no estuviera fuera. Sino dentro .
Mikail me había ofrecido unirme a la rebelión una última vez, pero había desistido cuando mi mirada había caído sobre él.
Después, había sacudido la cabeza y había mascullado: «Entonces no podré ayudaros.
Ni a ti ni a ella ni a su familia». Pero sabía que aquello era mentira.
Lo conocía demasiado bien. Haría lo imposible por echarnos una mano.
Lo haría incluso aunque le faltase una. Mikail era un condenado sentimental.
Como yo.
Las puertas del castillo de Brumaverde seguían abiertas, pero ninguna figura asomaba tras ellas. En las ventanas, podía ver cómo la servidumbre encendía poco a poco velas, candelabros y antorchas. Vi algunas caras, pero no la que yo ansiaba.
Había intentado acercarme a ella por todos los medios tras la batalla, pero había sido imposible.
La maldita Vaelis Daaé y su orgulloso primogénito, hinchado de honor hasta las pelotas, se habían ocupado de que no cruzara el umbral del dormitorio donde descansaba Vienna. Ni siquiera cuando les expliqué que no sería la primera vez que pisaría aquella habitación. De día… o de noche.
Si no hubiese sido por Raen Zenir, lord Kallias habría intentado ensartarme con su bonita espada de fae. Intentado, porque no lo hubiera conseguido.
Lady Vaelis había hecho todo lo posible por mantenerla encerrada.
Cuando nos cruzábamos por las galerías y le preguntaba por Vienna, apenas me respondía.
A pesar de sus maneras elegantes, dignas de una dama fae, podía ver el odio titilando en sus ojos celestes.
Los Daaé me detestaban casi tanto como yo los odiaba a ellos, a excepción de la pequeña Giry, que siempre lograba escabullirse de esas manos que la sujetaban para regalarme un abrazo rápido.
Después de un par de ocasiones, su familia la recluyó en sus aposentos, junto a su hermana mayor.
Una parte de mí lo comprendía: si yo fuera un fae como ellos y un monstruo con el cuerpo y la cara rota intentase acercarse demasiado a mi hija, habría hecho lo indecible por mantenerlo alejado de ella.
Una súbita brisa gélida me estremeció.
Estaba helado. Bajé de un salto del caballo y caminé a un lado y a otro, ante su mirada burlona. «No va a venir, imbécil», parecía decirme.
Nadie lo haría , añadió una voz en mi cabeza.
¿Quién, en su sano juicio, dejaría una vida repleta de riquezas, de bailes en palacios, de paz?
Siendo sincero, yo no sabría qué elegiría si me encontrase en su mismo lugar.
Yo era más egoísta. Que la revolución de los humanos cayera en el puto Abismo de los Inmortales, si yo podía impedirla con solo una palabra ante el rey, si con ello podía vivir a salvo hasta el fin de mis días.
Al fin y al cabo, había dado la espalda a los míos, a mi especie, a cientos de años de maltrato, por Vienna. El mundo podía explotar en llamas si así lo quería… mientras ella quisiera permanecer a mi lado. Eso mostraba la calaña de la que estaba hecho.
Casi sin darme cuenta, sus ojos azules, llenos de tormentas, aparecieron en mi mente, y mis labios empezaron a moverse.
En los muros del deseo, donde el alma se desangra,
crece una flor en silencio. Ella tiembla, él la llama.
Nunca dejaría de cantar. Mi madre, antes de morir, me había dicho que algún día sería juglar.
Yo siempre cerraba la boca, avergonzado, pero aquella maldita canción me recordaba demasiado a Vienna.
Por mucho que quisiera, la letra se colaba entre mis dientes, se me enroscaba en la lengua.
Me hacía recordar la primera vez que la había visto, en mitad de todos aquellos faes, durante la Ceremonia de su Mayoría de Edad.
Tarareaba esa misma melodía, aunque solo los más cercanos a mí la habían oído.
Muchos habían fruncido el ceño y habían ladeado sus malditas orejas picudas hacia mí.
Vienna nunca podría haberme escuchado, se encontraba demasiado lejos. Aun así, volvió la cabeza y, en mitad de la muchedumbre, me vio .
No nació para el olvido ni para la luz total;
abre pétalos de sombra cuando el fantasma la vuelve a llamar.
Su mirar es fuego antiguo; su caricia, tempestad.
Él la nombra y ella arde; él es niebla, ella sangre.
Recordaba muy bien el día que había decidido abandonar la rebelión. El fino ceño de Nissa se había fruncido mientras sus ojos se me clavaban en la piel.
