Donde canta la oscuridad 50
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G iry me limpiaba con sus manos las lágrimas que caían por mis mejillas.

Sabía que llorar no servía de nada, era algo que había aprendido en el castillo de Brumaverde, pero tanto mi familia como los guardias que nos rodeaban se cuidaban de poner cualquier arma a mi alcance.

Ni siquiera un cuchillo para cortar la carne.

En mi plato siempre aparecía la comida troceada.

Incluso habían escondido los atizadores de la chimenea.

—Tu actitud es tan absurda como decepcionante —comentó mi madre, cuando volvió a mirarme.

Habían traído la cena a nuestras dependencias. Desde el día del juicio, tres noches atrás, no se habían celebrado banquetes oficiales. Tampoco el rey nos había invitado a compartir ni un simple refrigerio con él, y ni siquiera nos había hecho una visita privada.

«Es lógico», había comentado Raen, el día antes.

«Sabe que no estáis de acuerdo con la sentencia que ha recibido vuestra familia.

No quiere enfrentarse a vosotros, ni tampoco alentar una rebelión.

Sabe que los Daaé son fuertes; si no hubiera llegado a tiempo, ahora mismo no existiría en el castillo de Brumaverde».

Quizá por ello, la guardia que nos acompañaba siempre se había redoblado. No había forma de que ninguno caminase a solas por las galerías de la fortaleza, a pesar de que había poco que hacer o lugares adonde ir. Se había convertido en un edificio fantasmal.

Los pocos invitados de los Verlac se habían marchado después del juicio. Lord Wynn había partido a Zéfiros el día anterior y Raen se había marchado aquella misma mañana.

Todos lo habíamos despedido a los pies del puente levadizo.

Verlo perderse en la niebla del amanecer fue peor que recibir una puñalada.

Giry lloró a gritos y mi madre se apartó una lágrima con disimulada frialdad.

Yo lo había abrazado durante demasiado tiempo antes de dejarlo ir, recordando las coronas de flores que solía colocarle sobre el pelo.

«Siempre tendrás un lugar en Sylvaris», me murmuró, antes de separarse de mí. «Y quien te acompañe».

El malhumor de mi hermano había empeorado desde entonces.

Deseaba regresar a Sombramar cuanto antes, pero habíamos tenido que esperar a que nuestro tío se cerciorarse de que los documentos y los trámites de traspaso de la provincia estuvieran en regla, y de que el palacio estuviese listo a nuestra llegada.

Aunque al día siguiente estaba prevista nuestra partida, no cesaba de quejarse entre dientes.

Yo no sabía qué deseaba. Quería marcharme de una maldita vez, abandonar aquel valle con sus flores y sus jardines interminables, pero hacerlo sería despedirme para siempre de Erik, de nuestra historia.

Sabía que mi familia haría todo lo posible para que él no pusiera ni un solo pie en nuestras tierras.

De pronto, la puerta se sacudió con dos golpes recios.

Cuando mi hermano acudió a abrir, sair Mikail entró en la estancia. No lo había visto desde que me había dejado a solas con lady Nohr en su dormitorio. Parecía encontrarse bien y vestía con armadura, aunque en su pecho estaban dibujadas la rosa y la corona, y no el emblema de los Verlac.

—El rey ha decidido concederos la audiencia que le solicitasteis, lady Vienna —informó, sin mirarme.

Me puse en pie de golpe, mientras mi madre y mi hermano intercambiaban una mirada de alerta.

Me apresuré a borrarme el rastro de las lágrimas a manotazos.

—La acompañaré —dijo Kallias, dando un paso al frente.

—No será necesario, mi señor —contestó sair Mikail, sin parpadear—. El rey me ha pedido que la escolte.

El bufido que escapó de los labios de mi hermano fue más que audible, pero el humano no añadió nada más.

Giry corrió hacia mí y enterró su pequeña carita en mi falda, mientras yo me inclinaba para besar su cabello, rojo como el fuego.

Permanecí un instante así, con sus bracitos alrededor de mi cintura, mientras las llamas de la chimenea le arrancaban destellos a su cabellera.

Quizá tú también seas una Dama Roja, pensé, antes de separarme de ella y dedicarle la primera sonrisa verdadera en días.

Cuando abandoné el dormitorio, no miré atrás.

Caminé tras la capa del caballero, que se sacudía con la fuerza de sus pasos. La corona bordada en ella despedía reflejos dorados cuando la luz de las antorchas se reflejaba en sus hilos.

—Creo que debería felicitaros por vuestro ascenso —comenté, en voz baja.

—Solo hacedlo si lo creéis conveniente, mi señora —contestó él, sin girar la cabeza.

No nos cruzamos con nadie de camino al Comedor Real. Pensaba que mi tío me recibiría en sus aposentos, pero me había equivocado por completo.

Aquello no resultaba alentador. Me recibiría como un monarca lo haría con una súbdita, no como un tío lo haría con su sobrina.

Los guardias apostados a ambos lados de la entrada no anunciaron mi nombre. Se limitaron a dejarme paso.

—Buena suerte, lady Vienna —me susurró sair Mikail, antes de alejarse de mí.

