Donde canta la oscuridad 50 #2
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50 #2

—Sea como fuere, no tenía pies ni cabeza mantener ese compromiso que ni siquiera se había hecho público. —Su ceño se frunció aún más—. Y si lo decís porque queréis uniros a mi hijo, debo pediros que olvidéis esa idea. He oído los rumores.

El mundo se tambaleó bajo mis pies. Entorné la mirada mientras mi corazón vibraba contra mis costillas.

—¿Rumores?

—Sobre ese humano al que llaman «el Fantasma». Sobre la relación que os une —pronunció aquellas frases como si escupiese una sarta de palabras malsonantes—. No os castigaré, lady Vienna, pero solo porque sois muy querida para mí.

¡MENTIROSO! , quise aullarle. Pero permanecí en silencio unos instantes más, mientras el fuego se iba haciendo dueño de mi cuerpo.

—Entiendo que estéis enfadada. Sé que necesitaréis tiempo para digerir todo lo que ha ocurrido desde el incendio en el Palacio de los Vientos. —Su voz volvió a calmarse, a llenarse de esa paciencia infinita que empezaba a golpearme como bofetadas—. Pero creo que he sido magnánimo con vos.

—¿Es que creéis que debo ser castigada? —Ladeé la cabeza. Se me escapó una carcajada entre los labios que me supo a vómito—. ¿Yo?

Aquella risa súbita oscureció su mirada. Sus manos se aferraron a los reposabrazos de su asiento y se inclinó hacia delante, devorándome con sus ojos verdes. Pero yo no retrocedí. Me había enfrentado a miradas mucho peores.

—Dejadme enumeraros los motivos. Os habéis relacionado hasta extremos que no quiero conocer con un humano, con un deplorable humano.

Habéis estado jugando con espadas, cuando sabéis que es algo que no se os permite.

Encerrasteis a lady Nohr para que se asara viva, en vez de esperar a mi juicio justo.

Me clavé las uñas en la cara para no echarme a reír de nuevo.

—¿Justo? —repetí, sin poder evitar que otra carcajada hiciera eco en los techos altos—. No he recibido justicia ni un solo día desde que llegué aquí.

Y ni siquiera antes , añadió otra voz cavernosa en mi interior.

El rey Oberón se incorporó con tanta violencia, que estuvo a punto de arrojar el butacón que ocupaba al suelo. Golpeó con los puños aquella mesa que siempre se había llenado de los mejores manjares, y se inclinó sobre mí, con sus pupilas acuchillando la distancia que nos separaba.

—Por todo lo que he mencionado anteriormente, podría degradarte. Pero ni siquiera tendría que dar un motivo. Si fuésemos justos —recalcó esa palabra con la lengua apretada entre los dientes—, ya formarías parte de la Orden Gris.

Sus ojos se movieron un poco, solo lo necesario para posarse sobre el hueco que ocultaba mi largo cabello. Retrocedí, como si el propio aire me empujara.

Las llamas invisibles que me envolvían casi me impidieron articular palabra cuando susurré:

—¿Por… esto ?

El rey apartó la vista cuando mostré sin dudar el grotesco agujero que hundía mi rostro y le confería, de frente, cierta deformidad.

—¿Es que una pequeña parte de mi cuerpo es lo que me permite formar parte de esta sociedad? ¿Es lo que me define? ¿Es lo que me convierte en fae? —mascullé.

El rey Oberón ni siquiera parpadeó.

—Creo que conoces de sobra la respuesta, querida sobrina.

Algo dentro de mí se quebró. Y fue esa fractura lo que hizo que el fae se sentara de nuevo sobre el butacón, seguro, más calmado.

—Deberías retirarte. Esta audiencia está durando demasiado y, por lo que tengo entendido, mañana partirás de regreso a la provincia de Sombramar. Las damas faes debéis descansar.

Asentí, algo perdida, pero no me moví. El fuego que ardía dentro de mí no se había apagado, pero no terminaba de crecer, de devorarme, aunque una parte de mí lo ansiaba con desesperación. Era como si necesitase otra chispa, una bocanada más.

Observé a quien había considerado mi tío.

Al que había respetado, al que había abrazado de pequeña en las escasas ocasiones en las que lo había visto, al que había considerado mi familia y al que había apreciado como tal, a pesar de su posición.

Recordé sus sonrisas, sus regalos y sus miradas risueñas.

Cómo aquella aura de paciencia y calma lo había envuelto siempre.

Eso había sentido siempre. Pero me había equivocado.

No era paciencia lo que le hacía observarme como si fuera una niña que necesitase demasiadas explicaciones.

Era altanería. Era superioridad. No era tranquilidad el manto que lo había cubierto siempre, era una sensación de impunidad que nunca desaparecería.

De pronto, la voz sinuosa y dulce de lady Nohr hizo eco en mis oídos.

«¿Vais a simular que no conocíais lo que estaba ocurriendo en el Valle de los Cuatro Ríos? ¿Vais a fingir que no descubristeis lo que realmente ocurrió?».

Sus ojos dorados pestañearon dentro de mi cabeza y me dedicaron un guiño juguetón.

«¿Creíais que habíais vencido? ¿Pensabais que habíais cambiado algo?».