«Llevamos años en esto», me había siseado. Lo había intentado, pero hasta ella había sido incapaz de odiar a Vienna. La fascinaba de una forma distinta a mí, le hacía tener algo de esperanza, de misericordia, para esos faes a los que deseaba masacrar. «¿Lo vas a dejar todo por amor?».
Me había estremecido al escuchar aquella pregunta. Yo era el Fantasma, un caballero que había matado a muchos, un espía para los humanos, un actor que ejecutaba a la perfección su papel de perro fiel para los faes.
«Fue un amor maldito el que comenzó tu venganza», le respondí. «Supongo que es un buen motivo para abandonarla».
Todavía recordaba aquella vez que la había encontrado en las dependencias de lord Veyl, desnuda, enredada en unas sábanas que le daban asco, llorando hasta quedarse sin lágrimas. Yo ni siquiera era caballero; ella apenas era una niña humana, recién llegada de las Islas Grises.
Le había limpiado los ojos con el borde de mi capa y le había susurrado: «Ahórrate esas lágrimas. En este tiempo que malgastas en sollozar, piensa en cómo hacerles llorar a ellos».
Y al alba, entre la bruma, cuando el mundo amaneció,
el fantasma quedó en ceniza, el fuego se hizo recuerdo,
pero en los muros del deseo algo sigue vivo…
— … y hambriento.
Me volví con brusquedad cuando oí aquel susurro, con la mano enredada en la empuñadura de la espada. No llegué a desenvainarla cuando unos ojos llenos de tormentas me devolvieron la mirada.
—Hola, Fantasma —me saludó Vienna.
Parecía una gota de sangre en mitad de la nieve.
El vestido que la cubría era de un tono escarlata, repleto de hilos dorados que creaban flores y enredaderas que nacían en el borde de la falda y ascendían hasta los puños y el escote.
Sin embargo, cuando el viento movía la tela, los hilos cambiaban de forma y destellaban bajo la luz de las almenas y, durante instantes, se convertían en llamas que la acariciaban.
Ni siquiera llevaba puesta una capa que la cubriera.
Los copos de nieve cayeron sobre su largo cabello negro.
—¿Qué haces aquí?
Miró al suelo, nerviosa.
—No podía volver a mis dependencias. Mi madre está allí —murmuró, frunciendo un poco el ceño—. Ni siquiera me habría permitido abrir el armario para buscar algo de abrigo; me habría preguntado a dónde iba.
Sentía un maldito terremoto sacudirme por dentro, pero mis labios lograron retorcerse en una sonrisa. Recorté la distancia que me separaba de ella con una sola zancada.
—Ya te escapaste una vez, florecilla. Tiene miedo de que vuelvas a hacerlo.
Suspiré, apartando la mirada. En ocasiones dolía mirarla. Sabía que debía girar la cabeza y apartar los ojos, pero era incapaz y me despreciaba a mí mismo por ello. Ansiaba tocarla tanto como temía hacerlo.
Volverme para darle la espalda me resultó tan complicado como contener la respiración hasta morir. Cuando ella no entraba en mi campo de visión, el tormento y la ira sempiterna regresaban a mí, más amargos que nunca.
Vienna tragó saliva; casi podía percibir su pulso acelerarse.
—He tomado una decisión, Erik.
Cerré los ojos y respiré hondo.
El silencio que se derramó entre nosotros fue tan denso y opaco, que incluso me costó respirar.
Ella, al contrario, resolló, y sus pies se deslizaron por la tierra, acercándose a mí.
No me tocó, pero pude sentir su cuerpo reclinarse contra mi espalda, su aliento acariciarme el cabello que rozaba mi nuca, su calidez envolverme de la misma forma en que sus brazos lo habían hecho en aquella taberna de mala muerte, entre jadeos y suspiros.
—No creo en la puta ley de los Inmortales, tampoco en los consentimientos de los monarcas faes. Yo no necesito el maldito permiso de nadie —dije, antes de que se atreviera a agregar nada más—. Pero no mereces pagar por ello.
Me di la vuelta y la contemplé.
Hermosa, terrible, valiente, libre.
—Sé exactamente lo que te estoy ofreciendo —dije, y la voz me salió áspera, como si llevara demasiado tiempo guardándola—.
Nada de lo que se pueda presumir. Nada que pueda heredarse.
Nunca tendré un título noble ni tierras ni un apellido que se pronuncie con orgullo en ningún salón.
No habrá castillos o palacios para mí. No habrá canciones.
No habrá nada que pueda protegerte del juicio ajeno.
Inspiré hondo, pero el aire no me bastó.