Me obligué a no vacilar cuando atravesé el umbral de aquella estancia gigantesca. El Comedor Real siempre había estado repleto de candelabros con velas encendidas, música, risas, bailes y ríos de Sangre de Aurora. Pero ahora estaba desierto y sumido en la penumbra que precedía al anochecer.

Solo había un par de velas sobre la mesa principal, ante la que se hallaba mi tío, en el mismo lugar que había ocupado hacía tres días.

A pesar de la distancia, sus ojos se posaron sobre los míos, pero no bajé la mirada. Tenía la sensación de que había preparado aquel escenario a propósito. Quería hacerme sentir incómoda. Pequeña. Sola.

No sabía que yo había aprendido a amar la oscuridad y las sombras que se movían en ella.

Recorrí el camino que me llevaba hasta él con la barbilla alzada. No la bajé, aunque hice la reverencia protocolaria cuando me detuve a un par de metros de distancia.

—Mi rey —saludé.

—Álzate, querida sobrina —dijo, con su voz cálida, paciente—. Me han dicho que querías hablar conmigo en privado.

Rechiné los dientes cuando recordé cómo me había abalanzado hacia él, como le había suplicado una audiencia privada días atrás, y cómo mi tío ni siquiera había girado la cabeza para mirarme.

—Quería hablar sobre las sentencias que dictaminasteis. Sobre los Verlac y sobre cierto caballero humano.

—Entiendo —fue lo único que me dijo. Su ceño se frunció levemente—. He tratado de ser justo y de actuar conforme a la ley.

—¿Qué ley? —susurré—. Nunca, desde la invasión de los faes al reino humano, se había producido algo así. Jamás nos habíamos traicionado entre nosotros. Si fuéramos humanos…

—Pero no lo somos, querida —me interrumpió él, con una paciencia aburrida—. Y permíteme que te corrija. Se trató de una colonización , no de una invasión.

—Lord Veyl… —empecé de nuevo.

—Mi hermano no tenía idea de la conspiración que habían trazado lady Nohr y Kyros. Él nunca deseó que el Palacio de los Vientos ardiera y, mucho menos, que lord Dain Daaé perdiera la vida.

—No perdió la vida —siseé—. Lo asesinaron.

—Vienna, sabes bien qué quiero decir —replicó él, con un suspiro.

Tuve ganas de gritarle que no, que no tenía ni idea de a lo que se refería—.

Kyros siempre fue… el más débil de los tres.

Quizá fue por culpa de esa enfermedad que padecía, solo los Inmortales lo saben…

pero no puedo cargarle a Veyl los pecados que cometió su hermano menor.

—Lord Veyl pudo haber detenido todo esto cuando lo descubrió —dije. Avancé un paso, los puños me temblaban contra los costados—. Pudo haberos escrito. No habría habido batallas. No habría habido derramamiento de sangre.

—Como bien has dicho, querida sobrina —quise arrancarme la otra oreja cuando me llamó así—, era la primera vez en nuestra historia que se registraba un hecho de esas características. Entiendo que se pudiera sentir… confuso .

—Como lord Kallias, entonces —refuté. Los ojos me ardían por no parpadear.

—Sabes muy bien que a tu hermano solo le movió el deseo de venganza. —El rey Oberón aleteó con la mano arriba y abajo con cierto hastío—. Y eso es algo que no debo consentir.

—Fue lord Veyl quien ordenó que me encerraran en las mazmorras. En las mismas mazmorras donde uno de sus hombres me cortó la oreja —atajé, antes de que él pudiera soltar otro suspiro—. ¿También os parece una decisión… confusa ?

— Cuidado .

La voz de mi tío se afiló. Toda la calidez, toda esa paciencia que parecía infinita, pareció terminar de pronto. Sus ojos me recordaron de repente a los de sus hermanos.

—Estáis hablando con vuestro rey.

De pronto, yo ya no era su sobrina. El protocolo regresaba como un abismo más que sortear, como una cicatriz que había olvidado que seguía marcando mi piel.

Sentí cómo las piernas me flaqueaban. No por miedo, sino por agotamiento. Era como si tratase de escalar un muro imposible, y no hiciese más que resbalar y resbalar, con la piel desollada y en carne viva.

—Mi padre me dijo que me casaría con Ciro —susurré de pronto. Él se envaró sobre el asiento—. Si lo hizo, fue porque contaba con vuestra aprobación, porque se trataba de un matrimonio pactado. ¿Por qué retirasteis su mano sin explicarme un motivo siquiera?

El suspiro que escapó de sus labios gruesos sonó más a un bufido impaciente.

—Lady Vienna —No «Vienna». No «querida sobrina»—. No podía casar a mi único hijo con una huérfana cuyas tierras corrían peligro. Sin un gobernante fae capaz, podían ser atacadas por los humanos.

—Y, sin embargo, fueron los faes quienes las atacaron —siseé—. ¿Qué sentido tiene entonces que queráis prometerlo con lady Odile, con la hija de quienes han conspirado contra mis tierras y contra mi familia?

¡No sois justo! , quería gritarle. ¿Cómo no podía darse cuenta? ¿Cómo no podía verlo?

—Mi sobrina Odile fue la única que actuó bien —replicó el rey, con los labios apretados en una mueca—. Si vos hubieseis escrito…

—Controlaban todo lo que escribía —lo interrumpí—. Mi carta nunca habría llegado a Veldara.