El fuego creció. Y la última barrera que lo sujetaba acabó convertida en cenizas.

«No, estúpida necia. Habéis perdido tanto como yo».

Mi cuerpo ya había empezado a girarse. El camino que me conducía hasta la puerta fue desandado cuando corregí el rumbo de súbito. Avancé hacia la mesa, y no me detuve hasta que subí los peldaños y apoyé las manos sobre la madera pulida con un golpe seco.

Mis ojos se clavaron en los del rey de Elysia.

No sé qué vio en ellos, pero me provocó un estremecimiento de placer cuando percibí cómo se inclinaba hacia atrás.

—Sair Mikail también desobedeció a sus señores —murmuré—. Sin embargo, a él lo habéis recompensado al colocarlo como capitán de vuestra guardia. Al Fantasma lo desterrasteis de su rango. ¿Por qué?

El silencio que nos envolvió fue ensordecedor.

—La audiencia ha llegado a su fin, lady Vienna —susurró, con voz grave, amenazante. Sus nudillos estaban blancos.

—Era vuestro espía, ¿no es así? En el momento en que supo lo que ocurría, os lo comunicó —continué, en un murmullo ronco solo para sus oídos.

—Lady Vie…

—Lo sabíais. Lo sabíais y no hicisteis nada. Lo permitisteis.

¿Por qué? , quise preguntarle. Pero conocía la respuesta.

Por cobardía, por ambición, porque algo así podría haber puesto su reinado en jaque.

Porque si todo hubiese terminado como los Verlac lo habían preparado, los territorios de su familia habrían crecido, y las riquezas del reino, con el comercio marítimo que gestionaba mi provincia, se habría duplicado.

Porque, en el fondo, estaba tan podrido como todos ellos.

Las mejillas se le habían salpicado de rojo. No sabía si por culpa de la ira, o de la vergüenza. Pero su voz no vaciló cuando se inclinó hacia mí y se detuvo a solo unos centímetros de mi rostro.

— Marchaos .

Tomé aire de golpe, porque hacía mucho que me había olvidado de cómo respirar, y le di la espalda.

Me alejé a trompicones, mientras sus ojos verdes me perseguían, me hablaban, me retaban.

En mi mundo, daba igual que él hubiese permitido todas aquellas atrocidades.

Jamás se le cuestionaría. Jamás me creerían.

Porque él era un rey fae.

Y yo, una dama que creyó una vez que era un incendio. Pero solo era una chispa.

Cerré las puertas del Comedor Real a mi espalda con violencia, pero los guardias que las custodiaban ni siquiera me dedicaron un vistazo.

Avancé, con las uñas clavadas en mis brazos trémulos, en un intento de abrazo que nunca me reconfortaría. Renqueaba por culpa de la pierna herida, con los ojos acuchillando el suelo, hasta que me tropecé con alguien.

—Dis… disculpadme —tartamudeé.

—No hay por qué pedir perdón, Dama Roja.

Levanté la mirada de golpe.

—Lady Nissa —musité.

Ella me dedicó una amplia sonrisa. Vestía con un traje vaporoso del color del océano, que hacía juego con sus ojos. Entre las manos llevaba una bandeja de oro y, sobre ella, una única copa que humeaba.

—Siempre habéis sido la única fae que os habéis referido a mí con un título —comentó, con los labios todavía estirados.

Asentí, traté de devolverle el gesto, pero sentía la boca temblorosa, y en mi garganta se escondía un grito que jamás terminaría de proferir.

—Me alegro de haberos visto antes de marcharme —musité, a punto de darle la espalda—. Gracias por… por todo.

Ella asintió y yo, por algún motivo que no acerté a comprender, permanecí a su lado. Inmóvil. Mis pupilas cayeron hasta el contenido del recipiente que sostenía. Era de un tono rosado, y desprendía una fragancia dulce, embriagadora. Parecía un perfume.

—¿Qué es?

—Una infusión de flores de adelfa, Dama Roja —contestó Nissa, con la mirada entornada—. ¿No conocéis sus propiedades?

—Me temo que no.

—Las adelfas no son muy comunes en Elysia, pero sí en mi hogar, en las Islas Grises. Son preciosas. Puedes encontrarlas de tonos rosados y blancos, y su fragancia atrae a insectos y a otros animales. —Su sonrisa se torció un instante—. Su efecto es muy parecido al que producen los lirios del valle.

Parpadeé y columpié la mirada entre aquella infusión y esos ojos turquesas que mareaban.

—¿Y quién la necesita? —pregunté, con un susurro.

Los labios de Nissa se retiraron y, tras ellos, aparecieron unos dientes blancos. Solo giró el rostro hacia las puertas del Comedor Real.

En el preciso instante en que sus pupilas se clavaron en la puerta, los dos guardias que la custodiaban recogieron sus lanzas y se marcharon sin esperar relevo o pronunciar alguna palabra.

Fruncí el ceño, cada vez más confusa.

—Oh, creí que, al ser de vuestra familia, conocíais el pequeño secreto de nuestro amado rey —comentó.

Abrí los ojos de par en par y el aire se atascó en mi garganta. Miré a la humana como si fuera la primera vez que reparaba en ella. De verdad.