49 #3
Lo miré con los ojos húmedos, sintiendo un nudo imposible de desatar en mi garganta.
—Sair Erik, acercaos —ordenó Ciro, haciendo un gesto impaciente con la mano.
Ambos lo hicimos, con lentitud, con cientos de pupilas enterradas en nuestra piel herida.
Mi tío se había erguido sobre su asiento y me observaba con una expresión crispada. Tenía las manos demasiado apretadas sobre el reposabrazos.
Su hijo nos dedicó una mirada más, confuso, antes de volver a separar los labios:
—Sair Erik, colaborasteis en el incendio que destruyó el Palacio de los Vientos, en Sombramar.
Sabemos que actuabais según las órdenes recibidas, como tantos otros soldados, pero vos decidisteis traicionar a la familia a la que servís.
No solo eso —añadió, mientras yo fruncía el ceño, asustada y confusa, y daba un paso atrás.
A pesar de que el Fantasma seguía aferrado a mi mano, él no se movió—.
También atacasteis a vuestros propios compañeros, y no hay nada peor para un caballero que fingir lealtad a una familia y después participar en su masacre.
—Eso no… —comencé, pero el príncipe me interrumpió.
—Sair Erik, os relego de vuestro puesto de caballero.
Y se os prohíbe recibir ese título de nuevo.
—Se me escapó una exclamación ahogada. Miré a mi tío, pero él tenía los ojos clavados en la multitud, sin ver realmente nada—.
Vuestra cabeza permanecerá sobre vuestros hombros solo gracias a que protegisteis a lady Vienna durante el ataque.
—¡Eso no es jus…!
La mano del Fantasma tiró de la mía. Negó ligeramente, antes de que su cuerpo herido se irguiera, desafiando con su altura a todos los que le rodeaban, incluyendo al propio rey.
—Retiraos.
Obedecí, con la mente en blanco y un rugido llenando mis oídos. Mi madre me hizo una seña para que me acercara a ella, pero me mantuve con Erik a un costado, al otro lado del pasillo, tras el escudo de los soldados, cada vez más perdida, cada vez más humillada.
No, no, no, no… así no era como debía terminar aquella historia.
Aquel no podía ser el final.
—Lady Odile.
Alcé la mirada al escuchar la forma en la que el príncipe Ciro había pronunciado su nombre. Sus labios sonrieron cuando posó su mirada sobre ella.
La aludida miró un instante hacia atrás, intercambiando un vistazo conmigo, antes de esbozar una ligera sonrisa.
—A lady Odile, dada la naturaleza de su colaboración con la corona, y como recompensa a esta, le será permitida la estancia en la capital en calidad de pupila real… durante el tiempo que desee.
El príncipe heredero parecía encantado con ello, a juzgar por cómo ardían sus pupilas mientras la contemplaba.
Gracias a ella, Kallias había conservado su título y sus tierras, pero Odile había vendido a su propia familia. La había entregado a cambio del favor real y de una estancia en la corte llena de vestidos, joyas, y un príncipe con el que flirtear.
Odile Verlac me había utilizado como una marioneta más para lograr su único fin de ascender en la escala social. La única verdad que habían escupido sus labios había sido cuando me había jurado que ella no era como su madre.
No, no era como lady Nohr.
Era mucho peor.
Los murmullos se habían alzado desde la última intervención del príncipe Ciro y oscilaban de un extremo a otro de la sala como una ola sin final. Los principales implicados en el asunto ya habían sido nombrados y sentenciados.
El rey Oberón se puso entonces en pie y, con una sola mirada, los susurros murieron.
—La justicia ha sido impartida —sentenció, en voz alta—. El Valle de los Cuatro Ríos quedará bajo mi gobierno hasta el momento en que encuentre a un nuevo señor digno de tal cargo. —Sus ojos se clavaron por última vez en la muchedumbre—. Doy el juicio por finalizado.
—¿Qué…? —musité—. No, no puede…
—¡Salve al rey Oberón! —gritaron sus guardias, alzando las armas y acallando mi voz.
—¡SALVE!
—¡No! ¡Alto! ¡ALTO! —grité.
Extendí las manos hacia mi tío, pero él no me miró. Junto a su hijo, se escurrió por un lateral de la estancia, fuertemente custodiado.
—¡Tío, por favor! ¡TÍO!
Recibí miradas desorbitadas, indignadas, mientras los soldados nos empujaban de mala manera. Abrieron a toda prisa un pasillo por el que pudiera salir el monarca sin necesidad de que manos no deseadas intentaran tocarle.
—¡Una audiencia! —seguí gritando, por encima de las salvas que todavía hacían eco en el Comedor Real—. ¡Solicito una audiencia real!
Si el rey Oberón me escuchó, ni siquiera giró la cabeza en mi dirección cuando cruzó frente a mí.
—¡Me debéis una audiencia! —insistí, desgañitándome la garganta. No sirvió de nada, mi tío siguió caminando hacia la salida—. ¡ME LA DEBÉIS!
Con el rostro incendiado por la rabia, me volví hacia el Fantasma. Apoyé mis manos temblorosas sobre el jubón oscuro que lo cubría.
Él me sonrió con amargura.
—Ahora estás a salvo —dijo—. Todo ha terminado.
Lo miré con las pupilas dilatadas y negué una, dos, tres veces.
—No, no. Yo… —Alguien me retuvo por la falda y, cuando miré por encima del hombro, la mirada iracunda de mi hermano me taladró. Di un paso al frente, tirando del vestido, sintiendo cómo la tela se pegaba a mis piernas y me hacía trastabillar—. ¡No! ¡NO! ¡Este juicio ha sido una farsa!
Erik me miró con los ojos entornados, de una forma en la que jamás lo había hecho. Había tanta ternura, tanta calidez mezclada en su mirada, que hasta dolía contemplarlo.
—Por favor…
Lancé una maldición entrecortada cuando las manos de Kallias se enredaron en mi cintura y tiraron de ella sin compasión. Me alejó del Fantasma sin que él intentase retenerme. Me revolví con rabia, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con ahogarme.
Su mano se alzó, trémula. Y durante solo un instante, las yemas de sus dedos se apoyaron en mis mejillas, acariciándolas, antes de que un nuevo tirón me separara finalmente de él.
Trastabillando, me sujeté sin remedio a las manos de mi madre, que de inmediato me empujaron hacia la marea que salía del comedor, siguiendo la estela que había dejado el rey Oberón.
El Fantasma sonrió, retorciendo todas esas heridas que había terminado por amar.
—No llores, florecilla —me susurró, antes de que el clamor de las demás voces ahogase la suya .