—Lo que puedo darte es un lugar pequeño, incómodo, impropio para alguien que ha crecido rodeada de mármol y sedas.
Un lugar donde siempre hace frío y donde nadie se molesta en fingir cortesía.
Y estaré a tu lado el tiempo que mi vida humana me lo permita.
Cuando sea un maldito anciano, tú apenas habrás alcanzado la madurez.
Apreté los labios con fuerza. Sentía el pulso desbocado; las palabras me estallaban contra los labios.
—Un hombre honorable se habría marchado en cuanto el rey Oberón lo hubiese ordenado, tres días atrás. Un hombre con algo de honor se habría limitado a observarte de lejos una última vez antes de desaparecer de tu vida para siempre. Yo no lo he hecho.
Levanté la mirada hacia Vienna.
—Me he quedado sabiendo que cada paso que daba hacia ti me alejaba de cualquier maldita redención —continué, con la voz rota—.
Te ofrezco una vida a mi lado. Una vida que muchos considerarán mediocre, indigna, incluso vergonzosa.
Una vida en la que serás señalada por amar a un bastardo medio deforme como yo.
En la que los faes no te respetarán, no te escucharán, y mencionarán tu nombre como si fuera una advertencia.
Tragué saliva. Me ardía la garganta.
—Te despreciarán. Te sentirás sola.
Apreté los labios en una mueca torcida, intentando enmascarar lo difícil que me estaba resultando controlar el aliento.
—Y yo te ofreceré todo lo que tengo. Libertad. Para quedarte o marcharte. Para elegirme cada día o abandonarme sin que yo te lo impida. —La voz me falló, pero no me detuve—. Porque amarte así es lo único honorable que me queda.
El corazón me arañaba las costillas. Se golpeaba contra ellas, desesperado, una y otra vez, como si quisiera buscar resguardo en las manos de Vienna, que temblaban violentamente, apretadas entre sí.
—Esto es lo que soy —susurré, ronco. Cada palabra que había escapado de mi garganta la había desollado—.
Esto es lo que tengo. No es suficiente. Nunca lo será.
Pero es real. Y te lo entrego sabiendo que, al hacerlo, pongo el alma de este maldito fantasma en tus manos… para que la salves o la destruyas.
Nos quedamos un instante en silencio. La nieve caía a nuestro alrededor con más fuerza. Pronto, se desataría una tormenta.
Y entonces, sin separar sus ojos de los míos, y lenta, muy lentamente, lady Vienna Daaé, mi florecilla, la Dama Roja, sonrió.
—No quiero títulos ni salones donde no pueda respirar.
No quiero un amor que me salve si para tenerlo tengo que abandonarte.
No deseo vivir tantos años si no eres tú el que me acompaña, con arrugas o sin ellas.
No me estás pidiendo que renuncie a nada —añadió, con un murmullo—. Me estás dando la verdad.
Ella recortó la distancia que nos separaba con calma, como si, después de un largo viaje, hubiera llegado por fin a su destino.
—No quiero un mundo que me acepte si para hacerlo tengo que negarte.
No vaciló. No bajó la mirada.
—Si amarte es cruzar el umbral final, lo cruzaré. Si quedarme es perderlo todo, entonces no quiero conservar nada.
Se detuvo a un suspiro de mis labios y, con las yemas de los dedos, me acarició la herida que me atravesaba ahora el rostro, que me lo deformaría para siempre. La tocó como si rozara las aristas de una corona. Como si un fragmento de porcelana se hubiera roto y hubieran soldado la grieta con oro.
—No me ofreces una existencia mediocre —susurré—. Me ofreces el hogar que llevo buscando toda mi vida.
La miré y perdí las pocas fuerzas que me quedaban para contenerme.
La estreché contra mí y deseé que se fundiese con mis propios huesos, sintiéndome débil y patético cuando sus ojos se asomaron a mi alma. A lo que yo era cuando nadie miraba.
Porque no era un caballero salvando a nadie.
Era fuego acercándose a lo que aún no había ardido.
Era una canción prohibida colándose en labios que nunca debieron aprenderla.
Era el Fantasma reclamando lo único que no tenía derecho a tocar.
La atraje más, con urgencia, con desesperación, consciente de que cada momento así era una falta que no tendría absolución. Yo no estaba hecho para la luz que había en ella. Yo pertenecía al Abismo, a lo que se oculta, a lo que no se nombra en voz alta.
—Te quiero —musité, derrotado.
Yo era ceniza y herida, algo que quema incluso cuando ya se ha apagado.
Y ella… ella era la única canción capaz de hacerme olvidar, por un instante, que el fuego siempre terminaba consumiéndolo todo .